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La brecha

Hay algo que nos une en torno a la creación como alrededor de un fuego y, a su calor, sale a la luz. Eso explicaría el sentimiento de hermandad que se despierta en los conciertos o el que te une con toda la humanidad a través de un autor, un solo autor que escribió la frase exacta que nos contiene a mí, a ti y a todos. En ese momento está claro. Se abre una brecha que deja al descubierto la ligazón y, aunque cicatriza rápido, vuelve a abrirse de forma intermitente cuando escuchas esa canción ya sin la marabunta y te sientes de pronto mejor persona.

La página en blanco

Soy la página en blanco. Ya no. Las primeras letras arrancadas a la inercia tiñen mi vacío.

 

Prefiero cuando no piensas, cuando te derramas en mí en el silencio de la mente cotorra, oyéndola -en todo caso- de fondo. Cuando no dejas que te frene con todas las imágenes que evoca, interrogantes, reproches incluso. Cuando te viertes desnudo de miedos, inocente. Confiando en lo que vendrá, sin ni siquiera ser consciente de ello.

 

Corriendo como loco para sentir el viento entre renglones, enajenado por un impulso que te es propio y no a la vez. Corriendo en busca de verdades, empujada por algo que va más allá de ti, o de la cotorra, al menos. Volviendo, cuando ella te frena, a centrarte en el blanco, entrecerrando los ojos para volver a entrar en ese estado de inconsciencia o fe, tal vez, en que lo que saldrá al llenarme será bueno, por necesario, más allá de cualquier otro juicio.

 

¿Cuánto es una página en blanco? Cuanto necesites vaciar en mí. Infinito fondo, olvidado a veces, ésa soy.

Si el mundo fuera de poetas

Si el mundo fuera de poetas

[Hoy escribe Silvia, firma invitada con la que el blog se quedaría a vivir]

Imagina un hombre, con un despacho impersonal en un edificio neutro. Su trabajo es decidir materiales para embaldosar el paseo de Gran Vía. Podría elegir cualquiera. Debería elegir uno no muy caro, poroso, que no resbale y sobre todo neutro e impersonal.

Es primavera, llueve y es lunes. Camino hacia el trabajo por Gran vía. Sin decidirlo, mi mente se relaja y mis ojos se fijan en el suelo. Sorprendentemente camino sobre un espejo donde se reflejan los árboles que comienzan a florecer. La percepción de la ciudad, del lunes y de la vida misma cambia si uno camina sobre un cielo de árboles en flor.

Un  poeta, con un despacho impersonal  en un edifico neutro, toma un pedacito de cielo y embaldosa Gran Vía para quien quiera mirar.

Vocación

Vocación

Golpea en tu conciencia esa llamada, la de un teclado encendiéndote por dentro. ¿Qué estaba yo buscando?, te repites. Das vueltas por la estancia pero no recuerdas, sólo presientes: sea lo que fuera, estaba allí.

Narcolepsia

I

Volvieron los días de quedarnos dormidos
ipso facto
en cualquier posición, lugar o momento,
como si la desconexión no pudiera esperar más
y la noche se abalanzara sobre nosotros
con la inercia del sueño de todos los hombres.

 

II

Congelados, muy quietos,
el alma en otra parte,
creando nuevos mundos,
conquistándolos tal vez,
sintiéndose perdida,
lo más probable.

 

III

En ese instante
otro decide retratarnos
y devolvernos, al despertar,
lo nunca visto:
dónde estábamos
mientras no estuvimos.

 

IV

La imagen de un cuerpo desgarbado, vacío,
como una marioneta sin mano dentro,
cómico por lo imprevisto del asunto,
tan distinta a la de un niño durmiente.

Enumeración aleatoria de virtudes

foto alpargateria

 

Saber llegar a tiempo,

amar lo conocido,

no cerrar los ojos,

no temer al miedo,

aunar las voluntades,

no buscar sentido,

ceder siempre el asiento,

matar a la pereza,

de hiperacción.

 

Saludar a viejos conocidos

-aunque no te vean-.

Alegrarte de haberles saludado.

 

Recordar algunas cosas:

el pensamiento no es un espagueti,

buscar siempre la sombra

-en caso de ola de calor-,

no decir “naming”, ni “mercadeo”,

cortarle las gomas a los calcetines

-si te aprietan-,

mover ficha,

no mirar tan fijamente los vestidos amarillos

ni las conversaciones ajenas,

cerrar la boca cuando escuchas.

 

Abolir el ambientador de Zara Home

y las condiciones laborales apestosas.

Fijarte en las fachadas restauradas,

preguntarte “¿qué estarán haciendo ahí?”

-en caso de obras-.

 

Anotar algunas frases de los hijos:

me duele el tenedor,

estoy buscando mi casa,

no encuentro una ballena.

Chiss (onomatopeya de gota de agua cayendo sobre plancha)

Tengo una cicatriz de la que sale humo cuando llueve. Será porque aún me quema.

Sueños en espera

Como en antiguas páginas, escritas a la luz de un sueño que empieza. Agolpándose en la punta de la cama, todos los que no entrarán, jamás, en su mente. Permanezca en espera.

 

Los hay

Los hay

Los hay que cierran con fuerza los ojos al besar y aprietan con el mismo ímpetu su boca contra el otro. Intensifican su presencia en ese momento, que se esfumará como todos.

Los hay que caminan como si acabaran de aprender a hacerlo, formando una gran A con sus piernas dentro de una falda ancha, y limitando al mínimo imprescindible para no caer los segundos de diferencia entre cada paso.

Los hay que quieren decirse a sí mismos, “tranquilo, vas pronto”, y sin embargo, de momento sólo han conseguido el “vas tarde”.

Los hay que buscan un fin más allá de sí mismos e intentan convencer a otros de que ése es el camino “hacia la plenitud y hacia un mundo mejor”, compartiendo cartel.

Los hay que viven en el pasado, o en el futuro. Los hay que descubren que cada día es una vida entera, la unidad con la que medir el tiempo y su valor.

Los hay que entonces empiezan a planificar todo lo que tendría que tener un día para llegar a ser una vida plena, la vida que quieren y la que buscan cuando cierran los ojos al besar.


Pero aún hay muchos más, en la calle y en los libros, rescato aquí un fragmento de los que retrató Allen Ginsberg en su Aullido, creo que estaba de fondo mientras escribía, como una canción que no abandona tu cabeza -en mi caso alterno “The wheels on the bus goes run and run” con textos como estos-.

Añado yo el “los hay…”:

Los hay “que tiraron sus relojes desde el tejado para emitir su voto por una Eternidad fuera del Tiempo, y cayeron despertadores sobre sus cabezas día tras día durante toda una década,

que se cortaron sin éxito las muñecas tres veces consecutivas abandonaron y se vieron obligados a abrir tiendas de antigüedades donde pensaron que se estaban volviendo viejos y se echaron a llorar”.

La anécdota:

Explican en Anagrama que “el poema se ha traducido a decenas de idiomas y Lawrence Ferlinghetti, el poeta beat que lo publicó en su City Lights Books, declara llevar impresos casi un millón de ejemplares desde que apareciera la primera edición en 1956”. City Lights Books sigue existiendo como librería en San Francisco y allí llevé también dos ejemplares de Escribirás todos los días. Fue la primera librería en la que lo dejé. La semana pasada, en Taifa Llibres, otro de los hogares del libro, acogieron una charla sobre Ginsberg, a raíz de la publicación de un póster con una selección de sus poemas en Edicions Poncianes, que me invitó a releerlo. Círculo cerrado, hasta que se abra otro.

 

 

 

Imagen

El instinto de supervivencia nos empuja hacia la superficie. En los momentos en los que la ansiedad llega a límites irrespirables, esa imagen acude como un balón de oxígeno que nos permite dejar de patalear, como un flotador en un mar demasiado abismal.