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Aprendimos

Aprendimos a escuchar el sonido de los pájaros. Aprendimos a equipararlo al sonido de la maquinaria pesada, de las campanas o de los gritos de los niños que provienen del patio de ese colegio que no acabamos de ubicar. Todos están bien, nos dijeron, o para ser más exactos: ni bien ni mal, todos son. Y desde esa mirada nos invitaban a aceptar lo que era, porque era y no aceptarlo no lo cambiaba. Aprendimos a poner una mano en el pecho, otra en el vientre y a sentir el mar que nos habita, a través de la respiración. Cada inhalación como ola que se aproxima a la orilla, cada exhalación como ola que cede y se rompe, para volver a empezar. Siempre ahí, siempre dentro. Y también fuera. Porque después de esa visita a la playa accedías a la brecha que se abre cuando habitas la presencia, también con los ojos abiertos. La brecha por la que se avista lo que nos une y trasciende, a pesar de esos tuppers tan distintos.

El cormorán

No hace tanto que conozco la existencia del cormorán. Hasta entonces, probablemente hubiera visto alguno, pero ignoraba de todos modos su existencia. Esas aves negras con el plumaje húmedo por sumergirse completamente en el agua para pescar y aparecer de nuevo en la superficie unos metros y unos segundos más allá. Sin previo aviso, sin que puedas prever su trayectoria y tampoco dejar de mirar, como si manteniendo la mirada fija en su ausencia pudieras llegar a atisbar algo de lo que sucede dentro. Me los imagino como agujas, cada inmersión es una puntada en la que el hilo pasa a ser invisible y, sin embargo, tienes la certeza de que está ahí. Esto no sucede siempre, no sucede a veces con los muertos, pero otras sí. Aunque ya no les ves, a veces te parece atisbarlos en el fondo y se tensa dentro el hilo que os une, para bien.

Cor al revés

Esta mañana me he sentado a desayunar en una terraza antes de empezar a trabajar y, cuando ya iba a levantarme, se ha acercado a mí un niño de pelo castaño muy claro, casi rubio, media melena, ojos transparentes. Llevaba una carpeta en la que apoyaba una hoja que yo no veía, a modo de encuestador, y, de hecho, me ha pedido si podía hacerme algunas preguntas. “Es para el cole, estamos haciendo un trabajo para Médicos del Mundo”.

 

No transmitía ni vergüenza, ni impostura, ni tontería, habitaba el mismísimo centro del ser, sin más, ni tampoco menos. La primera pregunta era mi nombre, a continuación, dónde había nacido y, por último, “¿Puedes decirme alguna cosa buena de ti?”. Supongo que he puesto cara de “vaya, me alegro de que hagas esa pregunta a estas horas de la mañana, pero ¿qué respondo?”,  a lo que él ha contestado, «Por ejemplo: Sóc en Roc i els meus cabells són d’or com el meu cor.  («Soy Roc y mis cabellos son de oro, como mi corazón»). Una escena que ni en sueños hubiera podido superar.

 

Entonces le he preguntado si tenía que decir algo tan bonito y, siempre desde su centro, me ha respondido: “Sí, mejor que sea bonito, aunque no hace falta que rime”. Entonces me ha salido decirle: “Sóc la Natàlia i veig la bellesa arreu”. “¿Con b, no?” “Sí”. En castellano viene siendo algo así como “Soy Natalia y veo la belleza alrededor”. Es cierto con matices, claro, no siempre soy capaz de verla, pero cuando estoy en el centro, como Roc, se me manifiesta con facilidad esa especie de omnipresencia poética que tanto agradezco. En días como hoy, sin buscarlo y con nombre de niño. Concretamente Roc. O Cor al revés.

 

Teletrabajo

Dedos helados por inconsciencia corporal. Separados de ella avanzamos en la lista de tareas en un silencio apenas elegido. Estamos solos en la sala de trabajo. En la pantalla, un infinito de encuentros nos esperan. Infinito y también a veces improbable, por inalcanzable, por interminable, por falta de acotación.

Necesitamos acotar para empezar a movernos. Necesitamos salir por momentos de la nube inmensa que rodea a los grandes conceptos, a la abstracción del mundo, para observar cómo surge una col de la tierra. Una col de toda la vida, la que me viene aún a la mente cuando alguien -muchos, buena gente-, en lugar de decir “llamada”, dice “call”. 

 

Vivir desde la calma y un taller de escritura para escucharte

Vivir desde la calma, en lugar del atropello. Vivir desde las vistas a una playa larga. Sentir el viento suave en la cara, al parar. Y percibir el vuelo cercano y raso de un pájaro y las voces detrás de alguien lamentándose de sus objetivos laborales incumplidos. Una moto ahora.

¿Qué me falta? ¿Por qué tan a menudo esa sensación de que hay algo más que conseguir? Más allá de esa búsqueda constante, a veces está bien pensar que ya has llegado, que no hay otro lugar a dónde ir, que puedes estar aquí, habitar el presente desde una mirada nueva. Disfrutar con perspectiva de cada intento, de cada prueba, de cada sobresalto, de cada manta a tiempo, desde un lugar de observadora. Desde un yo sabio o futuro y compasivo, que mira como se mira al que está aprendiendo, dándole margen para el error.

El viaje y Claudio Naranjo

Hace mucho tiempo -como unos dos años- empezó a interesarme el Eneagrama, hasta el punto de leer y escuchar todo lo que encontraba. Pero en todo este tiempo no había leído directamente a la persona que más contribuyó a desarrollarlo y difundirlo, Claudio Naranjo.

 

Me había limitado a ver algún vídeo de él hablando de cada eneatipo pero ¡qué poca justicia le hacía a todo su legado! Es de esas personas cuya existencia agradeces, no me canso de rescatar vídeos de aquí y de allá para oírlo. Tiene en mí un efecto relajante, o más bien sanador, diría. Empiezo a escucharlo mientras recojo la cocina, por ejemplo, como quien escucha la radio, pero tengo que parar, me embeleso. No sé si os pasará, pero es oír hablar a un sabio.

 

Después está el efecto viaje en el tiempo. Puedes ver vídeos suyos de joven y luego su última rueda de prensa. Te encuentras con el mismo entrevistador con una humildad nueva tras el paso de los años, habiéndose dado cuenta de cuánto le faltaba por recorrer y aún le falta. Y siendo mejor entrevistador ahora, uno que escucha atentamente.

 

Los años nos descubren lo poco que sabíamos y que aún sabemos, que es a la vez una liberación: el aprendizaje nunca se acaba, no te aburrirás. Y también un regalo, un viaje. Siempre es un buen momento para iniciarlo, en soledad o en compañía. Un viaje hacia una vida más consciente, más despierta, mucho más amplia, más rica, más compasiva también.

 

Respecto a Claudio Naranjo yo estoy todavía en el aeropuerto (ni siquiera me he subido al avión), he leído una ínfima parte de lo que ha escrito, así que poco puedo decir al respecto, más allá de transmitiros el entusiasmo del hallazgo para quien quiera meter la nariz y ver si le llama.

 

PD: os dejo el link a uno de sus vídeos, os recomiendo especialmente la parte que empieza a partir del minuto 31, entre otras cosas habla del cansancio crónico y de la falta de tiempo para estar con uno mismo, ese tiempo necesario para escucharse e iniciar el viaje de ampliar la mirada.

 

En la foto: Ensayos sobre la psicología de los eneatipos, Claudio Naranjo, editado por Ediciones La Llave.

 

¿Por qué escribir?

Llevo unos días con el rumor interior de las palabras queriendo salir, invocándome a sentarme a escribir. Mensajes de personas diversas apremiándome a hacerlo sin venir a cuento: “¡los escritores escriben!”. Camisetas incluso, en el escaparate de una escuela de escritura (Laboratori de Lletres) frente a la que aparco la bicicleta al encuentro de una amiga que me ha citado casualmente allí, en las que se pueden leer citas de Kafka como ésta: «El escritor que no escribe es un monstruo que flirtea con la locura».

 

Son las 7 de la mañana y regreso al ordenador tras un primer intento de escritura interrumpido por el llanto de una niña. Duerme de nuevo. El ordenador es la zona de entrenamientos de la escritura confinada. Hay algo incompleto en escribir sin compartir. Escribes para sacar algo que a alguien le podría venir bien. Para poner al servicio del mundo una visión que es compartida en la distancia (eso te dices, para encontrar una razón más allá de tu desahogo, de tu necesidad apremiante de comunicación).

 

Según esa teoría, yo te hablo de las golondrinas que ahora mismo veo desde mi ventana y tú recibes la libertad alada que nos habita a todas (las personas). No es esto lo que quería decir pero no lo descarto, ni siquiera por facilón (lo difícil está sobrevalorado). Quiero decir que en el acto de la escritura hay una voluntad de sacar a la luz algo que es patrimonio de todas, una verdad compartida y, si no la compartes, si ni siquiera lo intentas, te quedas a medias.

 

Escribir es también dejar que las palabras actúen como esas golondrinas que, de pronto, inician una persecución loca, gritan y no paran de correr en el aire, vuelan con urgencia. Desconocemos qué buscan pero ahí están. No sabemos porqué lo hacen, teorizamos sobre si juegan o simplemente vuelan porque está en su naturaleza volar. Son muchas, muchísimas, parece que tuvieran la misión de estrenar el cielo de buena mañana, como quien levanta la persiana de un pequeño comercio. Transitándolo, sólo así existirá para ellas, sólo así podrán dibujar sus contornos.

 

Encuentra tu razón (razón aquí) para escribir. Hazlo y, si descubres algo en el acto de inmersión, compártelo. Escribir también tiene algo de submarinismo y traer el texto a la superficie nos permite a todos ver algo más del fondo (marino o de la existencia).

 

PD: Tan sólo unos días después de este texto, las golondrinas pasaron de ser esos seres que veíamos a lo lejos desde la ventana del patio de manzana, a compartir con ellas la casa en la que anidaron.

PD2: Qué fácil es escribir postdatas con la perspectiva del tiempo.

 

El derecho a ser adolescentes

Acabo de ver una serie que me ha hecho conectar con mi realidad adolescente. Es muy difícil no hacer el idiota cuando se es adolescente y, sobre todo, no verlo así desde la distancia de una madurez que juega con ventaja. Acercarme a esas edades de nuevo, ahora como espectadora, me ha ayudado a pasar de la vergüenza de una época a una cierta compasión. Y no está mal el cambio, para aplicar desde ya a los momentos idiotas que nos habitan o habitamos -ahora con una periodicidad más irregular e imprevisible-. Humildad y calma. El derecho a equivocarnos sigue ahí. Porque hay permisos que uno no se concede, pero va a transgredir de todos modos.

Justo ahí

Siempre me ha fascinado la luz entrando por las rendijas de una persiana que no se ha cerrado herméticamente. A veces las persianas simplemente no acceden a ello. Entonces, llegados a un punto del día, empiezan a dibujarse rayas discontinuas de luz en la pared, cuyo recorrido se puede ver interrumpido por un saliente en el que ensancha su presencia para continuar unos centímetros más allá, difuminándose a medida que se aleja de la fuente original. De niña pasaba muchos momentos observando fenómenos como éste. De mayor, menos, pero siempre que lo hago me digo que volveré más a menudo porque es justo ahí donde se puede tocar la relación entre el presente y la poesía.

Cualquiera diría que vivimos en un pueblo

Cualquiera diría que vivimos en un pueblo. El sonido ambiente habla de pájaros y de la campana de una torre. Si te asomas a la ventana ves golondrinas, muchas golondrinas que no paran de atravesar el trozo de cielo que vemos de una esquina a la otra, porque no estamos en un pueblo y el trozo de cielo que vemos es anguloso, acaba en la punta de un edificio y empieza en la de otro.

 

Esos edificios se miran desde la parte de atrás, la más íntima, a veces descuidada, pero también la más interesante. Allí vemos ropa tendida, algún jardín que parece haber quedado atrapado por las construcciones colindantes, como si le hubiera pillado por sorpresa el desarrollo urbanístico. Un ciprés que alcanza un cuarto piso, una palmera, un níspero… pero hay que fijarse, porque la mayoría de lo que hay a la vista no es verde sino color ventana, es una vista llena de ventanas, de pequeñas terrazas y de viejas galerías que son el reverso de bellas fachadas modernistas. 

 

A mí siempre me ha gustado esta visión, que a otro le parecería horrible, me gusta por lo que tiene de humano e improvisado y de belleza que reside en los ojos del que mira. Pero estos días, con la costumbre de aplaudir a las ocho de la tarde, ha adquirido una dimensión nueva. Ese patio de manzana irregular se llena de gente de toda edad y condición que se saluda de unas terrazas o de unas ventanas a otras. Gente que ha vivido los dos últimos meses de embarazo de una mujer que ahora ya es madre y que sigue saliendo, ahora con su hija, a saludar y a responder las preguntas que el vecindario le lanza desde todos los rincones. 

 

Es algo así como la familia real del patio, mostrando a su retoño mientras las mujeres más ancianas y sabias del lugar le lanzan besos con una mano mientras se llevan la otra al corazón. Este patio nunca había sido tan de pueblo, sin perder la ventaja de mantener las distancias que te da la ciudad. No sé si nos reconoceríamos por la calle o si nos saludaríamos si nos reconociéramos pero cada tarde coincidimos en este trozo de cielo.