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El derecho a ser adolescentes

Acabo de ver una serie que me ha hecho conectar con mi realidad adolescente. Es muy difícil no hacer el idiota cuando se es adolescente y, sobre todo, no verlo así desde la distancia de una madurez que juega con ventaja. Acercarme a esas edades de nuevo, ahora como espectadora, me ha ayudado a pasar de la vergüenza de una época a una cierta compasión. Y no está mal el cambio, para aplicar desde ya a los momentos idiotas que nos habitan o habitamos -ahora con una periodicidad más irregular e imprevisible-. Humildad y calma. El derecho a equivocarnos sigue ahí. Porque hay permisos que uno no se concede, pero va a transgredir de todos modos.

Lo está

A veces me despierto de buen humor. No es que sea una almendra amarga cada mañana pero esa sensación de estar tan a gusto, satisfecha, con una especie de paz alegre que no te has tenido que trabajar, no pasa siempre, al menos a mí. Esas mañanas la tentación es atrapar para siempre ese estado del ser, pero eso te convierte en algo así como un gato persiguiendo el reflejo de una luz en movimiento. Lo sabes, sabes que a lo largo del día no todo te parecerá tan en su sitio como ahora pero entonces tal vez puedas recordar que sí lo está. 

 

PD: aún así, por si acaso lo olvidáramos, ahí están las microsiestas o la meditación o escribir un texto (en el que te sumerges también como en un sueño), segundas oportunidades para despertar de cero a lo largo del día tantas veces como sea necesario. 

Justo ahí

Siempre me ha fascinado la luz entrando por las rendijas de una persiana que no se ha cerrado herméticamente. A veces las persianas simplemente no acceden a ello. Entonces, llegados a un punto del día, empiezan a dibujarse rayas discontinuas de luz en la pared, cuyo recorrido se puede ver interrumpido por un saliente en el que ensancha su presencia para continuar unos centímetros más allá, difuminándose a medida que se aleja de la fuente original. De niña pasaba muchos momentos observando fenómenos como éste. De mayor, menos, pero siempre que lo hago me digo que volveré más a menudo porque es justo ahí donde se puede tocar la relación entre el presente y la poesía.

Cualquiera diría que vivimos en un pueblo

Cualquiera diría que vivimos en un pueblo. El sonido ambiente habla de pájaros y de la campana de una torre. Si te asomas a la ventana ves golondrinas, muchas golondrinas que no paran de atravesar el trozo de cielo que vemos de una esquina a la otra, porque no estamos en un pueblo y el trozo de cielo que vemos es anguloso, acaba en la punta de un edificio y empieza en la de otro.

 

Esos edificios se miran desde la parte de atrás, la más íntima, a veces descuidada, pero también la más interesante. Allí vemos ropa tendida, algún jardín que parece haber quedado atrapado por las construcciones colindantes, como si le hubiera pillado por sorpresa el desarrollo urbanístico. Un ciprés que alcanza un cuarto piso, una palmera, un níspero… pero hay que fijarse, porque la mayoría de lo que hay a la vista no es verde sino color ventana, es una vista llena de ventanas, de pequeñas terrazas y de viejas galerías que son el reverso de bellas fachadas modernistas. 

 

A mí siempre me ha gustado esta visión, que a otro le parecería horrible, me gusta por lo que tiene de humano e improvisado y de belleza que reside en los ojos del que mira. Pero estos días, con la costumbre de aplaudir a las ocho de la tarde, ha adquirido una dimensión nueva. Ese patio de manzana irregular se llena de gente de toda edad y condición que se saluda de unas terrazas o de unas ventanas a otras. Gente que ha vivido los dos últimos meses de embarazo de una mujer que ahora ya es madre y que sigue saliendo, ahora con su hija, a saludar y a responder las preguntas que el vecindario le lanza desde todos los rincones. 

 

Es algo así como la familia real del patio, mostrando a su retoño mientras las mujeres más ancianas y sabias del lugar le lanzan besos con una mano mientras se llevan la otra al corazón. Este patio nunca había sido tan de pueblo, sin perder la ventaja de mantener las distancias que te da la ciudad. No sé si nos reconoceríamos por la calle o si nos saludaríamos si nos reconociéramos pero cada tarde coincidimos en este trozo de cielo.

Escribid a los hijos

A veces aparecen en mi cuenta de correo emails escritos por mi padre. No tendría nada de particular si no fuera porque mi padre falleció hace dos años. Aparecen cuando hago una búsqueda de la palabra más alejada que uno se pueda imaginar de un padre. Hoy, por ejemplo, he escrito en el buscador la palabra «contraprestaciones» y me ha aparecido un texto suyo maravilloso en el que exponía toda su teoría sobre el diseño del futuro.

Es una teoría que me comprometí a editar y publicar, hasta le regalé el diseño de la portada para que supiera que un día lo haría. Tal vez ésta es su manera de recordármelo, era muy insistente con lo que creía que era bueno para una, o para la humanidad.
También hace poco, buscando un término aleatorio, no recuerdo las palabras porque, como digo, lo último que espero es que aparezca un email suyo en esas búsquedas, surgió de la nada una recopilación que había hecho para mí con recursos relacionados con el coaching. Otro día el correo iba de escritores. Y siempre así, siempre empujándome hacia los que quisieran que fueran mis sueños, a veces también empujando un poco hacia los suyos (tengo muchos más correos con ejemplos de tesis doctorales), y se me hace difícil no creer que sigue haciéndolo con Google como cómplice.
Es mucho más sofisticado que los sistemas de recomendación de productos en base a toda la información que han recabado de ti en la red. No es que pienses en crear un podcast y SoundCloud no deje de anunciarse en tu cuenta de Instagram -soy consciente de que estos términos convertirán a este texto en caduco, tal vez sonará a disquette en unos años-. No es que Adwords te muestre lo que previamente buscaste. Es que tu padre sigue recordándote de algún modo que sigue ahí, queriendo creer en ti o, más bien, queriendo que tú creas en ti como él lo hace.
Escribid a los hijos, dejadles palabras que os pongan de nuevo en pie cuando más lo necesiten.

Otra versión del «Resistiré»

En los momentos en los que me apetece quejarme y hacerlo por cosas que probablemente no son lo suficientemente importantes, viene a mi mente mi madre. “Hay que aguantar” es una frase muy suya. No hace el verbo reflexivo y eso le da un aire de dignidad, porque “hay que aguantarse” no suena tan bien.

Así que pienso en ella ahora, que me apetece quejarme, incluso patalear un poco tal vez. Ahora que me noto las mejillas cargadas de todo lo que he rumiado y aún no digerido. Es todo muy extraño, ¿cuándo dejó de serlo? Me refugio en la creatividad desenfrenada de algunos y le digo a la mía que me acompañe en esto para pasarlo juntas mientras la frase vuelve a mi mente.

“Hay que aguantar”. Cuando la dices se vacían las mejillas y, simplemente, miras adelante. Aunque la experta es ella. Y no, no hay que aguantarlo todo, está claro, clarísimo, ella no lo hace tampoco, en absoluto. No va por ahí, va sobre resistencia ante la adversidad y nuestra capacidad para hacerlo. En realidad porque la frase tal como la dice mi madre lleva implícito un final de dignidad también: «Hay que aguantar (y aguantaremos)”. Pues eso, que ánimos, que siempre se agradecen, sea cual sea el punto de partida.

PD: a este texto lo parió el confinamiento. Cada uno rebuscaría en sus recursos internos de forma más o menos consciente. A mí, en el apartado de recursos internos, me apareció esta frase.

¿Estás ahí? Una lectura de Madona con abrigo de piel

¿Cuán inaccesible es el alma de un extraño? ¿En qué momento pasó a dejar de serlo por un conexión momentánea en el espacio y en el tiempo? ¿Por cuánto tiempo puede mantenerse viva esa conexión? ¿Hasta qué punto es posible conocernos, hacer de la intimidad algo infinito? ¿Hasta qué punto esa cara con la que acabas de cruzarte contiene una profundidad en la que nunca nadie tocará fondo?

 

De todo ello nos habla Sabahattin Ali o nos habló en 1943 en Madona con abrigo de piel. Han pasado muchos años desde su escrito y, sin embargo, es la historia que vivió hace unos días tal vez uno mismo, tal vez hace unos años o sus hijos mañana. Ali habla del amor como la conexión más profunda que puede existir entre dos almas y lo hace con la bruma de un cuadro de Friedrich rodeando el texto, porque su visión sobre el hecho de amar recuerda por momentos a la del romanticismo: el drama, los extremos, lo imposible, lo sublime.

 

Todo en una historia sencilla pero efectiva en su misión de hacernos revivir en los pasos de otros sentimientos que en algún momento fueron, son o serán propios, de hacernos reflexionar sobre la intensidad de la vida como algo directamente relacionado con el nivel de conexión capaces de alcanzar con el otro. Una conexión que aviva a su vez la conexión con uno mismo.

 

Sobre las afueras de la obra

Madona con abrigo de piel, escrita por Sabahattin Ali y traducida al castellano por Rafael Carpintero en la edición de Salamandra, fue rescatada del olvido años después de la muerte del autor. Para sucumbir a esa recurrente tentación tras acabar un libro de pasar de la ficción al plano real para conocer la vida del autor y hasta a la familia, se puede leer más sobre su historia en esta pieza en la que se recogen declaraciones de su hija.

Elijan las palabras

¿Qué probabilidades hay de que la tostadora escupa tu pan hasta el suelo a la vez que el microondas anuncia que ha acabado de calentar la leche? Así, a ojo de mente de letras, diría que las mismas de que cuando pidas un café pequeño en una cafetería en la que tengan varios tamaños de café -es decir, en una cafetería de una cadena de cafeterías-, el concepto de pequeño coincida con tu concepto de pequeño.

Eso sí, dentro de la no coincidencia hay dos modelos de los que pueden inferirse dos filosofías diferentes:

Cafetería A:

– Buenos días, un mocca pequeño por favor.

– ¿Pero pequeño o éste? -dice el camarero enseñando dos recipientes de tamaño distinto-. De esos dos, el que responde al nombre de “éste” es el más pequeño y el que alguien decidió llamar “pequeño” en la carta de bebidas que cuelga de la pared es el más grande de los dos.

¡Ah!- respondes aturdido- Que hay más pequeño, pues el más pequeño, entonces.

A continuación pagas el precio de 2 cafés standard en cualquier otro bar pero a cambio te dejan pasarte allí horas y horas con una sola consumición.

La cafetería B coincide con la A en este último punto, pero su forma de llamar al café en función de su tamaño es muy diferente. En la cafetería B no existe café pequeño:

-Buenos días, quería un café pequeño, por favor.

-El mediano, ¿no? Responden sonriendo

-No, no, pequeño

-Sí, tranquila es que el pequeño es el que llamamos mediano.

En la cafetería B se empieza a contar desde el +1, en cambio en la cafetería A, desde el -1. En el resto del mundo, partimos de 0. Si hay 3 cafés de distinto tamaño: tomarte cero sería igual a nada; 1, el pequeño; 2, el mediano y 3, el grande.

Pero eso es subestimar el poder del lenguaje. Si en la cafetería A pides el café pequeño, pagarás por un café mediano, a no ser que decidas qué prefieres un café súper pequeño porque ¡no mereces más! ¿De verdad te vas a tomar el súper pequeño?

En cambio, en la cafetería B el café nunca te parecerá caro porque estás pagando el precio de un café pequeño por uno llamado “mediano”. El efecto es exactamente el opuesto. Aquí no hay pequeñez que valga, como mínimo medianez. Pero ¿cómo puede existir el medio sin los extremos? Pues cuestionando el orden establecido, claro que sí.

Y así es como uno espera que le sirvan el café para llevárselo a una mesa de la que no le echarán, a cambio de hacerle reflexionar sobre el poder del lenguaje y la relatividad.

Tampoco es nuevo. En mi familia yo era la alta. Ahora que he cambiado de familia y ha cambiado la media de estaturas digo que soy standard porque en mi media se cuentan a todas las señoras que no llegan a tocar el suelo en el asiento del autobús (¿de verdad no podía haber alguien previsto eso?). Y, si me comparan con las generaciones venideras, no me resignaré a decir que soy el súper pequeño de la cafetería A, como poco el mediano de la B.

Elijan las palabras, señores. Si ellos pueden, nosotros también.

Motivos para escribir y derivados (enumeración incompleta)

Escribir para ser.

Para ser conscientes.

Para ser amables. Con nosotros mismos. Con la realidad.

Para sublimar.

Para estar aquí de otra manera.

Para reflexionar, relacionarse con la idea emergente.

Para recordar.

Para contrarestar la liviandad, «la insoportable levedad del ser» (debería volver a leerlo).

 

Leer para olvidar lo que leíste.

Para entender.

Releer para recordar lo que leíste, o incluso lo que escribiste.

Para conectar con lo que impactó en tu yo de aquellos días y comprobar qué seguís teniendo en común.

 

 

Desde la India tal vez

Hoy he recibido un masaje ayurvédico de unas manos prodigiosas mientras me imaginaba viajando a un país exótico, transportada por el olor del aceite esencial y la música que acompasaba el movimiento. 

Unos dedos ligeros y a la vez seguros le recordaban al cuerpo su existencia e incitaban a amarlo. Por el agujero de la camilla en el que se apoyaba mi cabeza, he visto los pies descalzos, los calcetines negros, de la persona que estaba haciendo posible ese momento, entregando a otro -en este caso yo- algo de sí que sabía hacer bien. 

Era un momento de presencia plena. Presencia en el cuerpo, siendo conscientes a su vez de los pensamientos que aparecían en el recorrido por cada zona. Después de esos momentos de presencia y relajación cuesta adaptarse de nuevo al ruido, uno es mucho más consciente de él y de aquello a lo que no quiere volver. La calma es un buen lugar para ver claro. 

También la escritura me ha llevado muchas veces a los lugares correctos. Ahora estornudo. Vuelvo a la zona de calma después del estornudo.

Cuando escribo en un teclado puedo hacerlo mirando por la ventana. Aprendí mecanografía en una máquina de escribir y con una cinta de cassette. Llegando tarde a casi todas las clases y avanzando la cinta para que me diera tiempo de acabar toda la lección. Era una forma de seguir las clases pero a un ritmo más elevado. Es muy antiguo esto que escribo, pero real. 

Este texto, a diferencia de otros, no me está llevando a ninguna parte, pero es un buen reflejo de cómo funciona la mente, saltando de una imagen a otra, de una idea a otra, luego al cuerpo y su estornudo, a la torsión incómoda de la espalda, luego a la ventana, luego a la pantalla. Ahora a este punto seguido. Ahora a este punto y a parte. 

De fondo oigo las instrucciones de un niño a su abuela. Le habla de una peonza que no se llama así, sino que tiene un nombre comercial mucho más complejo. Ella le habla del nombre comercial de cuando ella era niña y la peonza era de madera. Les llamábamos bailarinas, le dice. Y tú necesitas escribirlo para sublimarlo. Para volver a ellos con la mirada nítida, atenta, agradecida.