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Vocación

Vocación

Golpea en tu conciencia esa llamada, la de un teclado encendiéndote por dentro. ¿Qué estaba yo buscando?, te repites. Das vueltas por la estancia pero no recuerdas, sólo presientes: sea lo que fuera, estaba allí.

Narcolepsia

I

Volvieron los días de quedarnos dormidos
ipso facto
en cualquier posición, lugar o momento,
como si la desconexión no pudiera esperar más
y la noche se abalanzara sobre nosotros
con la inercia del sueño de todos los hombres.

 

II

Congelados, muy quietos,
el alma en otra parte,
creando nuevos mundos,
conquistándolos tal vez,
sintiéndose perdida,
lo más probable.

 

III

En ese instante
otro decide retratarnos
y devolvernos, al despertar,
lo nunca visto:
dónde estábamos
mientras no estuvimos.

 

IV

La imagen de un cuerpo desgarbado, vacío,
como una marioneta sin mano dentro,
cómico por lo imprevisto del asunto,
tan distinta a la de un niño durmiente.

Enumeración aleatoria de virtudes

foto alpargateria

 

Saber llegar a tiempo,

amar lo conocido,

no cerrar los ojos,

no temer al miedo,

aunar las voluntades,

no buscar sentido,

ceder siempre el asiento,

matar a la pereza,

de hiperacción.

 

Saludar a viejos conocidos

-aunque no te vean-.

Alegrarte de haberles saludado.

 

Recordar algunas cosas:

el pensamiento no es un espagueti,

buscar siempre la sombra

-en caso de ola de calor-,

no decir “naming”, ni “mercadeo”,

cortarle las gomas a los calcetines

-si te aprietan-,

mover ficha,

no mirar tan fijamente los vestidos amarillos

ni las conversaciones ajenas,

cerrar la boca cuando escuchas.

 

Abolir el ambientador de Zara Home

y las condiciones laborales apestosas.

Fijarte en las fachadas restauradas,

preguntarte “¿qué estarán haciendo ahí?”

-en caso de obras-.

 

Anotar algunas frases de los hijos:

me duele el tenedor,

estoy buscando mi casa,

no encuentro una ballena.

Chiss (onomatopeya de gota de agua cayendo sobre plancha)

Tengo una cicatriz de la que sale humo cuando llueve. Será porque aún me quema.

Sueños en espera

Como en antiguas páginas, escritas a la luz de un sueño que empieza. Agolpándose en la punta de la cama, todos los que no entrarán, jamás, en su mente. Permanezca en espera.

 

Los hay

Los hay

Los hay que cierran con fuerza los ojos al besar y aprietan con el mismo ímpetu su boca contra el otro. Intensifican su presencia en ese momento, que se esfumará como todos.

Los hay que caminan como si acabaran de aprender a hacerlo, formando una gran A con sus piernas dentro de una falda ancha, y limitando al mínimo imprescindible para no caer los segundos de diferencia entre cada paso.

Los hay que quieren decirse a sí mismos, “tranquilo, vas pronto”, y sin embargo, de momento sólo han conseguido el “vas tarde”.

Los hay que buscan un fin más allá de sí mismos e intentan convencer a otros de que ése es el camino “hacia la plenitud y hacia un mundo mejor”, compartiendo cartel.

Los hay que viven en el pasado, o en el futuro. Los hay que descubren que cada día es una vida entera, la unidad con la que medir el tiempo y su valor.

Los hay que entonces empiezan a planificar todo lo que tendría que tener un día para llegar a ser una vida plena, la vida que quieren y la que buscan cuando cierran los ojos al besar.


Pero aún hay muchos más, en la calle y en los libros, rescato aquí un fragmento de los que retrató Allen Ginsberg en su Aullido, creo que estaba de fondo mientras escribía, como una canción que no abandona tu cabeza -en mi caso alterno “The wheels on the bus goes run and run” con textos como estos-.

Añado yo el “los hay…”:

Los hay “que tiraron sus relojes desde el tejado para emitir su voto por una Eternidad fuera del Tiempo, y cayeron despertadores sobre sus cabezas día tras día durante toda una década,

que se cortaron sin éxito las muñecas tres veces consecutivas abandonaron y se vieron obligados a abrir tiendas de antigüedades donde pensaron que se estaban volviendo viejos y se echaron a llorar”.

La anécdota:

Explican en Anagrama que “el poema se ha traducido a decenas de idiomas y Lawrence Ferlinghetti, el poeta beat que lo publicó en su City Lights Books, declara llevar impresos casi un millón de ejemplares desde que apareciera la primera edición en 1956″. City Lights Books sigue existiendo como librería en San Francisco y allí llevé también dos ejemplares de Escribirás todos los días. Fue la primera librería en la que lo dejé. La semana pasada, en Taifa Llibres, otro de los hogares del libro, acogieron una charla sobre Ginsberg, a raíz de la publicación de un póster con una selección de sus poemas en Edicions Poncianes, que me invitó a releerlo. Círculo cerrado, hasta que se abra otro.

 

 

 

Imagen

El instinto de supervivencia nos empuja hacia la superficie. En los momentos en los que la ansiedad llega a límites irrespirables, esa imagen acude como un balón de oxígeno que nos permite dejar de patalear, como un flotador en un mar demasiado abismal.

Fofisanos o ¿por qué necesitamos las palabras? 

Nunca me he caracterizado por ser una cazadora de tendencias, eso explicaría que hasta hace cuatro días no hubiera oído hablar del concepto “fofisano” y que hasta hace tres no profundizara en su significado a la vez que agradecía a Jaime Rubio cada carcajada arrancada con su aproximación al tema en Verne. Creo que la más explosiva vino después de leer la palabra “lorzalamero”, de hecho, cada vez que la releo se producen réplicas de aquella carcajada primigenia.

El caso es que estábamos buscando un término para definir lo que es el cuerpo de la mayoría de mortales: ni una escultura griega ni un embarazo permanente, aunque haberlos haylos. Necesitábamos encontrar esa palabra que rescatara de lo anodino a una tipología de cuerpo que se repite ejemplar humano tras ejemplar humano, una vez traspasada la barrera de la juventud más tierna. Esa palabra que te concede el permiso para abandonar el limbo de la indefinición y existir al fin.

El ejemplo más paradigmático de nuestra necesidad de palabras es lo poco que tardamos en nombrar a los que aún no han podido ni nacer, antes de que lo hagan ya necesitamos tener la palabra preparada, la palabra que les entregaremos para que puedan ir por el mundo con algo entre las manos, algo que les dé una primera respuesta a esa pregunta: ¿qué soy? No temas, eres Max, o María, o Léah, o Biel o Leo.

Pero esa respuesta no sirve para toda la vida. Es más, poco a poco, te va sirviendo únicamente para los primeros 45 segundos de conversación: Soy Max. Yo María. Una lástima, verdaderamente. Al principio es todo lo que se espera de ti, pero a medida que avanza tu vida, necesitas hacerte con otras palabras que te reivindiquen, que te ubiquen, que no te produzcan rechazo, a las que puedas incluso amar por amoldarse tan bien a lo que realmente eres o quieres ser -porque a veces viene primero la palabra, pero una cosa lleva a la otra-.

¿Qué pasa cuando tu piel ha dejado de ser tersa como la cama elástica de las ferias y tus abdominales ya no tienen de forma natural la tableta del chocolate con pan que merendabas? ¿Qué hacer si no hay una palabra en el mundo que te diga que es una fase tan natural como aquella en la que te creció vello en lo más bello? ¿Qué pasa cuando sólo hay palabras para lo que ya has dejado de ser o tal vez nunca fuiste? Inevitablemente, alguien debe inventárselas y ahí es donde surge el dad bod o incluso el cuerpo de madre que se muestra en las fotografías sin retoques de A beautiful project (www.abeutifulproject.com).

En definitiva, dar visibilidad a nuestras diferentes realidades, sean lorzas o hiperpigmentaciones, talentos o añoranzas, nos ayuda a aceptarlas, a relajar la presión sobre la pregunta ¿qué somos? Siempre será mejor regalarse una palabra, aunque sea inventada, que expulsarnos del escenario por no encontrarla.

 

El segundo cerebro

De tu puño y letra, balbuceando conceptos aún no digeridos. Sin saber qué saldrá o qué vendrá para quedarse, únicamente palpando la palabra que liberará tu intestino. Ese lugar donde reside tu segundo cerebro, o el primero, residencia de respuestas, al fin. ¿Qué pasaría si no las buscáramos? ¿Si ni tan sólo creáramos la expectativa de su existencia? Sólo respirar, hacer, vivir, pero, ¿hacia dónde? De nuevo la pregunta. Mira el árbol que te aguanta: hacia la luz siempre, eso basta.

Inventario

Las gafas de buzo,

el casco azul de bicicleta,

de niño.

 

La bicicleta,

teñida de azul-grana.

 

El perro joven,

el cuenco para el agua

del perro joven,

plateado, grande, reluciente.

 

El cesto de mimbre,

el periódico,

que coloca al lado del

cesto de mimbre,

en el banco,

al lado del cuenco.

 

La camisa, ennegrecida,

y la cara y las manos.

Su carga, sobrecarga,

apenas un remolque

apuntalándole a la vida.