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La plaza: aquí y ahora (ayer y allí)

Alguien llena su garrafa en la fuente de esta plaza. Con paciencia, sin dejar de presionar el mecanismo que permite la salida del agua. Con la garrafa torcida porque, de otro modo, no entra en el hueco entre el grifo y el depósito que vuelve a recoger de nuevo el agua sobrante en un ciclo cerrado.

Dos guardias urbanos atraviesan la misma plaza en bicicleta. Uno le va contando al otro, que se desplaza en paralelo, que “su marido (el de una ella lejana) murió hace unos años”. Es una historia que acaba de empezar, se nota, pero tienen un día largo juntos por delante. Avanzan sin prisa, pero ya no les oigo. Sólo veo: el mismo narrador saluda unos metros más allá a una niña en brazos de su madre, que los mira. Un buen embajador de marca, pienso.

Mientras tanto, el hombre de la garrafa sigue allí, impasible, aguantará hasta que la garrafa se llene, a pesar de saber que nunca se llenará del todo, imposible en esa posición. La conversación en inglés macarrónico de la mesa de al lado, también sigue. En el bar de la otra punta de la plaza dos se saludan con el codo, pero no pueden evitar a continuación el abrazo.

Ahora el sonido de un patinete, y el de las golondrinas, que han vuelto al fin, exactamente con el inicio del calor. Hay carros vacíos y patinetes infantiles al lado de madres y padres que descansan café en mano antes de empezar la jornada laboral, probablemente en casa. Otros leen, otras escriben.

Me llegan al vuelo la palabra “tiger” y la palabra “forest” y quedan tan lejos de esta cotidianidad. Tan lejos del hombre del butano que golpea amablemente las bombonas, sin que suponga una molestia porque el sonido se integra en el conjunto.

Sentada en la misma terraza, una señora mira a los otros desde su angustia, a la que son ajenos los perros que disfrutan de encontrarse en un banco con sus respectivos dueños. Y más ajena aún la hormiga atómica en patinete eléctrico, mismo casco, misma velocidad, a la que la plaza le dura cinco segundos. ¿Cuánto tiempo habitas cada espacio?

Un grito llama de pronto al orden, lo emite el pecho henchido de una paloma hecha humana al ponerse una chaqueta negra. Uno de los tres hombres del banco y los perros se levanta cabizbajo, hombros caídos y pies, pies muy a ras de suelo, con su rostro triste e indefenso, algo desencajado, sin mascarilla, se dirige hacia ella. No sé qué le dice, escribo sin sonido, pero vuelve al banco con las arrugas más marcadas. Los otros le sonríen. Él no. Llega una cuarta mujer a ocupar su plaza. Hay 6 largos bancos vacíos, pero ése está lleno de personas y perros y una variedad incoherente de expresiones faciales que conviven.

Aparece ahora el camarero que camina erguido, con tatuajes de colores en los brazos -un cóctel, entre otros-, pelo recogido en un moño mal hecho, mascarilla negra, que se va separando de la boca para hablar. Nada que ver con su compañero, más delgado, más pequeño, más atormentado o de tormenta más transparente, rápida, ansiosa. Su tormenta es distinta.

Debo irme. Aquí se quedan parejas jóvenes comiendo bocadillos, los perros, las tormentas, los que van de paso dejando trozos de historia en esta plaza. “Mi opinión es que ella sabe que vale mucho, que es buena en las cosas que hace…”, dice uno de ellos. Y tú, ¿crees en ti?, le pregunto al perro que les sigue a trompicones, con sus piernas 6 veces más cortas. Me mira, pero no responde, como retándome a que lo haga yo.

De alas y tierras

A veces las prisas vienen de fuera, pero otras, de dentro. La máquina de los pensamientos, llena de pájaros u otros seres alados, se hiperventila con el batir de sus alas, hasta que algo hace que te des cuenta y decidas abrir la puerta para que salgan.

Que se vayan a volar lejos un rato y tú te quedes sola, en lo que te rodea, en lo que hay desde los pies hasta el pelo, ese trozo de carne humana rellena pero no deshuesada, que puede sentir a través de su capa exterior el contacto con el suelo, con la ropa, con la luz del sol que empieza a entrar por la ventana.

Sin pensar más en lo que ha hecho, lo que tal vez estaría bien que hiciera, lo que podría hacer sin duda. Porque al final, la vida también es estar aquí abajo, en lo simple, también es sentir que todo está bien preparando un desayuno, que no hay ningún otro lugar en el que debieras estar.

Hay humanos a los que esto les parecerá una obviedad pero hay otros que tenemos que recordárnoslo, que está bien donde estás, como estás, haciendo lo que estés haciendo o sin hacer. Dejar que el ritmo de pueblo, el de los días de vacaciones con pocos objetivos más allá de vivir un trozo de vida en un lugar, te impregnen por esta vez. Cerrar los ojos, imaginarse allí, cambiar las alas por la tierra durante un rato. Y empezar así el día.

Los hay

Los hay

Los hay que cierran con fuerza los ojos al besar y aprietan con el mismo ímpetu su boca contra el otro. Intensifican su presencia en ese momento, que se esfumará como todos.

Los hay que caminan como si acabaran de aprender a hacerlo, formando una gran A con sus piernas dentro de una falda ancha, y limitando al mínimo imprescindible para no caer los segundos de diferencia entre cada paso.

Los hay que quieren decirse a sí mismos, “tranquilo, vas pronto”, y sin embargo, de momento sólo han conseguido el “vas tarde”.

Los hay que buscan un fin más allá de sí mismos e intentan convencer a otros de que ése es el camino “hacia la plenitud y hacia un mundo mejor”, compartiendo cartel.

Los hay que viven en el pasado, o en el futuro. Los hay que descubren que cada día es una vida entera, la unidad con la que medir el tiempo y su valor.

Los hay que entonces empiezan a planificar todo lo que tendría que tener un día para llegar a ser una vida plena, la vida que quieren y la que buscan cuando cierran los ojos al besar.


Pero aún hay muchos más, en la calle y en los libros, rescato aquí un fragmento de los que retrató Allen Ginsberg en su Aullido, creo que estaba de fondo mientras escribía, como una canción que no abandona tu cabeza -en mi caso alterno «The wheels on the bus goes run and run» con textos como estos-.

Añado yo el «los hay…»:

Los hay «que tiraron sus relojes desde el tejado para emitir su voto por una Eternidad fuera del Tiempo, y cayeron despertadores sobre sus cabezas día tras día durante toda una década,

que se cortaron sin éxito las muñecas tres veces consecutivas abandonaron y se vieron obligados a abrir tiendas de antigüedades donde pensaron que se estaban volviendo viejos y se echaron a llorar».

La anécdota:

Explican en Anagrama que «el poema se ha traducido a decenas de idiomas y Lawrence Ferlinghetti, el poeta beat que lo publicó en su City Lights Books, declara llevar impresos casi un millón de ejemplares desde que apareciera la primera edición en 1956». City Lights Books sigue existiendo como librería en San Francisco y allí llevé también dos ejemplares de Escribirás todos los días. Fue la primera librería en la que lo dejé. La semana pasada, en Taifa Llibres, otro de los hogares del libro, acogieron una charla sobre Ginsberg, a raíz de la publicación de un póster con una selección de sus poemas en Edicions Poncianes, que me invitó a releerlo. Círculo cerrado, hasta que se abra otro.

 

 

 

Librerías donde perderse o donde encontrar Escribirás todos los días (el libro)

Librerías donde perderse o donde encontrar Escribirás todos los días (el libro)

Ya era un ritual, al llegar el verano, acabado el colegio y con unas vacaciones interminables por delante, mi padre nos llevaba durante todo un día a recorrer librerías: ese día podíamos escoger tantos libros como quisiéramos. Rodeadas de historias, mi hermana y yo leíamos ansiosas los lomos, en busca del anzuelo preciso para nuestro apetito. Picar implicaba deslizar el libro hasta extraerlo de la estantería, abrirlo, acariciar las páginas hasta encontrar la primera y la última frase, y, por fin, enamorarse de la enorme expectativa generada -como siempre, por otra parte, cuando de enamoramiento se trata-.

Era un ritual y sigue siéndolo, aunque no coincida necesariamente con el inicio del verano, aunque pueda darse cualquier tarde de sábado o de miércoles o un mediodía, necesitados de aire.

Las librerías nos acogen como lectores y, a veces, acogen incluso a nuestros libros. Es el caso de Escribirás todos los días, hay libreros tan admirados como cálidos que ya le han hecho un sitio en sus estanterías. Os dejo sus señas, aunque no vayáis buscando el libro, no dejéis de daros el placer de perderos en ellas.

 

ACTUALIZACIÓN: a enero de 2019.

Podéis encontrar Escribirás todos los días en tiendas tan bonitas como:

Iorana, espacio de creadores. Con productos preciosos de creativos locales. En la calle del Diluvi (al lado de la Plaça de la Vila), en el barrio de Gracia, en Barcelona. 

Librería Guía, maravillosa librería de viajes, también en Barcelona, en Travessera de Gràcia, 146 (entre Gran de Gràcia y Torrent de l’Olla).

Los portadores de sueños, tan evocadora como su nombre, en la calle Jerónimo Blancas, 4  (junto a Pza. España, entre Coso y San Miguel), en Zaragoza.

¡A disfrutarlas!

 

Agradecimientos a los lugares que lo acogieron antes:

En Barcelona:

Taifa llibres, imprescindible ella y su pizarra. En Gracia, en la calle Verdi, 12, al lado de los cines.

Novecento, el lugar donde confluyen música y libros, y también buenas frases. En Gracia, Ramón y Cajal, 53, cerca de Joanic (añadida más tarde porque estaban de traslado).

En Zaragoza:

Los portadores de sueños, como dicen en su web y en boca de Vila-Matas: «Esta librería es el abismo», un abismo placentero como pocos, en la calle Jerónimo Blancas, 4 (junto a Pza. España, entre Coso y San Miguel).

En Madrid:

Artimaña, especializados en libro ilustrado, arte y arquitectura pero con un huequito para los perdidos, que también hallarán un sitio en las acogedoras entrañas del local, en la calle de Almadén, 12, muy cerca del Paseo del Prado.

 

Simultáneos

Simultáneos

Se espesan los recuerdos con el olor a madera y el paisaje corriendo a mi lado como para despedirse. Estoy en un tren, lado ventana, y él corre, continuamente, para que no se acabe nunca este momento de mirarnos, para que cada zancada dé consistencia a lo vivido, lo impermeabilice contra la lluvia de los días. Lo que fuimos es también lo que hoy somos, seguimos siendo, seremos. Coexistiendo de forma simultánea el niño de pómulos ardiendo y estas manos cada vez con las venas más marcadas. Y con nosotros, padres y hermanos e hijos, simultáneos también, como los conocimos, como los conocemos, intacto el amor de cada etapa, la alegría, tú volando sobre una silla mientras unos brazos más fuertes que la nada te lanzan arriba y abajo. Pero no sólo es el olor, no sólo el paisaje, son las luces amarillas, el mármol gastado de la cocina de siempre, el ruido de cualquier tortilla antes de serlo: todos naves que nos transportan de uno a otro tiempo. Aferrados a la esperanza de que el reloj de arena tiene fondo y podremos darle la vuelta en cualquier momento.

Soluciones de emergencia

Soluciones de emergencia

Es un gusto salir leído de casa. Cuando no hay tiempo, la poesía es una solución de emergencia -y cuando lo hay a menudo también-: hallazgos en cápsulas minúsculas de rápido consumo cuya esencia se va descomprimiendo lentamente en el cuerpo hasta llenarlo. Abres un libro al azar, por ejemplo Hilos, de Chantal Maillard, por una página al azar, por ejemplo la 55, y te encuentras al azar con El pez, un texto para respirar. Lo lees en voz alta mientras tu hijo se acaba los cereales, declamando y parando cada dos versos para explicar qué es “Sólo un poco” o qué es “el fondo” o para responder a la pregunta “Poesía, ¿qué es?”. Y aunque tras el último verso tengas que despedirte y coger la bolsa de basura para deshacerte de ella antes de dirigirte al trabajo, el mundo es mucho más noble y tus pasos transcurren a unos palmos del suelo.

Nota en la mesilla

Nota en la mesilla

Abandonas San Francisco en un día de sol y algo en el centro del laberinto intestinal te pide a gritos que no lo hagas. No puedes irte así, sin más, sin habértela hecho completamente tuya, sin poder enumerar al dictado de la piel cuáles son los mejores lugares de la ciudad para confesarse o escribir, sin poder dibujar de memoria la bahía tal y como se te aparece subido en una bici camino al Golden Gate, sin haber vivido qué se siente al despertarse un sábado y decir ¿a dónde vamos hoy? Y saber exactamente adónde ir, como uno sabe exactamente dónde acariciar un cuerpo amado.

Y aún así la abandonas, porque sabes que a los cuerpos se les ama con un tiempo que no entiende de fechas de regreso. La abandonas dejando una nota en la mesilla, cálida como ese último día.

De árboles y viajes

Hay un árbol, un solo árbol en todo el camino al trabajo que mantiene sus hojas intactas. El resto han sucumbido al otoño, desnudándose para dejar más espacio a la luz. Cuando levantas la vista en una mañana de invierno, justo cuando el mundo se está despertando, el cielo domina el paisaje y los árboles se limitan a trazar finas líneas, muy finas sobre sus rojos emergentes. Es de una belleza admirable, lo sé y la admiro. Sin embargo, cuando llego a ese árbol el espíritu del verano me posee y trae a mi mente un recuerdo de viaje, cada día uno diferente, que me traslada de las copas de los árboles de Monteverde, en Costa Rica, a un barco camino al parque nacional de Tanjung Puting atraídos por la llamada de los orangutanes, en Indonesia, y de allí al desierto de Atacama, al Huayna Picchu, al Borneo malayo, a la estepa de Mongolia, a las calles de Buenos Aires o Nueva York, a la orilla del Baikal… Y no me queda más remedio que extrañarlo.

Se dice que en algo hay que creer

Se dice que en algo hay que creer

Cuesta dormirse cuando uno se despierta a las 5 de la mañana porque necesita ir al baño. El cuerpo lleva rato queriendo levantarse y la mente, perezosa pero presionada por el cuerpo, empieza a mostrar sueños extraños, a menudo desagradables, que uno recuerda con facilidad y fastidio.

Entre las técnicas para conciliar de nuevo el sueño están contar las estrellas de la bandera europea una y otra vez, aprovechando que es redonda y no se acaba nunca, o repetir un Padre Nuestro detrás de otro -porque nunca supiste que el Rosario era un Ave María detrás de otro y que, por lo tanto, sabías rezar el Rosario, que dura muchísimo más-.

Puede pasar, sin embargo, que el Padre Nuestro ya no te sirva como oración y entonces decidas que lo mejor es hacer una adaptación a aquello en lo que crees ahora, algo a lo que podrías invocar sin faltar a la verdad de lo que puede ser objeto de tu fe. Y aquí es cuando podrías tirarte horas despierto haciendo borradores mentales, pero te duermes.

Cuando suena el despertador recuerdas vagamente todo esto y piensas que no estaría mal añadir al capítulo de información personal en facebook: «Tu credo». Creo en los Reyes Mayos, que los buenos somos mayoría, en los castillos en el aire, en las fechas límite, en la poesía como hecho comprobable, en las equivalencias cotidianas, en los tendederos como reflejos del alma, en dedicar una hora a fabricar un credo con el que poder volver a dormir tranquilo.

Flores imitando a flores en Pekín

Otros usos del perfume

Hace tiempo que dejé de usar perfume como hábito. La propia piel suele ser a diario más que suficiente. Sin embargo, alguien que no lo sabe, me regaló una botella en mayo. De vez en cuando, me pongo unas gotas, y en ese uso esporádico lo he redescubierto ya no como una prenda más, una joya para los días especiales o una seña de identidad olfativa, sino como un detonante para la toma de conciencia. De pronto te hueles y recuerdas que estás ahí.