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Lluvia

Frío húmedo licuado en gotas que rompen el silencio, un silencio nuestro y visceral como la misma lluvia. Sostenidos cada uno en un soporte, en una esfera casi perfecta como estas gotas, que no vemos porque no estamos mirando, pero que oímos porque no podemos no escuchar. Atención impuesta. Suspiro que nos recuerda la existencia. Volver a mirarnos para estar.

Las sillas

Voy a escribir, todavía no lo he hecho hoy. Últimamente estoy siendo fiel al hábito de escribir 3 páginas nada más levantarme, aunque no siempre publique lo que escribo. Escribirás todos los días, publicarás algunos -es la coletilla que le falta al dominio de este blog-. Por eso anoto, en la libreta de la que ahora rescato estos apuntes, que no he escrito todavía, cuando son las 9.45h. y estamos en el metro (A. y yo).

 

Vamos de camino a una tienda de muebles, unos barrios más allá, para contribuir a la elección de unas sillas que sustituyen a las que durante tanto tiempo han sostenido nuestra existencia sentados alrededor de la mesa insustituible. ¿Cuántas sillas compra uno en toda su vida? Yo sólo recuerdo otras anteriores a las actuales, que son verdes con madera color nogal. Aquellas, las de la primera infancia eran blancas, de un blanco roto, como los vestidos de novia o las páginas de algunos libros, de sky y madera oscura que no sé identificar, lo que Ikea llamaría ahora con una carencia insultante de poesía “negro-marrón”. Las recuerdo porque duraron muchos años y, aun cuando las retiraron, quedó algún ejemplar pululando por casa, con algún pequeño defecto que se fue acentuando hasta justificar su desaparición. Así funciona la vida de las sillas, como la nuestra.

 

Estas son las terceras sillas de mi vida como hija. Di que en esta casa se apura la vida de las cosas, puedes decirlo porque es cierto. Hasta que no ha corrido peligro la vida de los que se sentaban en ellas, las sillas no tenían de qué preocuparse. Otra paradoja es que las sillas se compran habitualmente de 4 en 4, como algunos yogures. También independientemente de que en casa sólo vivan dos. Luego cuatro, según la media de hijos por familia. Nuevamente dos cuando los hijos se van. Tres si se añade durante un tiempo un cuidador. Uno, si falta el segundo y ya no es necesario el cuidador…

 

Pero ahí siguen las cuatro sillas, esperándonos, esperando un trasero que las habite, que les dé calor. Mientras eso no sucede, observas su vacío y recuerdas a los que estuvieron antes, hasta que tus nietos vuelven a llenar de ruido la estancia y de vida y de recuerdos a las recién llegadas. Tal vez son las últimas sillas de esta casa, tal vez no, ahora los productos no duran tanto, y nosotros los apuramos menos y esta casa seguirá su ciclo. Lo importante será haberlas gastado, hacerlas tambalear a carcajadas, jugar con ellas al juego de las sillas. Hacer largas sobremesas. Hacernos compañía. Que aguanten el peso no de uno sino de uno subido encima de otro y, si me apuras, de otro más. Que sientan el frío lo menos posible, que nos alegren la vista. Que nos sintamos acogidos en ellas. Con esta predisposición vamos a escoger unas sillas, la tercera generación de sillas de esta familia, la de los nietos, y ahí estamos.

Ligereza

Llega la noche y, con ella, las ganas de escribir entre tu respiración y el sonido de un ventilador que nos alivia. Todo adquiere una ligereza propicia al picoteo de un teclado portátil, ligero también, que me permite escribir desde el mismo lugar en el que cogemos el sueño, los sueños o los inventos para rebajar la tensión de las mandíbulas.

Hacía tiempo que no escribía de noche, haciendo caso omiso a las listas de temas sobre los que escribir, sólo dejando que las palabras vengan y se vayan en función de lo que deban revelarnos. Hoy, el placer de un instante de silencio no absoluto. Lo absoluto asusta demasiado como para que salgan las palabras.

En el km 84

Ráfagas de tristeza en el kilómetro 84.
Un perro no soporta no lanzarse al canal de agua,
gente que camina deprisa,
corre o vuela en fosforito sobre una bicicleta.

Tú duermes a mi lado con bossa nova de fondo
y sonido de mil pájaros en ebullición.
La poesía se despierta y nos convoca:
¿qué hay de vuestra música?

Releemos y nada tiene demasiado sentido
hasta que después de un tango
suena de nuevo Gilberto y un bicho diminuto
casi transparente, casi duende, casi mágico,
empieza a caminar por encima de la pantalla.

Acaba su canción antes que este escrito
pero, antes también, empieza otra
y así es como nos reponemos,
en el kilómetro 84,
mientras los patos avanzan por el canal de agua
y humanos fosforitos caminan deprisa
reteniendo el impulso de los perros.

La página en blanco

Soy la página en blanco. Ya no. Las primeras letras arrancadas a la inercia tiñen mi vacío.

 

Prefiero cuando no piensas, cuando te derramas en mí en el silencio de la mente cotorra, oyéndola -en todo caso- de fondo. Cuando no dejas que te frene con todas las imágenes que evoca, interrogantes, reproches incluso. Cuando te viertes desnudo de miedos, inocente. Confiando en lo que vendrá, sin ni siquiera ser consciente de ello.

 

Corriendo como loco para sentir el viento entre renglones, enajenado por un impulso que te es propio y no a la vez. Corriendo en busca de verdades, empujada por algo que va más allá de ti, o de la cotorra, al menos. Volviendo, cuando ella te frena, a centrarte en el blanco, entrecerrando los ojos para volver a entrar en ese estado de inconsciencia o fe, tal vez, en que lo que saldrá al llenarme será bueno, por necesario, más allá de cualquier otro juicio.

 

¿Cuánto es una página en blanco? Cuanto necesites vaciar en mí. Infinito fondo, olvidado a veces, ésa soy.

Narcolepsia

I

Volvieron los días de quedarnos dormidos
ipso facto
en cualquier posición, lugar o momento,
como si la desconexión no pudiera esperar más
y la noche se abalanzara sobre nosotros
con la inercia del sueño de todos los hombres.

 

II

Congelados, muy quietos,
el alma en otra parte,
creando nuevos mundos,
conquistándolos tal vez,
sintiéndose perdida,
lo más probable.

 

III

En ese instante
otro decide retratarnos
y devolvernos, al despertar,
lo nunca visto:
dónde estábamos
mientras no estuvimos.

 

IV

La imagen de un cuerpo desgarbado, vacío,
como una marioneta sin mano dentro,
cómico por lo imprevisto del asunto,
tan distinta a la de un niño durmiente.

Chiss (onomatopeya de gota de agua cayendo sobre plancha)

Tengo una cicatriz de la que sale humo cuando llueve. Será porque aún me quema.

Sueños en espera

Como en antiguas páginas, escritas a la luz de un sueño que empieza. Agolpándose en la punta de la cama, todos los que no entrarán, jamás, en su mente. Permanezca en espera.

 

Imagen

El instinto de supervivencia nos empuja hacia la superficie. En los momentos en los que la ansiedad llega a límites irrespirables, esa imagen acude como un balón de oxígeno que nos permite dejar de patalear, como un flotador en un mar demasiado abismal.

Fofisanos o ¿por qué necesitamos las palabras? 

Nunca me he caracterizado por ser una cazadora de tendencias, eso explicaría que hasta hace cuatro días no hubiera oído hablar del concepto “fofisano” y que hasta hace tres no profundizara en su significado a la vez que agradecía a Jaime Rubio cada carcajada arrancada con su aproximación al tema en Verne. Creo que la más explosiva vino después de leer la palabra “lorzalamero”, de hecho, cada vez que la releo se producen réplicas de aquella carcajada primigenia.

El caso es que estábamos buscando un término para definir lo que es el cuerpo de la mayoría de mortales: ni una escultura griega ni un embarazo permanente, aunque haberlos haylos. Necesitábamos encontrar esa palabra que rescatara de lo anodino a una tipología de cuerpo que se repite ejemplar humano tras ejemplar humano, una vez traspasada la barrera de la juventud más tierna. Esa palabra que te concede el permiso para abandonar el limbo de la indefinición y existir al fin.

El ejemplo más paradigmático de nuestra necesidad de palabras es lo poco que tardamos en nombrar a los que aún no han podido ni nacer, antes de que lo hagan ya necesitamos tener la palabra preparada, la palabra que les entregaremos para que puedan ir por el mundo con algo entre las manos, algo que les dé una primera respuesta a esa pregunta: ¿qué soy? No temas, eres Max, o María, o Léah, o Biel o Leo.

Pero esa respuesta no sirve para toda la vida. Es más, poco a poco, te va sirviendo únicamente para los primeros 45 segundos de conversación: Soy Max. Yo María. Una lástima, verdaderamente. Al principio es todo lo que se espera de ti, pero a medida que avanza tu vida, necesitas hacerte con otras palabras que te reivindiquen, que te ubiquen, que no te produzcan rechazo, a las que puedas incluso amar por amoldarse tan bien a lo que realmente eres o quieres ser -porque a veces viene primero la palabra, pero una cosa lleva a la otra-.

¿Qué pasa cuando tu piel ha dejado de ser tersa como la cama elástica de las ferias y tus abdominales ya no tienen de forma natural la tableta del chocolate con pan que merendabas? ¿Qué hacer si no hay una palabra en el mundo que te diga que es una fase tan natural como aquella en la que te creció vello en lo más bello? ¿Qué pasa cuando sólo hay palabras para lo que ya has dejado de ser o tal vez nunca fuiste? Inevitablemente, alguien debe inventárselas y ahí es donde surge el dad bod o incluso el cuerpo de madre que se muestra en las fotografías sin retoques de A beautiful project (www.abeutifulproject.com).

En definitiva, dar visibilidad a nuestras diferentes realidades, sean lorzas o hiperpigmentaciones, talentos o añoranzas, nos ayuda a aceptarlas, a relajar la presión sobre la pregunta ¿qué somos? Siempre será mejor regalarse una palabra, aunque sea inventada, que expulsarnos del escenario por no encontrarla.