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Aprendimos

Aprendimos a escuchar el sonido de los pájaros. Aprendimos a equipararlo al sonido de la maquinaria pesada, de las campanas o de los gritos de los niños que provienen del patio de ese colegio que no acabamos de ubicar. Todos están bien, nos dijeron, o para ser más exactos: ni bien ni mal, todos son. Y desde esa mirada nos invitaban a aceptar lo que era, porque era y no aceptarlo no lo cambiaba. Aprendimos a poner una mano en el pecho, otra en el vientre y a sentir el mar que nos habita, a través de la respiración. Cada inhalación como ola que se aproxima a la orilla, cada exhalación como ola que cede y se rompe, para volver a empezar. Siempre ahí, siempre dentro. Y también fuera. Porque después de esa visita a la playa accedías a la brecha que se abre cuando habitas la presencia, también con los ojos abiertos. La brecha por la que se avista lo que nos une y trasciende, a pesar de esos tuppers tan distintos.

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