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Elijan las palabras

¿Qué probabilidades hay de que la tostadora escupa tu pan hasta el suelo a la vez que el microondas anuncia que ha acabado de calentar la leche? Así, a ojo de mente de letras, diría que las mismas de que cuando pidas un café pequeño en una cafetería en la que tengan varios tamaños de café -es decir, en una cafetería de una cadena de cafeterías-, el concepto de pequeño coincida con tu concepto de pequeño.

Eso sí, dentro de la no coincidencia hay dos modelos de los que pueden inferirse dos filosofías diferentes:

Cafetería A:

– Buenos días, un mocca pequeño por favor.

– ¿Pero pequeño o éste? -dice el camarero enseñando dos recipientes de tamaño distinto-. De esos dos, el que responde al nombre de “éste” es el más pequeño y el que alguien decidió llamar “pequeño” en la carta de bebidas que cuelga de la pared es el más grande de los dos.

¡Ah!- respondes aturdido- Que hay más pequeño, pues el más pequeño, entonces.

A continuación pagas el precio de 2 cafés standard en cualquier otro bar pero a cambio te dejan pasarte allí horas y horas con una sola consumición.

La cafetería B coincide con la A en este último punto, pero su forma de llamar al café en función de su tamaño es muy diferente. En la cafetería B no existe café pequeño:

-Buenos días, quería un café pequeño, por favor.

-El mediano, ¿no? Responden sonriendo

-No, no, pequeño

-Sí, tranquila es que el pequeño es el que llamamos mediano.

En la cafetería B se empieza a contar desde el +1, en cambio en la cafetería A, desde el -1. En el resto del mundo, partimos de 0. Si hay 3 cafés de distinto tamaño: tomarte cero sería igual a nada; 1, el pequeño; 2, el mediano y 3, el grande.

Pero eso es subestimar el poder del lenguaje. Si en la cafetería A pides el café pequeño, pagarás por un café mediano, a no ser que decidas qué prefieres un café súper pequeño porque ¡no mereces más! ¿De verdad te vas a tomar el súper pequeño?

En cambio, en la cafetería B el café nunca te parecerá caro porque estás pagando el precio de un café pequeño por uno llamado “mediano”. El efecto es exactamente el opuesto. Aquí no hay pequeñez que valga, como mínimo medianez. Pero ¿cómo puede existir el medio sin los extremos? Pues cuestionando el orden establecido, claro que sí.

Y así es como uno espera que le sirvan el café para llevárselo a una mesa de la que no le echarán, a cambio de hacerle reflexionar sobre el poder del lenguaje y la relatividad.

Tampoco es nuevo. En mi familia yo era la alta. Ahora que he cambiado de familia y ha cambiado la media de estaturas digo que soy standard porque en mi media se cuentan a todas las señoras que no llegan a tocar el suelo en el asiento del autobús (¿de verdad no podía haber alguien previsto eso?). Y, si me comparan con las generaciones venideras, no me resignaré a decir que soy el súper pequeño de la cafetería A, como poco el mediano de la B.

Elijan las palabras, señores. Si ellos pueden, nosotros también.

Desde la India tal vez

Hoy he recibido un masaje ayurvédico de unas manos prodigiosas mientras me imaginaba viajando a un país exótico, transportada por el olor del aceite esencial y la música que acompasaba el movimiento. 

Unos dedos ligeros y a la vez seguros le recordaban al cuerpo su existencia e incitaban a amarlo. Por el agujero de la camilla en el que se apoyaba mi cabeza, he visto los pies descalzos, los calcetines negros, de la persona que estaba haciendo posible ese momento, entregando a otro -en este caso yo- algo de sí que sabía hacer bien. 

Era un momento de presencia plena. Presencia en el cuerpo, siendo conscientes a su vez de los pensamientos que aparecían en el recorrido por cada zona. Después de esos momentos de presencia y relajación cuesta adaptarse de nuevo al ruido, uno es mucho más consciente de él y de aquello a lo que no quiere volver. La calma es un buen lugar para ver claro. 

También la escritura me ha llevado muchas veces a los lugares correctos. Ahora estornudo. Vuelvo a la zona de calma después del estornudo.

Cuando escribo en un teclado puedo hacerlo mirando por la ventana. Aprendí mecanografía en una máquina de escribir y con una cinta de cassette. Llegando tarde a casi todas las clases y avanzando la cinta para que me diera tiempo de acabar toda la lección. Era una forma de seguir las clases pero a un ritmo más elevado. Es muy antiguo esto que escribo, pero real. 

Este texto, a diferencia de otros, no me está llevando a ninguna parte, pero es un buen reflejo de cómo funciona la mente, saltando de una imagen a otra, de una idea a otra, luego al cuerpo y su estornudo, a la torsión incómoda de la espalda, luego a la ventana, luego a la pantalla. Ahora a este punto seguido. Ahora a este punto y a parte. 

De fondo oigo las instrucciones de un niño a su abuela. Le habla de una peonza que no se llama así, sino que tiene un nombre comercial mucho más complejo. Ella le habla del nombre comercial de cuando ella era niña y la peonza era de madera. Les llamábamos bailarinas, le dice. Y tú necesitas escribirlo para sublimarlo. Para volver a ellos con la mirada nítida, atenta, agradecida.

Texto en bucle

Calla.

Ahora escucha.

Deja salir el aire.

Deja que entre.

Repite 10 veces.

Olvida el móvil hasta mañana.

Recuerda mirarte los pies en algún momento antes de irte a dormir.

Dales las buenas noches.

Escribe si no lo has hecho.

Quéjate un poco si lo necesitas porque estás cansado, pero luego da las gracias.

Regodéate sintiendo eso último. 

Diles a los dedos de tus pies que les quieres. 

Mira a los ojos del prójimo más próximo y a ti mismo.

Saluda a la luna y recuerda que Tereshkova fue la primera mujer en subir al espacio y que ha sido tu hijo el que te lo ha dicho. 

Perdónate también tus ofensas.

Recuérdate cuando te hacías heridas en las rodillas cada dos por tres.

Y sopla como entonces. 

Atraviesa el cielo con tu mente si no estás en un avión e inventa que está atardeciendo. 

Coge esos colores y pinta. Píntate la cara. O date un baño naranja.

Cierra los ojos (cuando acabes de leer) ¡Oh, no! este paréntesis debería haber ido antes, ahora ya no me lees, estás con los ojos cerrados y este texto entra en bucle: yo callo. Ahora escucho. Dejo salir el aire. Dejo que entre. Repito 10 veces. Olvido el móvil hasta mañana. Buenas noches prójimo de ojos encendidos. Me baño en el naranja. Me perdono. Arranco a correr cuesta abajo. Soplo. Os quiero a los 5, o a los 10. Os quiero a todos. Gracias.

Abrir la puerta espejo

Fe en la palabra como ungüento. Mano que se ofrece en medio de la noche. Venir para que existas.

Las puertas del ser o no ser

Ayer no fui al teatro. A veces las cosas se definen por lo que no son. El camino más rápido para llegar a tiempo a la puerta nos engulló, y lo que a pie son tan solo 10 minutos se convirtieron en 30′ en un taxi. El tiempo se hizo denso como el tráfico y hubo que tomar la decisión de bajarse. Esa decisión a la que no quieres mirar a la cara hasta que es inevitable.

Esto liga con algo que leí ayer mientras no estaba en el teatro: el fragmento de un libro, Muerte y alteridad, que en el fondo hablaba de lo mismo. Al final de la vida hay una puerta a la que a veces no quieres mirar y, sin embargo, hay que abrirla y bajarse.

Explicaba el autor, Byung-Chul Han, que ante esa puerta pueden darse dos escenarios: que el yo “rey” necesite crecer, y expandirse exageradamente, permanecer a toda costa en todas las cosas, o que opte por amar y disolverse en todas las cosas, ser en ellas y atravesar así la puerta con mayor serenidad.

Es sólo un esbozo, sólo un fragmento lo que leí, así que esto no es más que un reflejo de ese destello -lo contrapuesto a una reseña rigurosa- captado al asomarme tras haberme bajado del taxi y abrir la puerta para caminar, pero son dos ideas que debían unirse y se han unido en este texto de una mañana que todavía es un poco noche. 

#holabuenosdias(2)

Aquí podéis leer la sinopsis del libro, por Herder, no la había leído antes de ponerme a escribir pero recoge esa misma idea central. Además de la idea, me ha gustado mucho cómo estaba escrito/traducido (por Alberto Ciria), por si os animáis con el fragmento.

Lunar

Rasguños primigenios

hacia el interior del mundo.

Me asomo para descubrirlo

al agujero negro de tu piel,

lunar -como de luna sin serlo-.

Allí, la palabra inconclusa gestándose,

trémula aún.

En un medio incierto,

acuoso,

blanco de certezas.

Lluvia

Frío húmedo licuado en gotas que rompen el silencio, un silencio nuestro y visceral como la misma lluvia. Sostenidos cada uno en un soporte, en una esfera casi perfecta como estas gotas, que no vemos porque no estamos mirando, pero que oímos porque no podemos no escuchar. Atención impuesta. Suspiro que nos recuerda la existencia. Volver a mirarnos para estar.

Las sillas

Voy a escribir, todavía no lo he hecho hoy. Últimamente estoy siendo fiel al hábito de escribir 3 páginas nada más levantarme, aunque no siempre publique lo que escribo. Escribirás todos los días, publicarás algunos -es la coletilla que le falta al dominio de este blog-. Por eso anoto, en la libreta de la que ahora rescato estos apuntes, que no he escrito todavía, cuando son las 9.45h. y estamos en el metro (A. y yo).

 

Vamos de camino a una tienda de muebles, unos barrios más allá, para contribuir a la elección de unas sillas que sustituyen a las que durante tanto tiempo han sostenido nuestra existencia sentados alrededor de la mesa insustituible. ¿Cuántas sillas compra uno en toda su vida? Yo sólo recuerdo otras anteriores a las actuales, que son verdes con madera color nogal. Aquellas, las de la primera infancia eran blancas, de un blanco roto, como los vestidos de novia o las páginas de algunos libros, de sky y madera oscura que no sé identificar, lo que Ikea llamaría ahora con una carencia insultante de poesía «negro-marrón». Las recuerdo porque duraron muchos años y, aun cuando las retiraron, quedó algún ejemplar pululando por casa, con algún pequeño defecto que se fue acentuando hasta justificar su desaparición. Así funciona la vida de las sillas, como la nuestra.

 

Estas son las terceras sillas de mi vida como hija. Di que en esta casa se apura la vida de las cosas, puedes decirlo porque es cierto. Hasta que no ha corrido peligro la vida de los que se sentaban en ellas, las sillas no tenían de qué preocuparse. Otra paradoja es que las sillas se compran habitualmente de 4 en 4, como algunos yogures. También independientemente de que en casa sólo vivan dos. Luego cuatro, según la media de hijos por familia. Nuevamente dos cuando los hijos se van. Tres si se añade durante un tiempo un cuidador. Uno, si falta el segundo y ya no es necesario el cuidador…

 

Pero ahí siguen las cuatro sillas, esperándonos, esperando un trasero que las habite, que les dé calor. Mientras eso no sucede, observas su vacío y recuerdas a los que estuvieron antes, hasta que tus nietos vuelven a llenar de ruido la estancia y de vida y de recuerdos a las recién llegadas. Tal vez son las últimas sillas de esta casa, tal vez no, ahora los productos no duran tanto, y nosotros los apuramos menos y esta casa seguirá su ciclo. Lo importante será haberlas gastado, hacerlas tambalear a carcajadas, jugar con ellas al juego de las sillas. Hacer largas sobremesas. Hacernos compañía. Que aguanten el peso no de uno sino de uno subido encima de otro y, si me apuras, de otro más. Que sientan el frío lo menos posible, que nos alegren la vista. Que nos sintamos acogidos en ellas. Con esta predisposición vamos a escoger unas sillas, la tercera generación de sillas de esta familia, la de los nietos, y ahí estamos.

Ligereza

Llega la noche y, con ella, las ganas de escribir entre tu respiración y el sonido de un ventilador que nos alivia. Todo adquiere una ligereza propicia al picoteo de un teclado portátil, ligero también, que me permite escribir desde el mismo lugar en el que cogemos el sueño, los sueños o los inventos para rebajar la tensión de las mandíbulas.

Hacía tiempo que no escribía de noche, haciendo caso omiso a las listas de temas sobre los que escribir, sólo dejando que las palabras vengan y se vayan en función de lo que deban revelarnos. Hoy, el placer de un instante de silencio no absoluto. Lo absoluto asusta demasiado como para que salgan las palabras.

En el km 84

Ráfagas de tristeza en el kilómetro 84.
Un perro no soporta no lanzarse al canal de agua,
gente que camina deprisa,
corre o vuela en fosforito sobre una bicicleta.

Tú duermes a mi lado con bossa nova de fondo
y sonido de mil pájaros en ebullición.
La poesía se despierta y nos convoca:
¿qué hay de vuestra música?

Releemos y nada tiene demasiado sentido
hasta que después de un tango
suena de nuevo Gilberto y un bicho diminuto
casi transparente, casi duende, casi mágico,
empieza a caminar por encima de la pantalla.

Acaba su canción antes que este escrito
pero, antes también, empieza otra
y así es como nos reponemos,
en el kilómetro 84,
mientras los patos avanzan por el canal de agua
y humanos fosforitos caminan deprisa
reteniendo el impulso de los perros.