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Realidad y ficción Posts

“No hay ninguna ortodoxia ni dogma en el que quepa la vida de una persona”

Hace unos días asistí a la presentación en Barcelona del último libro de Nuria Labari, un libro que se intuía necesario incluso antes de escucharla.

Fue en una librería, Bernat +, que se define como “almacén de cultura”. La sala estaba llena, principalmente de mujeres, algunos hombres y un bebé de 3 semanas, que escuchaba encima de su madre. Entrando para siempre en su inconsciente estas palabras: “El último hombre blanco”.

“¿Quién es el último hombre blanco?” Le preguntó Laura Ferrero, que la acompañaba en la presentación, autora, entre otros títulos, de Piscinas vacías. Nuria dio como respuesta una enumeración de quién no es: no es inmigrante, no es mujer, no es autónomo… “Este hombre blanco es un lugar simbólico”.

“Llevamos un símbolo con 3.000 años dentro que nos hace pensar, por ejemplo, que el éxito es individual, que es jerárquico”, o que “las emociones, mejor, déjalas a parte”… “Es esa cosa que hay dentro de todas y la protagonista no es que la lleve dentro sino que se la comió”.

¿A quién se lo dedica? “A todas las personas que alguna vez camino del trabajo sentían que se habían perdido”. Porque “desde luego el trabajo hay que pensarlo de otra manera”.

Para empezar a hacerlo y documentar la novela, entrevistó a personas que ganaran más de 500.000 euros al año o hasta un millón. Alrededor del 80% eran hombres, eso no es lo sorprendente, sino lo que afirma después de haber mantenido esos encuentros: “Los hombres poderosos son súper obedientes”. “Hay que repensar la masculinidad”, pensar en una masculinidad que pueda, por ejemplo, no luchar en una guerra porque ése es su mandato.

Me la imaginaba, mientras la escuchaba, en sus despachos. Los entrevistados “tenían en común una pregunta: ¿qué hubiera hecho yo si no hubiera aceptado estar aquí?” ¿Y cómo liga todo esto? “El trabajo tiene muchísimo del “deber ser” masculino””.

Repensar el trabajo, repensar la masculinidad y repensar el poder. “Yo ya no quiero el poder, yo quiero reventarlo, quiero cambiarlo, y ésta es la esperanza de la humanidad”. “No hay ninguna ortodoxia ni dogma en el que quepa la vida de una persona”.

La protagonista “no tiene nombre porque me gustaba que fuera esa voz que podemos ser todos. Lleva un poco de todos nosotros”. Ella quisiera que cada lectora, lectores, “pudiera dejar atrás a ese hombre blanco que lleva dentro. Esa forma de no poder habitar el presente que tenemos”. Y este libro “es una despedida a una forma de estar en el mundo que hace daño, que a mí me hace daño”.

Sobre el proceso de escritura confesó que “ha sido una novela dolorosa. Este libro ha sido dar mazazos sobre mi identidad por todas partes”. Pero “estoy contenta porque lo he terminado y lo he terminado bien. El final es maravilloso. Este libro ha sido catártico. Yo voy distinta al trabajo y, a mí, mi revolución íntima me ha funcionado”.

Y es que escribir tiene un poder catártico y transformador y nos acerca a “habitar el presente”, escuchándonos y habitándonos también. Nos ayuda a hacernos preguntas y responderlas, ya no la de ¿qué hubiera pasado si…? Si no ¿qué quiero que pase a partir de ahora? ¿Cómo quiero vivir? ¿Cómo puedo escucharlo y respetarlo, darle espacio?

Si quieres probar por ti misma las respuestas que te depara la escritura y su poder catártico, el 30 de junio empieza una edición de verano del “Taller de escritura para escucharte”.

Te dejo aquí toda la información y puedes escribirme para cualquier duda o incompatibilidad de horarios o fechas 👉 https://www.descubriralcalordelaspalabras.com/taller-de-escritura-para-escucharte/

 

PD: Y si te sientes identificada con la dedicatoria del libro:  “A todas las personas que alguna vez camino del trabajo sentían que se habían perdido” –yo también me perdí-, te dejo un enlace al programa que diseñé para cuando quieres hacer un cambio profesional pero no sabes por dónde tirar. Aquí te lo explico 👉https://www.descubriralcalordelaspalabras.com/programa-define-tu-proposito/

Si el mundo fuera de poetas

Si el mundo fuera de poetas

[Hoy escribe Silvia, firma invitada con la que el blog se quedaría a vivir]

Imagina un hombre, con un despacho impersonal en un edificio neutro. Su trabajo es decidir materiales para embaldosar el paseo de Gran Vía. Podría elegir cualquiera. Debería elegir uno no muy caro, poroso, que no resbale y sobre todo neutro e impersonal.

Es primavera, llueve y es lunes. Camino hacia el trabajo por Gran vía. Sin decidirlo, mi mente se relaja y mis ojos se fijan en el suelo. Sorprendentemente camino sobre un espejo donde se reflejan los árboles que comienzan a florecer. La percepción de la ciudad, del lunes y de la vida misma cambia si uno camina sobre un cielo de árboles en flor.

Un  poeta, con un despacho impersonal  en un edifico neutro, toma un pedacito de cielo y embaldosa Gran Vía para quien quiera mirar.

Los pies vuelan a cada paso

Y hay compañeros de pasos que, cuando juntan los pies, vuelan.

A sus pies, M.

Dictados de naturaleza

Ráfagas de sabiduría. Certezas cayendo, de madurez. Como que esta historia  se escribe de una vez. Que el boli está en la mano. Que la mesa se mueve y caerán gotas que mojen el papel. Pero que tuyo es el estilo, el tono, la palabra. Esta escena. Tuya como el barro al escultor. Como la vida al vivo. Vida que sólo quiere ser, en cualquier parte, manifestación.

Sant Miquel del Fai

Leyendas acuáticas

Por no hablar. De ahí venía todo. Y nadie lo supo hasta que vomitó. Decenas de palabras cayendo a borbotones por el váter, dirección al mar. Me he enterado en la playa, leyéndolo mientras me bañaba.

Nadie al otro lado

Hay gente a la que le da repelús el ombligo -repelús es una bonita palabra para un feo significado-. No pueden soportar la idea de que alguien les roce con el dedo ese agujero original (de origen), ni siquiera la idea de presenciar esa escena en otros dedos en ombligos ajenos. Hay hermanos pequeños que alcanzan cotas de poder inauditas frente a sus hermanas mayores gracias a esta debilidad. Y amigas que evitan mirar las barrigas desbocadas de sus amigas embarazadas por no ver cómo la antigua hendidura se ha convertido en protuberancia. No se puede decir que estemos hablando de algo desconocido, pero, ¿cómo se explica el repelús? ¿acaso estremecimiento al llamar a un timbre donde quizás no haya nadie?

Reencarnarse en cuento

Fábulas itinerantes. Eso es lo que somos. Introducción, nudo y desenlace con patas y, a menudo, moraleja. Luego viene lo de desarrollar el personaje, darle forma a la historia, estar a la altura en los puntos de inflexión de la narración… Eso es en lo que estamos. ¿Y después del colorín colorado? Érase una vez y otra y otra más, hasta que no duela contarlo y el cuento al que seguimos queriendo se haya hecho de nuevo realidad presente, como antónimo de ausente.

Carrillos

Tanteas las bicicletas que llevas en cada carrillo, donde carrillo puede ser leído como moflete o como carro modesto. Tres en el derecho y cinco en el izquierdo, con eso podemos volver a montar un Verano azul, el Piraña y Tito que lleven los carros, metáfora del peso con el que cargan por defecto los pequeños. El peso de no mandar, de no saber nunca suficiente, de querer ser como el mayor, siempre otra cosa, de pelear por la exclusiva atención que sólo conocen los primogénitos y aborrecen los hijos únicos. Una carga menor, si se quiere, que, a cambio de otras ventajas, se puede arrastrar en carrillo.

¿Desaborío?

Te vamos a dar un jarabe, te decían. Y tú preguntabas: pero ¿sabrá muy mal? -No, será de fresa, aseguraban. Y te quedabas más tranquilo, como si todo en la vida pudiera hacerse menos amargo. No es extraño que, ya mayores, a veces se nos escape: «Si me va a doler, que sea de naranja, por favor».

Esto tenía que tener banda sonora

Consciencia descalza

Cuesta despegarse de la realidad cuando uno va vestido con ropa de calle. Es más fácil debajo de un edredón que ya empieza a sobrar y sin calcetines. Porque así de calle a uno se le ocurren escenas cotidianas, como la de una paloma metiéndose en una heladería y la de una heladera intentando echarla atrayéndola con una galleta de cucurucho y preguntando cuál es el sonido apropiado para atraer a estos animales hacia la comida o, más bien, hacia una comida en concreto como lo es la galleta de cucurucho, que en este caso indicaba la salida.

Sin embargo, cuando uno se va despojando de las prendas que han estado en contacto con el exterior, va dejando también atrás esa realidad. Esta teoría (número 1) podría explicarlo todo, pero hay otra teoría posible inspirada en esta noticia: «El cerebro cubre la falta de sueño con siestas neuronales» (Público).

[teoría número 2] Cuando llega el momento de quitarse los calcetines, hay zonas del cerebro que ya están durmiendo. Esas zonas del cerebro son como el lastre de un globo aerostático. Cada vez que se suelta uno, el vuelo gana en altura (y profundidad). Y sólo entonces los dedos de los pies cobran consciencia de sí mismos.

[En su honor, y en el de todos los pies del mundo: la foto de la cabecera de hoy, extraída de una colección de fotografías de pies]