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Realidad Posts

¿Le conozco?

Conozco a un hombre alegre que no conozco. Cuando estoy de suerte me lo encuentro en la mejor chocolatería del mundo, detrás de la barra, en la cocina, entre las mesas. Tiene la energía de una explosión artística. Explosión matizada, conducida, estética. Es muy delgado, de ojos azules y edad indefinida en la horquilla de las canas. Canturrea, declama, saluda con teatralidad a los habituales, sonríe, les da calor, miente piadosamente.

Le conozco pero no le conozco.

El otro día me crucé de pronto con su cara en medio de la calle y, sin haberle ubicado todavía, me sorprendí sonriéndole con una alegría sincera y espontánea, a la que él respondió como un espejo.

Sólo unos pasos después supe quién era.

El bar del «Yo»

Estoy sentada en un bar que aún no se ha vestido de moderno, es más, si tuviera un equivalente humano podríamos afirmar que va en chándal (aunque de eso sabe más Senil Dion). Tiene máquinas tragaperras y de tabaco, y huele ligeramente a frito. No en vano puedes comerte platos como éste hasta las dos de la mañana.

Sin embargo, nada de esto sería relevante si no fuera porque, en la entrada, cada día alguien escribe una frase que luego comentan los clientes. Había pasado por delante muchas veces y, siempre, antes de llegar a la puerta, me invadía la curiosidad de saber qué habría escrito hoy ese que firma como “Yo”.

En una de las paredes del bar uno puede saber más sobre él, el que escribe desde que abrió el bar. Al que le han dedicado dibujos, fragmentos de periódico y hasta una entrevista, en la que afirma que esa frase diaria, escrita en una pizarra patrocinada, le “permite comunicarse con el barrio, recuperar los pequeños refugios donde se está bien”.

Ésa es su aportación al mundo desde su parcela habitada, un acto para romper el silencio que nos separa.

P.D.: Escribo esto y voy a pagar: no cobran con tarjeta, pero te fían hasta el cajero. Me gusta. Si aquí lo que se establece es un diálogo entre tú y el “yo”, ¿por qué meter a un banco en medio, si no es para sentarse a hablar largo y tendido?

Este post va dedicado:

A Isa, por animarme a escribir con su generosidad, y por las buenas noticias.

Tienes más claro que al irte quién eres pero no recuerdas qué hacías

Vuelves a tu vida como expectador. Apenas recuerdas el camino al trabajo. Te equivocas de calle. Olvidas que existen los semáforos. Que normalmente bajas sin pedalear y con sueño. Hoy no. Son las ocho y llevas desde las cinco muy despierto gracias al jet lag.

Estás contento sin una razón aparente. Parece que dé igual cualquier cosa que estuvieras haciendo. Lo llevas dentro y alrededor. Es un halo de tranquilidad alegre que sabes que suele caducar. Pero ¿en qué momento? ¿Por qué se pudre con el paso de los días?

Llegas al que era tu trabajo. Allí tienes un hueco, en el espacio cubista, reluciente y sin ventana. Eres el primero, el aire acondicionado te acompaña como ruido de fondo. En la mesa, un post-it de bienvenida y alguien que ha colgado una postal: los fiordos noruegos. Enciendes el ordenador, hace un mes que no lo tocas. Y extrañanente recuerdas la contraseña: cantimplora.

Lo primero que haces es escribir este texto. Es el primero de una serie en la que observarte de cerca, como expectador, para ver por qué agujeros se desinfla la burbuja que ahora te cubre. Para ir poniendo parches contra la infelicidad cotidiana que ahora te es extraña. La que frunce el ceño incontrolado de los otros, los que volvieron a la vida pero no lo recuerdan.

El pueblo que no salía en los mapas

Acabo de llegar de una de esas aldeas que Google puso en el mapa. Hasta entonces, nadie había necesitado saber cómo llegar a ella, ni siquiera se podía comentar: «qué nombre tan raro, el de este pueblo» mientras se buscaba una carretera secundaria. No estaba.

El porqué ir a ese lugar invisible sólo lo sabíamos los de siempre, descendientes de los mismos que trajeron hasta allí la carretera, con sus manos de dedos cortos y robustos, desde el último pueblo del mapa, el que sí salía porque tenía un santuario.

Allí estaba la libertad, el no miedo, jugar en la calle hasta que volvían las ovejas, muy muy tarde. Las montañas envolviéndonos por todas partes, los cielos claros, el calor seco. La familia, la sensación de pertenencia, de raíz, de abuelas enseñando lo básico para vivir: a jugar a la brisca, rezar, arrancar las malas hierbas, hacerse respetar.

Allí los renacuajos recolectados en latas mientras se llenaban los botijos con el agua de la fuente, las coladas colectivas de sábanas gigantes en un lavadero rodeado de niños y castaños en los que esconderse. Allí los desayunos con cola-cao y galletas, las tostas con aceite, otra vez de la abuela.

Y resulta que ahora la aldea sale en el mapa, en el de Google. Y es el pueblo con más webs por habitante, con más followers por emigrante. Y resulta que ahora la abuela ya no está, al menos donde siempre. Y nos toca imaginarnos su presencia, como imaginábamos en el mapa la de aquel pueblo que sólo nosotros conocíamos.

Una de las preguntas que hizo el último verano que la vimos fue cómo se "metían" las fotos en el ordenador. Nacida en otra época, probablemente la abuela nos hubiera enseñado el nombre de los huertos vistos desde el satélite, y a saber reconocer a un hombre bueno, revisando la identidad digital del abuelo, pero al cinquillo siempre habríamos jugado con las mismas pesetas.

 

Se intuye el fin del mundo en Barcelona…

 

Por eso

Nunca, desde donde yo recuerdo, me ha gustado la noche. Creo que por eso me aprendí las oraciones que hipnotizaban a mi abuela antes dormir. Por eso soy capaz de dormirme con el sólo roce de la cama perdiendo la conciencia antes de tomarla, la de lo oscuro o la del silencio.

Es el silencio lo que me aterra. El que permite a los miedos crecerse hasta vencer a las fuerzas del día.

Por eso, también, me gusta escribir a esta hora, casi hipnótica, casi inconsciente, haciendo oídos sordos a la ausencia de alientos sonoros.

Panquerta

Si no quieres borrarte las costuras, abandono a la impostura.

Mi hermana

Escribe Elvira Lindo sobre los hermanos en su artículo del Domingo. Hoy es el cumpleaños de la mía. Nos llevamos 7 años. A partir de mi nacimiento empiezan sus recuerdos: ¿trauma? Es posible. Pero a pesar de ser, como buena hermana pequeña, un grano en el culo de su existencia, hizo esfuerzos titánicos por quererme.

Me cuidaba hasta extremos que no le correspondían. A cambio: «¡que no me mandes, que tú no eres la «Mama»!». Compartíamos meriendas delante de la tele, dejando los deberes para el final de la tarde. Vimos todos los casos de la señora Fletcher. Nos dormíamos con la puerta cerrada antes de que llegaran mis padres. Otras sólo me dormía yo y ella me ponía el pijama. Le gustaba hacerme trenzas africanas y me lavaba el pelo con demasiada energía para mi gusto quejica.

Me explicaba cosas que yo no debía contar y me gustaba saber. Yo le confesaba otras, ridículas todas ellas con el paso del tiempo, decepcionantes algunas. Excepto en cuestión de vestuario, nunca cuestionó mis decisiones, es más, intentó entenderlas. Ha sido protagonista de actos heroicos que seguro me salvaron -lo eran llevarme con ella al pueblo o apuntarme al esplai en el que fue monitora, siempre con el compromiso de velar por mi integridad-.

Con ella aprendí a multiplicar con el sistema de la suma múltiple (la misma que usa hoy su hijo) y «búscalo en el diccionario, que si no nunca te acostumbrarás». Nos pusimos de acuerdo para pedir juegos de mesa para Reyes. Y, desde la diferencia, siempre intentamos protegernos, cada una de los monstruos con los que lidia mejor.

Ella siempre expresó mejor sus sentimientos -la miraba de reojo cuando lloraba con las películas, no entendía que no le gustara «V»…- Y, con esa habilidad, consiguió extirparme algún que otro quiste emocional. A veces siento no estar a la altura de su sensibilidad, y, de algún modo, me abruma, pero, por suerte, no espera más inteligencia emocional que la que hay.

Fue la primera en leer mis textos y halagarlos, para felicidad absoluta de una. La que siempre le recordaba a mi padre que aún era una niña, para que no usara vocablos extraños. La primera en tener un hijo y luego una hija, con los que seguir enseñándome.

Es buena, bonita y mucho más austera que la media. Obediente de máis, como buena hermana mayor, y con las cosas mucho más claras que yo. Hoy es su cumpleaños, decía. Son 37, 30 de recuerdos después del trauma. Y quería regalarle un texto, aunque no sea más que una definición en su papel de hermana, explicada por el trauma mismo. Gracias a ella soy, seguro, mejor persona, porque ése es uno de sus poderes: hacer mejores a los cercanos -incluidos todos los niños que han pasado por sus clases-, a fuerza de quererles activamente, por desagradecidos que sean por momentos.

Si tuviera que poner un adjetivo ajustado y peculiar, sólo para ella e independiente de su papel de hermana, diría que Irene es una mujer ABIERTA, como una ventana de buena mañana de verano, como una caracola desde la que se accede a lo profundo, como los brazos en un abrazo acogedor en el que se toma y se da vida sin miedo.

Y 3+7 suman 10.

¿Tienes las 35?

En la radio sonaba la misma voz que dice cómo se han movido sobre el parqué -no se sabe si flotante- los valores del Íbex 35. Esta vez, sin embargo, hablaba de frutas y hortalizas. «Tomate y Pimiento verde han caído un 10% influidos por los Pepinos internacionales. Mientras que Plátano de Canarias ha subido un 5% y acumula un incremento del 30% en el primer trimestre del año», algo así decía. Sonaba ridículo, sí, pero en realidad era mucho más interesante que saber que Gas Postural se ha tirado un pedo de sumo valor para los accionistas, que puede que nos apeste a todos, pero que no veremos nunca (propiedad característica de los gases… flotantes).

«En concreto, los limones encabezaron el ‘ranking’ de productos alimenticios que más bajaron de precio en el sexto mes del año, con un descenso interanual del 12,97%, seguidos de los tomates (-12%) y las naranjas (-8,95%).

Otros alimentos frescos que experimentaron descensos significativos fueron la pescadilla, cuyos precios se abarataron un 8,50%, y la anchoa o boquerón, con descensos del 8,30%». Lo podéis leer, entre otros, en el Faro de Vigo.

El mundo

Desaparece el mundo los domingos, pero nadie lo nota. Porque todos han olvidado que existe. Todos a excepción de un niño empeñado en aprender la diferencia entre país y continente. Le daremos una pista: todos los equipos del mundial eran países. Siguiente pregunta: ¿Osasuna es un país?