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Presentes

He soñado otra vez contigo, esta vez no estabas en Santo Domingo caminando de nuevo tras haber descubierto la forma de curarte. Esta vez te levantábamos de la silla porque habías muerto y descubríamos que detrás, en la pared, unas termitas habían dejado un rastro de sangre tras estar royendo todo este tiempo tu columna vertebral. Ése era el problema, ahora lo sabíamos. Por no hablar de aquel otro sueño, en el que volvíamos a enterrarte, ahora de blanco y yo me daba cuenta de que realmente te habíamos enterrado.

Cada vez estás presente de un modo distinto en mi vida. Pasaste de la presencia absoluta en las cartas que necesité escribirte tras tu muerte, a las coincidencias válidas como señales para hacernos pensar en ti flotando con Matthew McConaughey en la dimensión desconocida de Interstellar; a decirme que era el momento de tomar distancia; a darme cuenta de que mi voz seguía aquí; de que te quería igual; de que me alegra tu recuerdo, tu vida, que la última etapa me parece algo irreal ahora, que pesa como un guisante en una paella. Que lo quitaría como lo haría con los guisantes en la paella, aunque también contribuya a que ahora te imagine libre, de tanta prueba, de tanta dureza, de tanta lucha, libre al fin y tú, donde estés.

Pasar de todo eso a pensar que vamos a aprender a vivir así, contigo en algún otro lugar que desconocemos, en nuestros sueños, en las fotos que nos miran desde diferentes rincones de la casa, en las reuniones familiares en las que faltas y en las que ya faltabas un poco.

Aunque te siga llorando cuando me dejo, cuando pongo en palabras que te echo de menos, cuando releeo que te voy a echar de menos siempre, como todos los que echan de menos siempre a tanta gente. Aunque sigan adelante y sonrían y se hagan fuertes y conscientes de que su libreta sigue abierta y hay que aprovechar para llenarla de recuerdos que alegren futuros a pesar de las nostalgias.

Llegados a este punto me pregunto si tiene algún sentido publicar esto, si me arrepentiré. Porque hay textos anteriores que no he acabado publicando y no me arrepiento ahora, pero éste, ahora, con la Navidad acechando en todas partes, puede que le venga bien a alguien, que te eche de menos a ti o a tantos otros. Ánimo con ello. Por la alegría del recuerdo, porque algunos han muerto, pero sobre todo, han vivido.

De alas y tierras

A veces las prisas vienen de fuera, pero otras, de dentro. La máquina de los pensamientos, llena de pájaros u otros seres alados, se hiperventila con el batir de sus alas, hasta que algo hace que te des cuenta y decidas abrir la puerta para que salgan.

Que se vayan a volar lejos un rato y tú te quedes sola, en lo que te rodea, en lo que hay desde los pies hasta el pelo, ese trozo de carne humana rellena pero no deshuesada, que puede sentir a través de su capa exterior el contacto con el suelo, con la ropa, con la luz del sol que empieza a entrar por la ventana.

Sin pensar más en lo que ha hecho, lo que tal vez estaría bien que hiciera, lo que podría hacer sin duda. Porque al final, la vida también es estar aquí abajo, en lo simple, también es sentir que todo está bien preparando un desayuno, que no hay ningún otro lugar en el que debieras estar.

Hay humanos a los que esto les parecerá una obviedad pero hay otros que tenemos que recordárnoslo, que está bien donde estás, como estás, haciendo lo que estés haciendo o sin hacer. Dejar que el ritmo de pueblo, el de los días de vacaciones con pocos objetivos más allá de vivir un trozo de vida en un lugar, te impregnen por esta vez. Cerrar los ojos, imaginarse allí, cambiar las alas por la tierra durante un rato. Y empezar así el día.

Las puertas del ser o no ser

Ayer no fui al teatro. A veces las cosas se definen por lo que no son. El camino más rápido para llegar a tiempo a la puerta nos engulló, y lo que a pie son tan solo 10 minutos se convirtieron en 30′ en un taxi. El tiempo se hizo denso como el tráfico y hubo que tomar la decisión de bajarse. Esa decisión a la que no quieres mirar a la cara hasta que es inevitable.

Esto liga con algo que leí ayer mientras no estaba en el teatro: el fragmento de un libro, Muerte y alteridad, que en el fondo hablaba de lo mismo. Al final de la vida hay una puerta a la que a veces no quieres mirar y, sin embargo, hay que abrirla y bajarse.

Explicaba el autor, Byung-Chul Han, que ante esa puerta pueden darse dos escenarios: que el yo “rey” necesite crecer, y expandirse exageradamente, permanecer a toda costa en todas las cosas, o que opte por amar y disolverse en todas las cosas, ser en ellas y atravesar así la puerta con mayor serenidad.

Es sólo un esbozo, sólo un fragmento lo que leí, así que esto no es más que un reflejo de ese destello -lo contrapuesto a una reseña rigurosa- captado al asomarme tras haberme bajado del taxi y abrir la puerta para caminar, pero son dos ideas que debían unirse y se han unido en este texto de una mañana que todavía es un poco noche. 

#holabuenosdias(2)

Aquí podéis leer la sinopsis del libro, por Herder, no la había leído antes de ponerme a escribir pero recoge esa misma idea central. Además de la idea, me ha gustado mucho cómo estaba escrito/traducido (por Alberto Ciria), por si os animáis con el fragmento.

Hola, buenos días

Antes escribía por las noches, cansada, sin filtros, casi dormida. Era para mí un estado perfecto para la escritura. Ahora, me quedo dormida alrededor de las diez de la noche con una niña en brazos, así que tengo que cambiar la estrategia.

Escribir nada más levantarme era algo que hice durante un tiempo, tras mi primera maternidad (con el primer niño de mi historia durmiendo en brazos), pero me gusta menos, tengo mucho menos material sedimentado. A no ser que lo haga después de caminar un rato, por ejemplo (esto me funcionó cuando volví al trabajo tras aquel paréntesis de madre). Cuando camino (mirando a mi alrededor) mi cerebro se nutre de imágenes, de estímulos que desencadenen reflexiones, asociaciones, metáforas, se ancla en el mundo exterior para despertar al interior.

De todos modos, más allá del momento en que lo hiciera, cuando escribía de noche, lo más importante para el éxito del propósito, fue hacerlo, implacablemente todos los días (vale, casi todos los días).

[Nota 1: cuando una frase tenga un siempre, un nunca, un todo, un nada, un nadie, un todos… o es mentira o le falta un casi, como a esta frase
Nota 2: al releer me doy cuenta de que implacable es una palabra que admiro a la vez que detesto]

Así que lo bueno del concepto “todos los días” (y no los pares o los martes) es poder empezar una y otra vez cada 24 horas. Poder escribir tantas veces como sea necesario e independientemente de lo que pasó ayer que “hola, buenos días, retomo el hábito”, que no hace al monje pero cumple su función.

Y quien habla de escribir, habla de leer, de meditar, bailar… de hacer cualquier cosa que te apetezca hacer todos los días (o casi). Que no lo hayas conseguido una vez no implica que no vayas a conseguirlo la siguiente. Que no hayas venido hoy a esta cita no implica que mañana no empiece un nuevo día y puedas darle el contenido que quieras, la forma que te haga irte a la cama más a gusto (como quien ahueca una almohada), con ganas de repetir mañana y, si no, pasado mañana.

Es lo que tiene escribir recién levantado, que te vas un poco a la autoayuda. Y le llaman así porque el que más necesita esos consejos es el que escribe. Así que, adelante la que firma.

Otro de los requisitos para escribir todos los días fue aceptar que no todos los textos iban a ser buenos, excelentes, algo de lo que sentirme orgullosa a lo largo del tiempo, pero cuanto menos iban a existir y favorecer la existencia de otros mejores a base de trabajar la letra. Esos otros podrían ser rescatados en el futuro, editados, mejorados y releídos sin pudor, hasta con cariño.

Así pasó con los seleccionados para el libro de Escribirás todos los días. Y con ese mismo criterio voy a darle el visto bueno a este texto. Este primer texto de “hola, buenos días, retomamos el hábito”, a repetir las veces que haga falta.

Lunar

Rasguños primigenios

hacia el interior del mundo.

Me asomo para descubrirlo

al agujero negro de tu piel,

lunar -como de luna sin serlo-.

Allí, la palabra inconclusa gestándose,

trémula aún.

En un medio incierto,

acuoso,

blanco de certezas.

Lluvia

Frío húmedo licuado en gotas que rompen el silencio, un silencio nuestro y visceral como la misma lluvia. Sostenidos cada uno en un soporte, en una esfera casi perfecta como estas gotas, que no vemos porque no estamos mirando, pero que oímos porque no podemos no escuchar. Atención impuesta. Suspiro que nos recuerda la existencia. Volver a mirarnos para estar.

Las sillas

Voy a escribir, todavía no lo he hecho hoy. Últimamente estoy siendo fiel al hábito de escribir 3 páginas nada más levantarme, aunque no siempre publique lo que escribo. Escribirás todos los días, publicarás algunos -es la coletilla que le falta al dominio de este blog-. Por eso anoto, en la libreta de la que ahora rescato estos apuntes, que no he escrito todavía, cuando son las 9.45h. y estamos en el metro (A. y yo).

 

Vamos de camino a una tienda de muebles, unos barrios más allá, para contribuir a la elección de unas sillas que sustituyen a las que durante tanto tiempo han sostenido nuestra existencia sentados alrededor de la mesa insustituible. ¿Cuántas sillas compra uno en toda su vida? Yo sólo recuerdo otras anteriores a las actuales, que son verdes con madera color nogal. Aquellas, las de la primera infancia eran blancas, de un blanco roto, como los vestidos de novia o las páginas de algunos libros, de sky y madera oscura que no sé identificar, lo que Ikea llamaría ahora con una carencia insultante de poesía “negro-marrón”. Las recuerdo porque duraron muchos años y, aun cuando las retiraron, quedó algún ejemplar pululando por casa, con algún pequeño defecto que se fue acentuando hasta justificar su desaparición. Así funciona la vida de las sillas, como la nuestra.

 

Estas son las terceras sillas de mi vida como hija. Di que en esta casa se apura la vida de las cosas, puedes decirlo porque es cierto. Hasta que no ha corrido peligro la vida de los que se sentaban en ellas, las sillas no tenían de qué preocuparse. Otra paradoja es que las sillas se compran habitualmente de 4 en 4, como algunos yogures. También independientemente de que en casa sólo vivan dos. Luego cuatro, según la media de hijos por familia. Nuevamente dos cuando los hijos se van. Tres si se añade durante un tiempo un cuidador. Uno, si falta el segundo y ya no es necesario el cuidador…

 

Pero ahí siguen las cuatro sillas, esperándonos, esperando un trasero que las habite, que les dé calor. Mientras eso no sucede, observas su vacío y recuerdas a los que estuvieron antes, hasta que tus nietos vuelven a llenar de ruido la estancia y de vida y de recuerdos a las recién llegadas. Tal vez son las últimas sillas de esta casa, tal vez no, ahora los productos no duran tanto, y nosotros los apuramos menos y esta casa seguirá su ciclo. Lo importante será haberlas gastado, hacerlas tambalear a carcajadas, jugar con ellas al juego de las sillas. Hacer largas sobremesas. Hacernos compañía. Que aguanten el peso no de uno sino de uno subido encima de otro y, si me apuras, de otro más. Que sientan el frío lo menos posible, que nos alegren la vista. Que nos sintamos acogidos en ellas. Con esta predisposición vamos a escoger unas sillas, la tercera generación de sillas de esta familia, la de los nietos, y ahí estamos.

Adentrados

Ayer me reencontré con dos amigas poetas, la Generación del 2010, que siguió a la del 98 y a la del 27. Desde casi el principio supimos quienes éramos a través de nuestros textos, de la poesía. Partimos de la esencia y, poco a poco, eso que sabíamos se ha ido completando con información en prosa, la de todos los días, la de la infancia, la de los padres, amantes o hijos, siempre envuelto en un halo* de risa y reflexiones certeras.

No deja de ser curioso cómo en función del momento y lugar en el que conocemos a alguien lo hacemos desde un prisma distinto. No importa demasiado conocernos en orden cronológico, empezando desde el principio, sino empezar por un flanco y, poco a poco, ir adentrándonos en la persona que hay ahí dentro.

Es una suerte que esto suceda a lo largo de la vida, dejar puertas abiertas en la maleza para que, de vez en cuando, pueda ir entrando alguien nuevo con el que explorarnos mutuamente, llegando a conocernos también de maneras nuevas. Amigos de parque, de formación, de familia, de trabajo, amigos de amigos, amistades que surgen cuando menos te lo esperas y que son un regalo, pero no hace falta que lo envuelva.

*Lo he buscado para asegurarme de que era la palabra que necesitaba, según la RAE: Meteoro luminoso consistente en un cerco de colores pálidos que suele aparecer alrededor de los discos del Sol y de la Luna.

Ligereza

Llega la noche y, con ella, las ganas de escribir entre tu respiración y el sonido de un ventilador que nos alivia. Todo adquiere una ligereza propicia al picoteo de un teclado portátil, ligero también, que me permite escribir desde el mismo lugar en el que cogemos el sueño, los sueños o los inventos para rebajar la tensión de las mandíbulas.

Hacía tiempo que no escribía de noche, haciendo caso omiso a las listas de temas sobre los que escribir, sólo dejando que las palabras vengan y se vayan en función de lo que deban revelarnos. Hoy, el placer de un instante de silencio no absoluto. Lo absoluto asusta demasiado como para que salgan las palabras.

Poso

Te encuentro, como otro pensamiento que cruza para saludar y dejar su poso. Poso de café caliente con leche dulce y galletas.