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Realidad Posts

«No, no somos máquinas, Sres.», podrían afirmar ellos ante cualquier atisbo de duda

A veces va a comer a un restaurante ecológico y barato con dos camareros fundamentalmente imperfectos. No son rápidos, no son eficientes, no es raro que se olviden de lo que ha pedido o incluso de que está ahí. A cambio, caminan tranquilos por el restaurante, sonríen sin forzar la mandíbula y dan bienvenidas no mecanizadas, no verbalizadas, sinceras de cuerpo, como si el individuo llegara a comer a su casa, una casa en la que no pasa nada si llegas tarde o estropeas la vajilla. En definitiva, cada día llevan a mucha honra el ser humanos y dejarle, al individuo/consumidor/usuario, ser humano también, imperfectos entrañables a los que no exigir más que lo que son. En definitiva, los admiro por seguir con sencillez este precepto: «actúa de manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida genuinamente humana sobre la Tierra».

Estar sin más

Escribir o morir en el intento de vivir sin letra, sin descanso para la multifunción, ese gran mal de nuestro tiempo. Porque es difícil estar sin más. Sin desdoblarse como lo hacía el alma del gato de Tom y Jerry alguna vez, que se iba del cuerpo y lo miraba desde fuera. A nosotros se nos va la cabeza lejos, pero ni siquiera se digna a constatar nuestra presencia. La cabeza no está, y nosotros, ¿quién sabe? Es difícil estar sin más y todo entero. En cambio, cuando escribes está todo, tiene que estarlo, la cabeza, los ojos y las manos por lo menos, y, si me apuras, toda la víscera, así que sólo quedarían por ahí sueltas las piernas, a no ser que apoyes el ordenador en ellas. Si lo haces, quedas recogido como un ovillo, como el feto que un día fuiste, estando sin más, dentro de una barriga.

Matiz

¿Alguna vez has encerrado a una mosca en un frasco para observar después cómo se mueve, nerviosa, sin dirección, desorientada? Algunos, que hacen del poder ostentación, son grandes aficionados a esta práctica. Pero estos días la mosca se ha escapado. Está revoloteando por todo el salón, hace un ruido molesto. Quieren atraparla, volver a encerrarla, insonorizarla, pero cada vez hay más moscas, cada vez más sabias, de más colores, de más edades, recuperando a través de lo que las une la sonoridad de palabras que parecían huecas: fraternidad, humanidad, solidaridad, dignidad, responsabilidad individual.

Ayer, después de las porras en la Plaça Catalunya, en la Plaza del Pilar de Zaragoza personas brillantes desde los 16 hasta los 62, con americana, rastas, sin ambas, con la cabeza bien amueblada, con la capacidad de emitir un discurso coherente sin papeles delante de miles de personas, expusieron sus razones para la indignación, para la exigencia de un mundo donde la ética no sea una optativa.

Va a resultar que no eran moscas. Va a resultar que no les gusta la mierda. Éste el mensaje señores del frasco.

Y si estamos todos los que somos suena mejor y más fuerte.

GRACIAS, las que vosotros tenéis

Nacemos arraigados, agarrados por un cordón que impide que salgamos volando como un globo de helio. Cuando se han asegurado de que nos tienen bien cogidos, rompen el cordón y, como indicio de las contradicciones que se darán a lo largo de la vida, no sólo no salimos volando sino que no podemos ni aguantarnos la cabeza.

Poco a poco los estímulos consiguen que dejemos de ser un peso inerte y empecemos a crecer por fin hacia la luz. Entonces nos salen ramas como brazos que no paran de moverse, agitadas por las prisas por saber, y en cada rama aparecen hojas que nos hacen más habitables, menos ásperos y marrones, menos solos, más brillantes.

Cada hoja es el resultado de haber encontrado un Aliciente Para Crecer (a partir de ahora: APC). Los APCs, también conocidos como Amigos, Parientes y Compañeros (fundamentalmente de vida) te devuelven al sueño primigenio: aquel en el que te veías capaz de volar, justo antes de que te bloquearan con una sábana limpia.

Te miras las ramas y ahí está la huella de los APCs que se cruzaron en tu camino. Hay hojas tan bonitas que casi podrían ser plumas. Algunos magos pueden hacer que de la polisemia de estas dos palabras aparezca un libro, hecho de hojas y plumas y lleno de APCs. Amigos, parientes y compañeros (fundamentalmente de vida) que te han ayudado a crecer en un mundo infinitamente más habitable, menos áspero y marrón, menos solo y mucho más brillante.

Todavía no he sido capaz de digerir las cosas tan bonitas que habéis dicho y hecho para crear el libro, pero lo rumio y rumio como buena ternera gallega y me invade el mejor sabor de boca que he probado en mucho tiempo, un sabor que recuerda mucho al sueño primigenio de volar.

Gracias de cuerpo entero a todos y al Mago RyM, por ser los mejores alicientes para crecer, en el sentido más bonito de la palabra.

La tos del revés

«Sin embargo, en el juego de la banalidad, escribir es una ocupación alegre, suave y gratificante, como una antigua merienda en la playa de los Astilleros junto a la gratuita y descuidada belleza del mar». Lo dice Vicente Verdú en No ficción. Dice muchas más cosas muy bien dichas pero ésta venía a cuento (uno para cada día).

Mientras escribo esto me acompaña una tos repetitiva en la habitación. De pronto algo cambia, me giro y Iphone en mano la tos me dice: escucha, ésta es mi tos al revés.

Deixade enfriar o bolo…

Saia, coiro, ti. Hay palabras que huelen a pan caliente y hecho a mano. A libertad verde. A sandalias de correr por terreno irregular. A morado mora robada estampado en la totalidad de la ropa. A higuera de nadie. A ruido de mosca o abeja. A lavadero público rodeado de castaños, con sábanas blancas flotando entre olas de espuma. A árbol hueco y habitable. A ruido de pisadas en aceleración de bajada, con toda la planta, sin cámara de aire, sintiendo que las piernas se desbocan y los brazos y la risa es cada vez más fuerte, ahogando cualquier resquicio de aire para los malos espíritus. Saia, coiro, ti. Falda, piel animal, tú.

Me las ha traído Manuel Rivas con A desaparición da neve, publicado en Alfaguara, un libro de poemas traducido a catalán, castellano y euskera, en las que reencontrar, en caso de haberlas, las palabras del verano, las que sólo se oían en casa o las que se aprendían de las abuelas.

[Sobre el título:
Cada vez que alguien cocía en el horno de la aldea, era tradición que llevase un chusco de pan recién hecho a las casas en las que había niños. Era imposible no comérselo al momento aún a riesgo de que, como amenazaban los adultos, después te doliera la barriga. De hecho, nunca sucedió, ni lo uno ni lo otro.]

En el día de San Karol Wojtyla…

– ¡Mira, Madrina!, dijo el niño de 6 años. A continuación juntó los cinco dedos de la mano como lo hacen los italianos para decir «¡Mamma mia!» y los fue llevando de la frente al pecho, de izquierda a derecha y beso -en este caso como lo hacen los que quieren decir que algo está delicioso-.
– ¡¿Dónde has aprendido a santiguarte?!, dijo la Madrina sin poderes.
– ¡Lo hace Messi!
– ¿?
– E Iniesta. Y también se chupa el dedo cuando mete gol.
– ¡Ah, sí! Porque tiene un hijo, ¿no?
– Creo que es una hija…

Tiramisú en fiambrera

Hay una versión del Submarino amarillo de los Beatles que no había oído nunca hasta ahora. La cantan los hijos de la señora del tiramisú vendido en fiambrera y las pizzas vendidas en cajas con dibujos del Etna, máscaras venecianas, barquitos y el lema «Gusto, cultura y tradición…» para definir al capricho italiano que tan bien va para los días en los que no apetece cocinar.

Se sientan en el suelo de piernas cruzadas, preparan las palmas para marcar el ritmo como si fueran a cantar «En la calle 24» y empiezan: «Amarillo se puso mi papá cuando le enseñé las notas de este mes. Me castigó y me tiró por el balcón, suerte que había un colchón y esa fue mi salvación».

La cantan una y otra vez en castellano en los intervalos de tiempo en los que no se están fastidiando el uno al otro en italiano, o gritando sin más. A cada grito su madre responde alternativamente con un «¡Luigi!» o un «¡Julia!», dependiendo de quién haya gritado más e intentando siempre mantener la ecuanimidad que demuestra que las madres no quieren más a un hijo que a otro.

[Feliz regreso]

Ráfagas de wifi en Cantabria

Del Cabo de Ajo a Santoña

y otra ráfaga de poesía apaisada del Cabo de Ajo a Seña

Lo de tu abuelo

Hay cosas sobre las que no es posible escribir sin que el resultado sea injusto. Por inexacto, por insuficiente. Intentaba explicar la marcha precipitada de un hombre de 73 años. Diagnosticado de cáncer de páncreas. Agotado en menos de seis meses por la enfermedad de ojos amarillos. Privado de fuerza, alegría, lucidez. Ante la estupefacción desesperada de los otros.

Se fue sin que nadie estuviera preparado. De noche. Alargando el sueño. Tan rápido, que ni siquiera pude despedirme. Ni siquiera sabía lo que conllevaba la muerte. Ni siquiera conocía el ritual de despedida. No me supe despedir. Durante mucho tiempo soñé con él. En realidad no había muerto, todo había sido un malentendido. Podía ir a verle y despedirme.  Había varias versiones del sueño, pero hubo uno que fue el último. Lo único que recuerdo es que me perdonaba. Por impuntual, por ignorante, por no haber llorado a su debido tiempo. Ya no hubo más, no fue necesario.

Ahora quedan varias cosas de él: sus descendientes, dos casas empezadas, la imagen de sus lágrimas cuando acababa el verano y nos íbamos, el recuerdo del columpio en el árbol que siempre se torcía porque era hecho en casa. Y también rasgos de carácter que uno intenta imitar como testimonio (certificando su existencia): la voluntad de entusiasmo, la complicidad por defecto, la capacidad de arrancar historias de pueblo a la ciudad hermética… Ahora que ha pasado el tiempo me gusta hablar de él. Y quería escribir sobre él. Sobre el dolor de los otros que no eran yo y sí que sabían lo que conllevaba la muerte. Pero no ha sido posible sin que el resultado sea injusto. Por inexacto, por insuficiente.