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¿Estás ahí? Una lectura de Madona con abrigo de piel

¿Cuán inaccesible es el alma de un extraño? ¿En qué momento pasó a dejar de serlo por un conexión momentánea en el espacio y en el tiempo? ¿Por cuánto tiempo puede mantenerse viva esa conexión? ¿Hasta qué punto es posible conocernos, hacer de la intimidad algo infinito? ¿Hasta qué punto esa cara con la que acabas de cruzarte contiene una profundidad en la que nunca nadie tocará fondo?

 

De todo ello nos habla Sabahattin Ali o nos habló en 1943 en Madona con abrigo de piel. Han pasado muchos años desde su escrito y, sin embargo, es la historia que vivió hace unos días tal vez uno mismo, tal vez hace unos años o sus hijos mañana. Ali habla del amor como la conexión más profunda que puede existir entre dos almas y lo hace con la bruma de un cuadro de Friedrich rodeando el texto, porque su visión sobre el hecho de amar recuerda por momentos a la del romanticismo: el drama, los extremos, lo imposible, lo sublime.

 

Todo en una historia sencilla pero efectiva en su misión de hacernos revivir en los pasos de otros sentimientos que en algún momento fueron, son o serán propios, de hacernos reflexionar sobre la intensidad de la vida como algo directamente relacionado con el nivel de conexión capaces de alcanzar con el otro. Una conexión que aviva a su vez la conexión con uno mismo.

 

Sobre las afueras de la obra

Madona con abrigo de piel, escrita por Sabahattin Ali y traducida al castellano por Rafael Carpintero en la edición de Salamandra, fue rescatada del olvido años después de la muerte del autor. Para sucumbir a esa recurrente tentación tras acabar un libro de pasar de la ficción al plano real para conocer la vida del autor y hasta a la familia, se puede leer más sobre su historia en esta pieza en la que se recogen declaraciones de su hija.

Elijan las palabras

¿Qué probabilidades hay de que la tostadora escupa tu pan hasta el suelo a la vez que el microondas anuncia que ha acabado de calentar la leche? Así, a ojo de mente de letras, diría que las mismas de que cuando pidas un café pequeño en una cafetería en la que tengan varios tamaños de café -es decir, en una cafetería de una cadena de cafeterías-, el concepto de pequeño coincida con tu concepto de pequeño.

Eso sí, dentro de la no coincidencia hay dos modelos de los que pueden inferirse dos filosofías diferentes:

Cafetería A:

– Buenos días, un mocca pequeño por favor.

– ¿Pero pequeño o éste? -dice el camarero enseñando dos recipientes de tamaño distinto-. De esos dos, el que responde al nombre de “éste” es el más pequeño y el que alguien decidió llamar “pequeño” en la carta de bebidas que cuelga de la pared es el más grande de los dos.

¡Ah!- respondes aturdido- Que hay más pequeño, pues el más pequeño, entonces.

A continuación pagas el precio de 2 cafés standard en cualquier otro bar pero a cambio te dejan pasarte allí horas y horas con una sola consumición.

La cafetería B coincide con la A en este último punto, pero su forma de llamar al café en función de su tamaño es muy diferente. En la cafetería B no existe café pequeño:

-Buenos días, quería un café pequeño, por favor.

-El mediano, ¿no? Responden sonriendo

-No, no, pequeño

-Sí, tranquila es que el pequeño es el que llamamos mediano.

En la cafetería B se empieza a contar desde el +1, en cambio en la cafetería A, desde el -1. En el resto del mundo, partimos de 0. Si hay 3 cafés de distinto tamaño: tomarte cero sería igual a nada; 1, el pequeño; 2, el mediano y 3, el grande.

Pero eso es subestimar el poder del lenguaje. Si en la cafetería A pides el café pequeño, pagarás por un café mediano, a no ser que decidas qué prefieres un café súper pequeño porque ¡no mereces más! ¿De verdad te vas a tomar el súper pequeño?

En cambio, en la cafetería B el café nunca te parecerá caro porque estás pagando el precio de un café pequeño por uno llamado “mediano”. El efecto es exactamente el opuesto. Aquí no hay pequeñez que valga, como mínimo medianez. Pero ¿cómo puede existir el medio sin los extremos? Pues cuestionando el orden establecido, claro que sí.

Y así es como uno espera que le sirvan el café para llevárselo a una mesa de la que no le echarán, a cambio de hacerle reflexionar sobre el poder del lenguaje y la relatividad.

Tampoco es nuevo. En mi familia yo era la alta. Ahora que he cambiado de familia y ha cambiado la media de estaturas digo que soy standard porque en mi media se cuentan a todas las señoras que no llegan a tocar el suelo en el asiento del autobús (¿de verdad no podía haber alguien previsto eso?). Y, si me comparan con las generaciones venideras, no me resignaré a decir que soy el súper pequeño de la cafetería A, como poco el mediano de la B.

Elijan las palabras, señores. Si ellos pueden, nosotros también.

Motivos para escribir y derivados (enumeración incompleta)

Escribir para ser.

Para ser conscientes.

Para ser amables. Con nosotros mismos. Con la realidad.

Para sublimar.

Para estar aquí de otra manera.

Para reflexionar, relacionarse con la idea emergente.

Para recordar.

Para contrarestar la liviandad, «la insoportable levedad del ser» (debería volver a leerlo).

 

Leer para olvidar lo que leíste.

Para entender.

Releer para recordar lo que leíste, o incluso lo que escribiste.

Para conectar con lo que impactó en tu yo de aquellos días y comprobar qué seguís teniendo en común.

 

 

Desde la India tal vez

Hoy he recibido un masaje ayurvédico de unas manos prodigiosas mientras me imaginaba viajando a un país exótico, transportada por el olor del aceite esencial y la música que acompasaba el movimiento. 

Unos dedos ligeros y a la vez seguros le recordaban al cuerpo su existencia e incitaban a amarlo. Por el agujero de la camilla en el que se apoyaba mi cabeza, he visto los pies descalzos, los calcetines negros, de la persona que estaba haciendo posible ese momento, entregando a otro -en este caso yo- algo de sí que sabía hacer bien. 

Era un momento de presencia plena. Presencia en el cuerpo, siendo conscientes a su vez de los pensamientos que aparecían en el recorrido por cada zona. Después de esos momentos de presencia y relajación cuesta adaptarse de nuevo al ruido, uno es mucho más consciente de él y de aquello a lo que no quiere volver. La calma es un buen lugar para ver claro. 

También la escritura me ha llevado muchas veces a los lugares correctos. Ahora estornudo. Vuelvo a la zona de calma después del estornudo.

Cuando escribo en un teclado puedo hacerlo mirando por la ventana. Aprendí mecanografía en una máquina de escribir y con una cinta de cassette. Llegando tarde a casi todas las clases y avanzando la cinta para que me diera tiempo de acabar toda la lección. Era una forma de seguir las clases pero a un ritmo más elevado. Es muy antiguo esto que escribo, pero real. 

Este texto, a diferencia de otros, no me está llevando a ninguna parte, pero es un buen reflejo de cómo funciona la mente, saltando de una imagen a otra, de una idea a otra, luego al cuerpo y su estornudo, a la torsión incómoda de la espalda, luego a la ventana, luego a la pantalla. Ahora a este punto seguido. Ahora a este punto y a parte. 

De fondo oigo las instrucciones de un niño a su abuela. Le habla de una peonza que no se llama así, sino que tiene un nombre comercial mucho más complejo. Ella le habla del nombre comercial de cuando ella era niña y la peonza era de madera. Les llamábamos bailarinas, le dice. Y tú necesitas escribirlo para sublimarlo. Para volver a ellos con la mirada nítida, atenta, agradecida.

Texto en bucle

Calla.

Ahora escucha.

Deja salir el aire.

Deja que entre.

Repite 10 veces.

Olvida el móvil hasta mañana.

Recuerda mirarte los pies en algún momento antes de irte a dormir.

Dales las buenas noches.

Escribe si no lo has hecho.

Quéjate un poco si lo necesitas porque estás cansado, pero luego da las gracias.

Regodéate sintiendo eso último. 

Diles a los dedos de tus pies que les quieres. 

Mira a los ojos del prójimo más próximo y a ti mismo.

Saluda a la luna y recuerda que Tereshkova fue la primera mujer en subir al espacio y que ha sido tu hijo el que te lo ha dicho. 

Perdónate también tus ofensas.

Recuérdate cuando te hacías heridas en las rodillas cada dos por tres.

Y sopla como entonces. 

Atraviesa el cielo con tu mente si no estás en un avión e inventa que está atardeciendo. 

Coge esos colores y pinta. Píntate la cara. O date un baño naranja.

Cierra los ojos (cuando acabes de leer) ¡Oh, no! este paréntesis debería haber ido antes, ahora ya no me lees, estás con los ojos cerrados y este texto entra en bucle: yo callo. Ahora escucho. Dejo salir el aire. Dejo que entre. Repito 10 veces. Olvido el móvil hasta mañana. Buenas noches prójimo de ojos encendidos. Me baño en el naranja. Me perdono. Arranco a correr cuesta abajo. Soplo. Os quiero a los 5, o a los 10. Os quiero a todos. Gracias.

Abrir la puerta espejo

Fe en la palabra como ungüento. Mano que se ofrece en medio de la noche. Venir para que existas.

Agradecer

Bailar a cal y canto, abrazar un tenedor, sentir el frío del suelo en la mejilla, bajar al contraluz, saltar la verja que nos separa, esperar a que sea el tiempo de salir. Hacer el silencio si es necesario. Que no te importe si te extraña esta canción.

Agradecer el azul del fuego y la cadencia. Temblar a su luz. Amar. Frenar el flujo a tu pesar. Arrancar cuesta abajo para que una batería vuelva a latir. Pum pum pum pum pum pum. Acercarme a tu pecho o imaginarte en mi vientre, oyéndolo.

Escribir de noche, a falta de mañanas. No dejar reposar un texto. Hablar en verso sin querer.

Presentes

He soñado otra vez contigo, esta vez no estabas en Santo Domingo caminando de nuevo tras haber descubierto la forma de curarte. Esta vez te levantábamos de la silla porque habías muerto y descubríamos que detrás, en la pared, unas termitas habían dejado un rastro de sangre tras estar royendo todo este tiempo tu columna vertebral. Ése era el problema, ahora lo sabíamos. Por no hablar de aquel otro sueño, en el que volvíamos a enterrarte, ahora de blanco y yo me daba cuenta de que realmente te habíamos enterrado.

Cada vez estás presente de un modo distinto en mi vida. Pasaste de la presencia absoluta en las cartas que necesité escribirte tras tu muerte, a las coincidencias válidas como señales para hacernos pensar en ti flotando con Matthew McConaughey en la dimensión desconocida de Interstellar; a decirme que era el momento de tomar distancia; a darme cuenta de que mi voz seguía aquí; de que te quería igual; de que me alegra tu recuerdo, tu vida, que la última etapa me parece algo irreal ahora, que pesa como un guisante en una paella. Que lo quitaría como lo haría con los guisantes en la paella, aunque también contribuya a que ahora te imagine libre, de tanta prueba, de tanta dureza, de tanta lucha, libre al fin y tú, donde estés.

Pasar de todo eso a pensar que vamos a aprender a vivir así, contigo en algún otro lugar que desconocemos, en nuestros sueños, en las fotos que nos miran desde diferentes rincones de la casa, en las reuniones familiares en las que faltas y en las que ya faltabas un poco.

Aunque te siga llorando cuando me dejo, cuando pongo en palabras que te echo de menos, cuando releeo que te voy a echar de menos siempre, como todos los que echan de menos siempre a tanta gente. Aunque sigan adelante y sonrían y se hagan fuertes y conscientes de que su libreta sigue abierta y hay que aprovechar para llenarla de recuerdos que alegren futuros a pesar de las nostalgias.

Llegados a este punto me pregunto si tiene algún sentido publicar esto, si me arrepentiré. Porque hay textos anteriores que no he acabado publicando y no me arrepiento ahora, pero éste, ahora, con la Navidad acechando en todas partes, puede que le venga bien a alguien, que te eche de menos a ti o a tantos otros. Ánimo con ello. Por la alegría del recuerdo, porque algunos han muerto, pero sobre todo, han vivido.

De alas y tierras

A veces las prisas vienen de fuera, pero otras, de dentro. La máquina de los pensamientos, llena de pájaros u otros seres alados, se hiperventila con el batir de sus alas, hasta que algo hace que te des cuenta y decidas abrir la puerta para que salgan.

Que se vayan a volar lejos un rato y tú te quedes sola, en lo que te rodea, en lo que hay desde los pies hasta el pelo, ese trozo de carne humana rellena pero no deshuesada, que puede sentir a través de su capa exterior el contacto con el suelo, con la ropa, con la luz del sol que empieza a entrar por la ventana.

Sin pensar más en lo que ha hecho, lo que tal vez estaría bien que hiciera, lo que podría hacer sin duda. Porque al final, la vida también es estar aquí abajo, en lo simple, también es sentir que todo está bien preparando un desayuno, que no hay ningún otro lugar en el que debieras estar.

Hay humanos a los que esto les parecerá una obviedad pero hay otros que tenemos que recordárnoslo, que está bien donde estás, como estás, haciendo lo que estés haciendo o sin hacer. Dejar que el ritmo de pueblo, el de los días de vacaciones con pocos objetivos más allá de vivir un trozo de vida en un lugar, te impregnen por esta vez. Cerrar los ojos, imaginarse allí, cambiar las alas por la tierra durante un rato. Y empezar así el día.

Las puertas del ser o no ser

Ayer no fui al teatro. A veces las cosas se definen por lo que no son. El camino más rápido para llegar a tiempo a la puerta nos engulló, y lo que a pie son tan solo 10 minutos se convirtieron en 30′ en un taxi. El tiempo se hizo denso como el tráfico y hubo que tomar la decisión de bajarse. Esa decisión a la que no quieres mirar a la cara hasta que es inevitable.

Esto liga con algo que leí ayer mientras no estaba en el teatro: el fragmento de un libro, Muerte y alteridad, que en el fondo hablaba de lo mismo. Al final de la vida hay una puerta a la que a veces no quieres mirar y, sin embargo, hay que abrirla y bajarse.

Explicaba el autor, Byung-Chul Han, que ante esa puerta pueden darse dos escenarios: que el yo “rey” necesite crecer, y expandirse exageradamente, permanecer a toda costa en todas las cosas, o que opte por amar y disolverse en todas las cosas, ser en ellas y atravesar así la puerta con mayor serenidad.

Es sólo un esbozo, sólo un fragmento lo que leí, así que esto no es más que un reflejo de ese destello -lo contrapuesto a una reseña rigurosa- captado al asomarme tras haberme bajado del taxi y abrir la puerta para caminar, pero son dos ideas que debían unirse y se han unido en este texto de una mañana que todavía es un poco noche. 

#holabuenosdias(2)

Aquí podéis leer la sinopsis del libro, por Herder, no la había leído antes de ponerme a escribir pero recoge esa misma idea central. Además de la idea, me ha gustado mucho cómo estaba escrito/traducido (por Alberto Ciria), por si os animáis con el fragmento.