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Adentrados

Ayer me reencontré con dos amigas poetas, la Generación del 2010, que siguió a la del 98 y a la del 27. Desde casi el principio supimos quienes éramos a través de nuestros textos, de la poesía. Partimos de la esencia y, poco a poco, eso que sabíamos se ha ido completando con información en prosa, la de todos los días, la de la infancia, la de los padres, amantes o hijos, siempre envuelto en un halo* de risa y reflexiones certeras.

No deja de ser curioso cómo en función del momento y lugar en el que conocemos a alguien lo hacemos desde un prisma distinto. No importa demasiado conocernos en orden cronológico, empezando desde el principio, sino empezar por un flanco y, poco a poco, ir adentrándonos en la persona que hay ahí dentro.

Es una suerte que esto suceda a lo largo de la vida, dejar puertas abiertas en la maleza para que, de vez en cuando, pueda ir entrando alguien nuevo con el que explorarnos mutuamente, llegando a conocernos también de maneras nuevas. Amigos de parque, de formación, de familia, de trabajo, amigos de amigos, amistades que surgen cuando menos te lo esperas y que son un regalo, pero no hace falta que lo envuelva.

*Lo he buscado para asegurarme de que era la palabra que necesitaba, según la RAE: Meteoro luminoso consistente en un cerco de colores pálidos que suele aparecer alrededor de los discos del Sol y de la Luna.

Ligereza

Llega la noche y, con ella, las ganas de escribir entre tu respiración y el sonido de un ventilador que nos alivia. Todo adquiere una ligereza propicia al picoteo de un teclado portátil, ligero también, que me permite escribir desde el mismo lugar en el que cogemos el sueño, los sueños o los inventos para rebajar la tensión de las mandíbulas.

Hacía tiempo que no escribía de noche, haciendo caso omiso a las listas de temas sobre los que escribir, sólo dejando que las palabras vengan y se vayan en función de lo que deban revelarnos. Hoy, el placer de un instante de silencio no absoluto. Lo absoluto asusta demasiado como para que salgan las palabras.

Poso

Te encuentro, como otro pensamiento que cruza para saludar y dejar su poso. Poso de café caliente con leche dulce y galletas.

Coger frío

Para escribir todos los días tienes que superar varias trabas. Primero, el temor, muchas veces fundado, a no tener nada que decir. En segundo lugar, asumir el riesgo de hacer el ridículo. Y, por último, algo que es miedo y riesgo a la vez: coger frío. Porque uno nunca sabe qué temperatura hace ahí dentro antes de desnudarse.

En el km 84

Ráfagas de tristeza en el kilómetro 84.
Un perro no soporta no lanzarse al canal de agua,
gente que camina deprisa,
corre o vuela en fosforito sobre una bicicleta.

Tú duermes a mi lado con bossa nova de fondo
y sonido de mil pájaros en ebullición.
La poesía se despierta y nos convoca:
¿qué hay de vuestra música?

Releemos y nada tiene demasiado sentido
hasta que después de un tango
suena de nuevo Gilberto y un bicho diminuto
casi transparente, casi duende, casi mágico,
empieza a caminar por encima de la pantalla.

Acaba su canción antes que este escrito
pero, antes también, empieza otra
y así es como nos reponemos,
en el kilómetro 84,
mientras los patos avanzan por el canal de agua
y humanos fosforitos caminan deprisa
reteniendo el impulso de los perros.

La brecha

Hay algo que nos une en torno a la creación como alrededor de un fuego y, a su calor, sale a la luz. Eso explicaría el sentimiento de hermandad que se despierta en los conciertos o el que te une con toda la humanidad a través de un autor, un solo autor que escribió la frase exacta que nos contiene a mí, a ti y a todos. En ese momento está claro. Se abre una brecha que deja al descubierto la ligazón y, aunque cicatriza rápido, vuelve a abrirse de forma intermitente cuando escuchas esa canción ya sin la marabunta y te sientes de pronto mejor persona.

La página en blanco

Soy la página en blanco. Ya no. Las primeras letras arrancadas a la inercia tiñen mi vacío.

 

Prefiero cuando no piensas, cuando te derramas en mí en el silencio de la mente cotorra, oyéndola -en todo caso- de fondo. Cuando no dejas que te frene con todas las imágenes que evoca, interrogantes, reproches incluso. Cuando te viertes desnudo de miedos, inocente. Confiando en lo que vendrá, sin ni siquiera ser consciente de ello.

 

Corriendo como loco para sentir el viento entre renglones, enajenado por un impulso que te es propio y no a la vez. Corriendo en busca de verdades, empujada por algo que va más allá de ti, o de la cotorra, al menos. Volviendo, cuando ella te frena, a centrarte en el blanco, entrecerrando los ojos para volver a entrar en ese estado de inconsciencia o fe, tal vez, en que lo que saldrá al llenarme será bueno, por necesario, más allá de cualquier otro juicio.

 

¿Cuánto es una página en blanco? Cuanto necesites vaciar en mí. Infinito fondo, olvidado a veces, ésa soy.

Si el mundo fuera de poetas

Si el mundo fuera de poetas

[Hoy escribe Silvia, firma invitada con la que el blog se quedaría a vivir]

Imagina un hombre, con un despacho impersonal en un edificio neutro. Su trabajo es decidir materiales para embaldosar el paseo de Gran Vía. Podría elegir cualquiera. Debería elegir uno no muy caro, poroso, que no resbale y sobre todo neutro e impersonal.

Es primavera, llueve y es lunes. Camino hacia el trabajo por Gran vía. Sin decidirlo, mi mente se relaja y mis ojos se fijan en el suelo. Sorprendentemente camino sobre un espejo donde se reflejan los árboles que comienzan a florecer. La percepción de la ciudad, del lunes y de la vida misma cambia si uno camina sobre un cielo de árboles en flor.

Un  poeta, con un despacho impersonal  en un edifico neutro, toma un pedacito de cielo y embaldosa Gran Vía para quien quiera mirar.

Vocación

Vocación

Golpea en tu conciencia esa llamada, la de un teclado encendiéndote por dentro. ¿Qué estaba yo buscando?, te repites. Das vueltas por la estancia pero no recuerdas, sólo presientes: sea lo que fuera, estaba allí.

Narcolepsia

I

Volvieron los días de quedarnos dormidos
ipso facto
en cualquier posición, lugar o momento,
como si la desconexión no pudiera esperar más
y la noche se abalanzara sobre nosotros
con la inercia del sueño de todos los hombres.

 

II

Congelados, muy quietos,
el alma en otra parte,
creando nuevos mundos,
conquistándolos tal vez,
sintiéndose perdida,
lo más probable.

 

III

En ese instante
otro decide retratarnos
y devolvernos, al despertar,
lo nunca visto:
dónde estábamos
mientras no estuvimos.

 

IV

La imagen de un cuerpo desgarbado, vacío,
como una marioneta sin mano dentro,
cómico por lo imprevisto del asunto,
tan distinta a la de un niño durmiente.