Menu

Sin categoría Posts

Ausencia

No estar sin querer.

No querer estar.

No querer.

No estar.

Querer sin estar.

Estar queriendo.

Querer estando.

Querer.

Estar.

 

Teletrabajo

Dedos helados por inconsciencia corporal. Separados de ella avanzamos en la lista de tareas en un silencio apenas elegido. Estamos solos en la sala de trabajo. En la pantalla, un infinito de encuentros nos esperan. Infinito y también a veces improbable, por inalcanzable, por interminable, por falta de acotación.

Necesitamos acotar para empezar a movernos. Necesitamos salir por momentos de la nube inmensa que rodea a los grandes conceptos, a la abstracción del mundo, para observar cómo surge una col de la tierra. Una col de toda la vida, la que me viene aún a la mente cuando alguien -muchos, buena gente-, en lugar de decir “llamada”, dice “call”. 

 

Vivir desde la calma y un taller de escritura para escucharte

“Vivir desde la calma, en lugar del atropello. Vivir desde las vistas a una playa larga. Sentir el viento suave en la cara, al parar. Y percibir el vuelo cercano y raso de un pájaro y las voces detrás de alguien lamentándose de sus objetivos laborales incumplidos. Una moto ahora. 

¿Qué me falta? ¿Por qué tan a menudo esa sensación de que hay algo más que conseguir? Más allá de esa búsqueda constante, a veces está bien pensar que ya has llegado, que no hay otro lugar a dónde ir, que puedes estar aquí, habitar el presente desde una mirada nueva. Disfrutar con perspectiva de cada intento, de cada prueba, de cada sobresalto, de cada manta a tiempo, desde un lugar de observadora. Desde un yo sabio o futuro y compasivo, que mira como se mira al que está aprendiendo, dándole margen para el error”. 

Este texto salió de forma automática al sentarme a escribir hace unos días, no estaba en una playa larga, sólo en una terraza, sólo 30 minutos de conexión con un papel que me dijera lo que necesitaba oír. Así de generosa es la escritura y así de sabia la voz que a veces silenciamos con tanto ruido. 

Si te apetece probar qué te dice a ti también, ahora es un buen momento. A finales de abril empezamos con el taller de escritura para vivir encendidos, un espacio para hacer justo eso: parar un momento, sentarte, escribir a partir de una propuesta que desate tus ganas de responder, de responderte. Para conocerte mejor, para saber qué necesitas, para entender desde dónde estás mirando y mirándote, para que escojas lo que que quieres en tu vida y lo que quieres cambiar porque estás en una nueva versión, actualizada de ti misma

Porque te apetece vivir de otra manera, más serena, más consciente, más escogida. Eso no requiere necesariamente liarse la manta a la cabeza, poner todo patas arriba, salir huyendo, requiere darse el permiso para escucharse y empezar a actuar en coherencia (ahí es donde entra el coaching, para empezar a movernos en la dirección que queremos).

En este enlace tienes toda la información del Taller, que empieza a finales de abril, así que no tendrás que esperar mucho.

El viaje y Claudio Naranjo

Hace mucho tiempo -como unos dos años- empezó a interesarme el Eneagrama, hasta el punto de leer y escuchar todo lo que encontraba. Pero en todo este tiempo no había leído directamente a la persona que más contribuyó a desarrollarlo y difundirlo, Claudio Naranjo.

 

Me había limitado a ver algún vídeo de él hablando de cada eneatipo pero ¡qué poca justicia le hacía a todo su legado! Es de esas personas cuya existencia agradeces, no me canso de rescatar vídeos de aquí y de allá para oírlo. Tiene en mí un efecto relajante, o más bien sanador, diría. Empiezo a escucharlo mientras recojo la cocina, por ejemplo, como quien escucha la radio, pero tengo que parar, me embeleso. No sé si os pasará, pero es oír hablar a un sabio.

 

Después está el efecto viaje en el tiempo. Puedes ver vídeos suyos de joven y luego su última rueda de prensa. Te encuentras con el mismo entrevistador con una humildad nueva tras el paso de los años, habiéndose dado cuenta de cuánto le faltaba por recorrer y aún le falta. Y siendo mejor entrevistador ahora, uno que escucha atentamente.

 

Los años nos descubren lo poco que sabíamos y que aún sabemos, que es a la vez una liberación: el aprendizaje nunca se acaba, no te aburrirás. Y también un regalo, un viaje. Siempre es un buen momento para iniciarlo, en soledad o en compañía. Un viaje hacia una vida más consciente, más despierta, mucho más amplia, más rica, más compasiva también.

 

Respecto a Claudio Naranjo yo estoy todavía en el aeropuerto (ni siquiera me he subido al avión), he leído una ínfima parte de lo que ha escrito, así que poco puedo decir al respecto, más allá de transmitiros el entusiasmo del hallazgo para quien quiera meter la nariz y ver si le llama.

 

PD: os dejo el link a uno de sus vídeos, os recomiendo especialmente la parte que empieza a partir del minuto 31, entre otras cosas habla del cansancio crónico y de la falta de tiempo para estar con uno mismo, ese tiempo necesario para escucharse e iniciar el viaje de ampliar la mirada.

 

En la foto: Ensayos sobre la psicología de los eneatipos, Claudio Naranjo, editado por Ediciones La Llave.

 

¿Por qué escribir?

Llevo unos días con el rumor interior de las palabras queriendo salir, invocándome a sentarme a escribir. Mensajes de personas diversas apremiándome a hacerlo sin venir a cuento: “¡los escritores escriben!”. Camisetas incluso, en el escaparate de una escuela de escritura (Laboratori de Lletres) frente a la que aparco la bicicleta al encuentro de una amiga que me ha citado casualmente allí, en las que se pueden leer citas de Kafka como ésta: «El escritor que no escribe es un monstruo que flirtea con la locura».

 

Son las 7 de la mañana y regreso al ordenador tras un primer intento de escritura interrumpido por el llanto de una niña. Duerme de nuevo. El ordenador es la zona de entrenamientos de la escritura confinada. Hay algo incompleto en escribir sin compartir. Escribes para sacar algo que a alguien le podría venir bien. Para poner al servicio del mundo una visión que es compartida en la distancia (eso te dices, para encontrar una razón más allá de tu desahogo, de tu necesidad apremiante de comunicación).

 

Según esa teoría, yo te hablo de las golondrinas que ahora mismo veo desde mi ventana y tú recibes la libertad alada que nos habita a todas (las personas). No es esto lo que quería decir pero no lo descarto, ni siquiera por facilón (lo difícil está sobrevalorado). Quiero decir que en el acto de la escritura hay una voluntad de sacar a la luz algo que es patrimonio de todas, una verdad compartida y, si no la compartes, si ni siquiera lo intentas, te quedas a medias.

 

Escribir es también dejar que las palabras actúen como esas golondrinas que, de pronto, inician una persecución loca, gritan y no paran de correr en el aire, vuelan con urgencia. Desconocemos qué buscan pero ahí están. No sabemos porqué lo hacen, teorizamos sobre si juegan o simplemente vuelan porque está en su naturaleza volar. Son muchas, muchísimas, parece que tuvieran la misión de estrenar el cielo de buena mañana, como quien levanta la persiana de un pequeño comercio. Transitándolo, sólo así existirá para ellas, sólo así podrán dibujar sus contornos.

 

Encuentra tu razón (razón aquí) para escribir. Hazlo y, si descubres algo en el acto de inmersión, compártelo. Escribir también tiene algo de submarinismo y traer el texto a la superficie nos permite a todos ver algo más del fondo (marino o de la existencia).

 

PD: Tan sólo unos días después de este texto, las golondrinas pasaron de ser esos seres que veíamos a lo lejos desde la ventana del patio de manzana, a compartir con ellas la casa en la que anidaron.

PD2: Qué fácil es escribir postdatas con la perspectiva del tiempo.

 

El derecho a ser adolescentes

Acabo de ver una serie que me ha hecho conectar con mi realidad adolescente. Es muy difícil no hacer el idiota cuando se es adolescente y, sobre todo, no verlo así desde la distancia de una madurez que juega con ventaja. Acercarme a esas edades de nuevo, ahora como espectadora, me ha ayudado a pasar de la vergüenza de una época a una cierta compasión. Y no está mal el cambio, para aplicar desde ya a los momentos idiotas que nos habitan o habitamos -ahora con una periodicidad más irregular e imprevisible-. Humildad y calma. El derecho a equivocarnos sigue ahí. Porque hay permisos que uno no se concede, pero va a transgredir de todos modos.

Justo ahí

Siempre me ha fascinado la luz entrando por las rendijas de una persiana que no se ha cerrado herméticamente. A veces las persianas simplemente no acceden a ello. Entonces, llegados a un punto del día, empiezan a dibujarse rayas discontinuas de luz en la pared, cuyo recorrido se puede ver interrumpido por un saliente en el que ensancha su presencia para continuar unos centímetros más allá, difuminándose a medida que se aleja de la fuente original. De niña pasaba muchos momentos observando fenómenos como éste. De mayor, menos, pero siempre que lo hago me digo que volveré más a menudo porque es justo ahí donde se puede tocar la relación entre el presente y la poesía.

Cualquiera diría que vivimos en un pueblo

Cualquiera diría que vivimos en un pueblo. El sonido ambiente habla de pájaros y de la campana de una torre. Si te asomas a la ventana ves golondrinas, muchas golondrinas que no paran de atravesar el trozo de cielo que vemos de una esquina a la otra, porque no estamos en un pueblo y el trozo de cielo que vemos es anguloso, acaba en la punta de un edificio y empieza en la de otro.

 

Esos edificios se miran desde la parte de atrás, la más íntima, a veces descuidada, pero también la más interesante. Allí vemos ropa tendida, algún jardín que parece haber quedado atrapado por las construcciones colindantes, como si le hubiera pillado por sorpresa el desarrollo urbanístico. Un ciprés que alcanza un cuarto piso, una palmera, un níspero… pero hay que fijarse, porque la mayoría de lo que hay a la vista no es verde sino color ventana, es una vista llena de ventanas, de pequeñas terrazas y de viejas galerías que son el reverso de bellas fachadas modernistas. 

 

A mí siempre me ha gustado esta visión, que a otro le parecería horrible, me gusta por lo que tiene de humano e improvisado y de belleza que reside en los ojos del que mira. Pero estos días, con la costumbre de aplaudir a las ocho de la tarde, ha adquirido una dimensión nueva. Ese patio de manzana irregular se llena de gente de toda edad y condición que se saluda de unas terrazas o de unas ventanas a otras. Gente que ha vivido los dos últimos meses de embarazo de una mujer que ahora ya es madre y que sigue saliendo, ahora con su hija, a saludar y a responder las preguntas que el vecindario le lanza desde todos los rincones. 

 

Es algo así como la familia real del patio, mostrando a su retoño mientras las mujeres más ancianas y sabias del lugar le lanzan besos con una mano mientras se llevan la otra al corazón. Este patio nunca había sido tan de pueblo, sin perder la ventaja de mantener las distancias que te da la ciudad. No sé si nos reconoceríamos por la calle o si nos saludaríamos si nos reconociéramos pero cada tarde coincidimos en este trozo de cielo.

Escribid a los hijos

A veces aparecen en mi cuenta de correo emails escritos por mi padre. No tendría nada de particular si no fuera porque mi padre falleció hace dos años. Aparecen cuando hago una búsqueda de la palabra más alejada que uno se pueda imaginar de un padre. Hoy, por ejemplo, he escrito en el buscador la palabra «contraprestaciones» y me ha aparecido un texto suyo maravilloso en el que exponía toda su teoría sobre el diseño del futuro.

Es una teoría que me comprometí a editar y publicar, hasta le regalé el diseño de la portada para que supiera que un día lo haría. Tal vez ésta es su manera de recordármelo, era muy insistente con lo que creía que era bueno para una, o para la humanidad.
También hace poco, buscando un término aleatorio, no recuerdo las palabras porque, como digo, lo último que espero es que aparezca un email suyo en esas búsquedas, surgió de la nada una recopilación que había hecho para mí con recursos relacionados con el coaching. Otro día el correo iba de escritores. Y siempre así, siempre empujándome hacia los que quisieran que fueran mis sueños, a veces también empujando un poco hacia los suyos (tengo muchos más correos con ejemplos de tesis doctorales), y se me hace difícil no creer que sigue haciéndolo con Google como cómplice.
Es mucho más sofisticado que los sistemas de recomendación de productos en base a toda la información que han recabado de ti en la red. No es que pienses en crear un podcast y SoundCloud no deje de anunciarse en tu cuenta de Instagram -soy consciente de que estos términos convertirán a este texto en caduco, tal vez sonará a disquette en unos años-. No es que Adwords te muestre lo que previamente buscaste. Es que tu padre sigue recordándote de algún modo que sigue ahí, queriendo creer en ti o, más bien, queriendo que tú creas en ti como él lo hace.
Escribid a los hijos, dejadles palabras que os pongan de nuevo en pie cuando más lo necesiten.

Otra versión del «Resistiré»

En los momentos en los que me apetece quejarme y hacerlo por cosas que probablemente no son lo suficientemente importantes, viene a mi mente mi madre. “Hay que aguantar” es una frase muy suya. No hace el verbo reflexivo y eso le da un aire de dignidad, porque “hay que aguantarse” no suena tan bien.

Así que pienso en ella ahora, que me apetece quejarme, incluso patalear un poco tal vez. Ahora que me noto las mejillas cargadas de todo lo que he rumiado y aún no digerido. Es todo muy extraño, ¿cuándo dejó de serlo? Me refugio en la creatividad desenfrenada de algunos y le digo a la mía que me acompañe en esto para pasarlo juntas mientras la frase vuelve a mi mente.

“Hay que aguantar”. Cuando la dices se vacían las mejillas y, simplemente, miras adelante. Aunque la experta es ella. Y no, no hay que aguantarlo todo, está claro, clarísimo, ella no lo hace tampoco, en absoluto. No va por ahí, va sobre resistencia ante la adversidad y nuestra capacidad para hacerlo. En realidad porque la frase tal como la dice mi madre lleva implícito un final de dignidad también: «Hay que aguantar (y aguantaremos)”. Pues eso, que ánimos, que siempre se agradecen, sea cual sea el punto de partida.

PD: a este texto lo parió el confinamiento. Cada uno rebuscaría en sus recursos internos de forma más o menos consciente. A mí, en el apartado de recursos internos, me apareció esta frase.