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Las puertas del ser o no ser

Ayer no fui al teatro. A veces las cosas se definen por lo que no son. El camino más rápido para llegar a tiempo a la puerta nos engulló, y lo que a pie son tan solo 10 minutos se convirtieron en 30′ en un taxi. El tiempo se hizo denso como el tráfico y hubo que tomar la decisión de bajarse. Esa decisión a la que no quieres mirar a la cara hasta que es inevitable.

Esto liga con algo que leí ayer mientras no estaba en el teatro: el fragmento de un libro, Muerte y alteridad, que en el fondo hablaba de lo mismo. Al final de la vida hay una puerta a la que a veces no quieres mirar y, sin embargo, hay que abrirla y bajarse.

Explicaba el autor, Byung-Chul Han, que ante esa puerta pueden darse dos escenarios: que el yo “rey” necesite crecer, y expandirse exageradamente, permanecer a toda costa en todas las cosas, o que opte por amar y disolverse en todas las cosas, ser en ellas y atravesar así la puerta con mayor serenidad.

Es sólo un esbozo, sólo un fragmento lo que leí, así que esto no es más que un reflejo de ese destello -lo contrapuesto a una reseña rigurosa- captado al asomarme tras haberme bajado del taxi y abrir la puerta para caminar, pero son dos ideas que debían unirse y se han unido en este texto de una mañana que todavía es un poco noche. 

#holabuenosdias(2)

Aquí podéis leer la sinopsis del libro, por Herder, no la había leído antes de ponerme a escribir pero recoge esa misma idea central. Además de la idea, me ha gustado mucho cómo estaba escrito/traducido (por Alberto Ciria), por si os animáis con el fragmento.

Lunar

Rasguños primigenios

hacia el interior del mundo.

Me asomo para descubrirlo

al agujero negro de tu piel,

lunar -como de luna sin serlo-.

Allí, la palabra inconclusa gestándose,

trémula aún.

En un medio incierto,

acuoso,

blanco de certezas.

Lluvia

Frío húmedo licuado en gotas que rompen el silencio, un silencio nuestro y visceral como la misma lluvia. Sostenidos cada uno en un soporte, en una esfera casi perfecta como estas gotas, que no vemos porque no estamos mirando, pero que oímos porque no podemos no escuchar. Atención impuesta. Suspiro que nos recuerda la existencia. Volver a mirarnos para estar.

Las sillas

Voy a escribir, todavía no lo he hecho hoy. Últimamente estoy siendo fiel al hábito de escribir 3 páginas nada más levantarme, aunque no siempre publique lo que escribo. Escribirás todos los días, publicarás algunos -es la coletilla que le falta al dominio de este blog-. Por eso anoto, en la libreta de la que ahora rescato estos apuntes, que no he escrito todavía, cuando son las 9.45h. y estamos en el metro (A. y yo).

 

Vamos de camino a una tienda de muebles, unos barrios más allá, para contribuir a la elección de unas sillas que sustituyen a las que durante tanto tiempo han sostenido nuestra existencia sentados alrededor de la mesa insustituible. ¿Cuántas sillas compra uno en toda su vida? Yo sólo recuerdo otras anteriores a las actuales, que son verdes con madera color nogal. Aquellas, las de la primera infancia eran blancas, de un blanco roto, como los vestidos de novia o las páginas de algunos libros, de sky y madera oscura que no sé identificar, lo que Ikea llamaría ahora con una carencia insultante de poesía “negro-marrón”. Las recuerdo porque duraron muchos años y, aun cuando las retiraron, quedó algún ejemplar pululando por casa, con algún pequeño defecto que se fue acentuando hasta justificar su desaparición. Así funciona la vida de las sillas, como la nuestra.

 

Estas son las terceras sillas de mi vida como hija. Di que en esta casa se apura la vida de las cosas, puedes decirlo porque es cierto. Hasta que no ha corrido peligro la vida de los que se sentaban en ellas, las sillas no tenían de qué preocuparse. Otra paradoja es que las sillas se compran habitualmente de 4 en 4, como algunos yogures. También independientemente de que en casa sólo vivan dos. Luego cuatro, según la media de hijos por familia. Nuevamente dos cuando los hijos se van. Tres si se añade durante un tiempo un cuidador. Uno, si falta el segundo y ya no es necesario el cuidador…

 

Pero ahí siguen las cuatro sillas, esperándonos, esperando un trasero que las habite, que les dé calor. Mientras eso no sucede, observas su vacío y recuerdas a los que estuvieron antes, hasta que tus nietos vuelven a llenar de ruido la estancia y de vida y de recuerdos a las recién llegadas. Tal vez son las últimas sillas de esta casa, tal vez no, ahora los productos no duran tanto, y nosotros los apuramos menos y esta casa seguirá su ciclo. Lo importante será haberlas gastado, hacerlas tambalear a carcajadas, jugar con ellas al juego de las sillas. Hacer largas sobremesas. Hacernos compañía. Que aguanten el peso no de uno sino de uno subido encima de otro y, si me apuras, de otro más. Que sientan el frío lo menos posible, que nos alegren la vista. Que nos sintamos acogidos en ellas. Con esta predisposición vamos a escoger unas sillas, la tercera generación de sillas de esta familia, la de los nietos, y ahí estamos.

Ligereza

Llega la noche y, con ella, las ganas de escribir entre tu respiración y el sonido de un ventilador que nos alivia. Todo adquiere una ligereza propicia al picoteo de un teclado portátil, ligero también, que me permite escribir desde el mismo lugar en el que cogemos el sueño, los sueños o los inventos para rebajar la tensión de las mandíbulas.

Hacía tiempo que no escribía de noche, haciendo caso omiso a las listas de temas sobre los que escribir, sólo dejando que las palabras vengan y se vayan en función de lo que deban revelarnos. Hoy, el placer de un instante de silencio no absoluto. Lo absoluto asusta demasiado como para que salgan las palabras.

En el km 84

Ráfagas de tristeza en el kilómetro 84.
Un perro no soporta no lanzarse al canal de agua,
gente que camina deprisa,
corre o vuela en fosforito sobre una bicicleta.

Tú duermes a mi lado con bossa nova de fondo
y sonido de mil pájaros en ebullición.
La poesía se despierta y nos convoca:
¿qué hay de vuestra música?

Releemos y nada tiene demasiado sentido
hasta que después de un tango
suena de nuevo Gilberto y un bicho diminuto
casi transparente, casi duende, casi mágico,
empieza a caminar por encima de la pantalla.

Acaba su canción antes que este escrito
pero, antes también, empieza otra
y así es como nos reponemos,
en el kilómetro 84,
mientras los patos avanzan por el canal de agua
y humanos fosforitos caminan deprisa
reteniendo el impulso de los perros.

La página en blanco

Soy la página en blanco. Ya no. Las primeras letras arrancadas a la inercia tiñen mi vacío.

 

Prefiero cuando no piensas, cuando te derramas en mí en el silencio de la mente cotorra, oyéndola -en todo caso- de fondo. Cuando no dejas que te frene con todas las imágenes que evoca, interrogantes, reproches incluso. Cuando te viertes desnudo de miedos, inocente. Confiando en lo que vendrá, sin ni siquiera ser consciente de ello.

 

Corriendo como loco para sentir el viento entre renglones, enajenado por un impulso que te es propio y no a la vez. Corriendo en busca de verdades, empujada por algo que va más allá de ti, o de la cotorra, al menos. Volviendo, cuando ella te frena, a centrarte en el blanco, entrecerrando los ojos para volver a entrar en ese estado de inconsciencia o fe, tal vez, en que lo que saldrá al llenarme será bueno, por necesario, más allá de cualquier otro juicio.

 

¿Cuánto es una página en blanco? Cuanto necesites vaciar en mí. Infinito fondo, olvidado a veces, ésa soy.

Narcolepsia

I

Volvieron los días de quedarnos dormidos
ipso facto
en cualquier posición, lugar o momento,
como si la desconexión no pudiera esperar más
y la noche se abalanzara sobre nosotros
con la inercia del sueño de todos los hombres.

 

II

Congelados, muy quietos,
el alma en otra parte,
creando nuevos mundos,
conquistándolos tal vez,
sintiéndose perdida,
lo más probable.

 

III

En ese instante
otro decide retratarnos
y devolvernos, al despertar,
lo nunca visto:
dónde estábamos
mientras no estuvimos.

 

IV

La imagen de un cuerpo desgarbado, vacío,
como una marioneta sin mano dentro,
cómico por lo imprevisto del asunto,
tan distinta a la de un niño durmiente.

Chiss (onomatopeya de gota de agua cayendo sobre plancha)

Tengo una cicatriz de la que sale humo cuando llueve. Será porque aún me quema.

Sueños en espera

Como en antiguas páginas, escritas a la luz de un sueño que empieza. Agolpándose en la punta de la cama, todos los que no entrarán, jamás, en su mente. Permanezca en espera.