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Desde la India tal vez

Hoy he recibido un masaje ayurvédico de unas manos prodigiosas mientras me imaginaba viajando a un país exótico, transportada por el olor del aceite esencial y la música que acompasaba el movimiento. 

Unos dedos ligeros y a la vez seguros le recordaban al cuerpo su existencia e incitaban a amarlo. Por el agujero de la camilla en el que se apoyaba mi cabeza, he visto los pies descalzos, los calcetines negros, de la persona que estaba haciendo posible ese momento, entregando a otro -en este caso yo- algo de sí que sabía hacer bien. 

Era un momento de presencia plena. Presencia en el cuerpo, siendo conscientes a su vez de los pensamientos que aparecían en el recorrido por cada zona. Después de esos momentos de presencia y relajación cuesta adaptarse de nuevo al ruido, uno es mucho más consciente de él y de aquello a lo que no quiere volver. La calma es un buen lugar para ver claro. 

También la escritura me ha llevado muchas veces a los lugares correctos. Ahora estornudo. Vuelvo a la zona de calma después del estornudo.

Cuando escribo en un teclado puedo hacerlo mirando por la ventana. Aprendí mecanografía en una máquina de escribir y con una cinta de cassette. Llegando tarde a casi todas las clases y avanzando la cinta para que me diera tiempo de acabar toda la lección. Era una forma de seguir las clases pero a un ritmo más elevado. Es muy antiguo esto que escribo, pero real. 

Este texto, a diferencia de otros, no me está llevando a ninguna parte, pero es un buen reflejo de cómo funciona la mente, saltando de una imagen a otra, de una idea a otra, luego al cuerpo y su estornudo, a la torsión incómoda de la espalda, luego a la ventana, luego a la pantalla. Ahora a este punto seguido. Ahora a este punto y a parte. 

De fondo oigo las instrucciones de un niño a su abuela. Le habla de una peonza que no se llama así, sino que tiene un nombre comercial mucho más complejo. Ella le habla del nombre comercial de cuando ella era niña y la peonza era de madera. Les llamábamos bailarinas, le dice. Y tú necesitas escribirlo para sublimarlo. Para volver a ellos con la mirada nítida, atenta, agradecida.

Texto en bucle

Calla.

Ahora escucha.

Deja salir el aire.

Deja que entre.

Repite 10 veces.

Olvida el móvil hasta mañana.

Recuerda mirarte los pies en algún momento antes de irte a dormir.

Dales las buenas noches.

Escribe si no lo has hecho.

Quéjate un poco si lo necesitas porque estás cansado, pero luego da las gracias.

Regodéate sintiendo eso último. 

Diles a los dedos de tus pies que les quieres. 

Mira a los ojos del prójimo más próximo y a ti mismo.

Saluda a la luna y recuerda que Tereshkova fue la primera mujer en subir al espacio y que ha sido tu hijo el que te lo ha dicho. 

Perdónate también tus ofensas.

Recuérdate cuando te hacías heridas en las rodillas cada dos por tres.

Y sopla como entonces. 

Atraviesa el cielo con tu mente si no estás en un avión e inventa que está atardeciendo. 

Coge esos colores y pinta. Píntate la cara. O date un baño naranja.

Cierra los ojos (cuando acabes de leer) ¡Oh, no! este paréntesis debería haber ido antes, ahora ya no me lees, estás con los ojos cerrados y este texto entra en bucle: yo callo. Ahora escucho. Dejo salir el aire. Dejo que entre. Repito 10 veces. Olvido el móvil hasta mañana. Buenas noches prójimo de ojos encendidos. Me baño en el naranja. Me perdono. Arranco a correr cuesta abajo. Soplo. Os quiero a los 5, o a los 10. Os quiero a todos. Gracias.

Abrir la puerta espejo

Fe en la palabra como ungüento. Mano que se ofrece en medio de la noche. Venir para que existas.

Agradecer

Bailar a cal y canto, abrazar un tenedor, sentir el frío del suelo en la mejilla, bajar al contraluz, saltar la verja que nos separa, esperar a que sea el tiempo de salir. Hacer el silencio si es necesario. Que no te importe si te extraña esta canción.

Agradecer el azul del fuego y la cadencia. Temblar a su luz. Amar. Frenar el flujo a tu pesar. Arrancar cuesta abajo para que una batería vuelva a latir. Pum pum pum pum pum pum. Acercarme a tu pecho o imaginarte en mi vientre, oyéndolo.

Escribir de noche, a falta de mañanas. No dejar reposar un texto. Hablar en verso sin querer.

Presentes

He soñado otra vez contigo, esta vez no estabas en Santo Domingo caminando de nuevo tras haber descubierto la forma de curarte. Esta vez te levantábamos de la silla porque habías muerto y descubríamos que detrás, en la pared, unas termitas habían dejado un rastro de sangre tras estar royendo todo este tiempo tu columna vertebral. Ése era el problema, ahora lo sabíamos. Por no hablar de aquel otro sueño, en el que volvíamos a enterrarte, ahora de blanco y yo me daba cuenta de que realmente te habíamos enterrado.

Cada vez estás presente de un modo distinto en mi vida. Pasaste de la presencia absoluta en las cartas que necesité escribirte tras tu muerte, a las coincidencias válidas como señales para hacernos pensar en ti flotando con Matthew McConaughey en la dimensión desconocida de Interstellar; a decirme que era el momento de tomar distancia; a darme cuenta de que mi voz seguía aquí; de que te quería igual; de que me alegra tu recuerdo, tu vida, que la última etapa me parece algo irreal ahora, que pesa como un guisante en una paella. Que lo quitaría como lo haría con los guisantes en la paella, aunque también contribuya a que ahora te imagine libre, de tanta prueba, de tanta dureza, de tanta lucha, libre al fin y tú, donde estés.

Pasar de todo eso a pensar que vamos a aprender a vivir así, contigo en algún otro lugar que desconocemos, en nuestros sueños, en las fotos que nos miran desde diferentes rincones de la casa, en las reuniones familiares en las que faltas y en las que ya faltabas un poco.

Aunque te siga llorando cuando me dejo, cuando pongo en palabras que te echo de menos, cuando releeo que te voy a echar de menos siempre, como todos los que echan de menos siempre a tanta gente. Aunque sigan adelante y sonrían y se hagan fuertes y conscientes de que su libreta sigue abierta y hay que aprovechar para llenarla de recuerdos que alegren futuros a pesar de las nostalgias.

Llegados a este punto me pregunto si tiene algún sentido publicar esto, si me arrepentiré. Porque hay textos anteriores que no he acabado publicando y no me arrepiento ahora, pero éste, ahora, con la Navidad acechando en todas partes, puede que le venga bien a alguien, que te eche de menos a ti o a tantos otros. Ánimo con ello. Por la alegría del recuerdo, porque algunos han muerto, pero sobre todo, han vivido.

De alas y tierras

A veces las prisas vienen de fuera, pero otras, de dentro. La máquina de los pensamientos, llena de pájaros u otros seres alados, se hiperventila con el batir de sus alas, hasta que algo hace que te des cuenta y decidas abrir la puerta para que salgan.

Que se vayan a volar lejos un rato y tú te quedes sola, en lo que te rodea, en lo que hay desde los pies hasta el pelo, ese trozo de carne humana rellena pero no deshuesada, que puede sentir a través de su capa exterior el contacto con el suelo, con la ropa, con la luz del sol que empieza a entrar por la ventana.

Sin pensar más en lo que ha hecho, lo que tal vez estaría bien que hiciera, lo que podría hacer sin duda. Porque al final, la vida también es estar aquí abajo, en lo simple, también es sentir que todo está bien preparando un desayuno, que no hay ningún otro lugar en el que debieras estar.

Hay humanos a los que esto les parecerá una obviedad pero hay otros que tenemos que recordárnoslo, que está bien donde estás, como estás, haciendo lo que estés haciendo o sin hacer. Dejar que el ritmo de pueblo, el de los días de vacaciones con pocos objetivos más allá de vivir un trozo de vida en un lugar, te impregnen por esta vez. Cerrar los ojos, imaginarse allí, cambiar las alas por la tierra durante un rato. Y empezar así el día.

Las puertas del ser o no ser

Ayer no fui al teatro. A veces las cosas se definen por lo que no son. El camino más rápido para llegar a tiempo a la puerta nos engulló, y lo que a pie son tan solo 10 minutos se convirtieron en 30′ en un taxi. El tiempo se hizo denso como el tráfico y hubo que tomar la decisión de bajarse. Esa decisión a la que no quieres mirar a la cara hasta que es inevitable.

Esto liga con algo que leí ayer mientras no estaba en el teatro: el fragmento de un libro, Muerte y alteridad, que en el fondo hablaba de lo mismo. Al final de la vida hay una puerta a la que a veces no quieres mirar y, sin embargo, hay que abrirla y bajarse.

Explicaba el autor, Byung-Chul Han, que ante esa puerta pueden darse dos escenarios: que el yo “rey” necesite crecer, y expandirse exageradamente, permanecer a toda costa en todas las cosas, o que opte por amar y disolverse en todas las cosas, ser en ellas y atravesar así la puerta con mayor serenidad.

Es sólo un esbozo, sólo un fragmento lo que leí, así que esto no es más que un reflejo de ese destello -lo contrapuesto a una reseña rigurosa- captado al asomarme tras haberme bajado del taxi y abrir la puerta para caminar, pero son dos ideas que debían unirse y se han unido en este texto de una mañana que todavía es un poco noche. 

#holabuenosdias(2)

Aquí podéis leer la sinopsis del libro, por Herder, no la había leído antes de ponerme a escribir pero recoge esa misma idea central. Además de la idea, me ha gustado mucho cómo estaba escrito/traducido (por Alberto Ciria), por si os animáis con el fragmento.

Hola, buenos días

Antes escribía por las noches, cansada, sin filtros, casi dormida. Era para mí un estado perfecto para la escritura. Ahora, me quedo dormida alrededor de las diez de la noche con una niña en brazos, así que tengo que cambiar la estrategia.

Escribir nada más levantarme era algo que hice durante un tiempo, tras mi primera maternidad (con el primer niño de mi historia durmiendo en brazos), pero me gusta menos, tengo mucho menos material sedimentado. A no ser que lo haga después de caminar un rato, por ejemplo (esto me funcionó cuando volví al trabajo tras aquel paréntesis de madre). Cuando camino (mirando a mi alrededor) mi cerebro se nutre de imágenes, de estímulos que desencadenen reflexiones, asociaciones, metáforas, se ancla en el mundo exterior para despertar al interior.

De todos modos, más allá del momento en que lo hiciera, cuando escribía de noche, lo más importante para el éxito del propósito, fue hacerlo, implacablemente todos los días (vale, casi todos los días).

[Nota 1: cuando una frase tenga un siempre, un nunca, un todo, un nada, un nadie, un todos… o es mentira o le falta un casi, como a esta frase
Nota 2: al releer me doy cuenta de que implacable es una palabra que admiro a la vez que detesto]

Así que lo bueno del concepto “todos los días” (y no los pares o los martes) es poder empezar una y otra vez cada 24 horas. Poder escribir tantas veces como sea necesario e independientemente de lo que pasó ayer que “hola, buenos días, retomo el hábito”, que no hace al monje pero cumple su función.

Y quien habla de escribir, habla de leer, de meditar, bailar… de hacer cualquier cosa que te apetezca hacer todos los días (o casi). Que no lo hayas conseguido una vez no implica que no vayas a conseguirlo la siguiente. Que no hayas venido hoy a esta cita no implica que mañana no empiece un nuevo día y puedas darle el contenido que quieras, la forma que te haga irte a la cama más a gusto (como quien ahueca una almohada), con ganas de repetir mañana y, si no, pasado mañana.

Es lo que tiene escribir recién levantado, que te vas un poco a la autoayuda. Y le llaman así porque el que más necesita esos consejos es el que escribe. Así que, adelante la que firma.

Otro de los requisitos para escribir todos los días fue aceptar que no todos los textos iban a ser buenos, excelentes, algo de lo que sentirme orgullosa a lo largo del tiempo, pero cuanto menos iban a existir y favorecer la existencia de otros mejores a base de trabajar la letra. Esos otros podrían ser rescatados en el futuro, editados, mejorados y releídos sin pudor, hasta con cariño.

Así pasó con los seleccionados para el libro de Escribirás todos los días. Y con ese mismo criterio voy a darle el visto bueno a este texto. Este primer texto de “hola, buenos días, retomamos el hábito”, a repetir las veces que haga falta.

Lunar

Rasguños primigenios

hacia el interior del mundo.

Me asomo para descubrirlo

al agujero negro de tu piel,

lunar -como de luna sin serlo-.

Allí, la palabra inconclusa gestándose,

trémula aún.

En un medio incierto,

acuoso,

blanco de certezas.

Lluvia

Frío húmedo licuado en gotas que rompen el silencio, un silencio nuestro y visceral como la misma lluvia. Sostenidos cada uno en un soporte, en una esfera casi perfecta como estas gotas, que no vemos porque no estamos mirando, pero que oímos porque no podemos no escuchar. Atención impuesta. Suspiro que nos recuerda la existencia. Volver a mirarnos para estar.