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Ya dormida Posts

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Acudir a la cita, aunque sea tarde. Aunque sea sin nada que decir. Y callar, aunque sea tarde. Aunque no lleve a ninguna parte.

No hace falta que enciendas la luz

Ella, con los ojos abiertos, grita: ¡que no te quiero ver!
Él, extrañado, le pregunta: ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?
Ella, con los ojos abiertos, grita: no lo sé, ¡estoy dormida!

A la mañana siguiente:
Él: Oye, ¿tú te acuerdas de lo que me dijiste ayer?
Ella: No.
-Piensa-
¡Ah! Sí… -risas-. ¡Pero no te lo diría a ti!
Él: Si me estabas mirando…
Ella: ¿Pero tenía los ojos abiertos?
Él: Como platos.
Ella: No lo consigo entender. Y ¿por qué me desperté?
Él: Estaba intentando apagar la luz de tu mesilla.
Ella: Pues pensaría que la estabas encendiendo…

Día 1: «T’estimo, Sònia»

Hoy he soñado que tenía un hijo, como sin darme cuenta. De pronto, ahí estaba. Era todo tan rápido, que a veces incluso me olvidaba de que lo había tenido y tenía que volver a casa para darle de comer. De hecho, no recordaba haberle dado de comer nunca, intentaba ponerlo a mamar pero, en esa escena ya tenía 6 años, así que le explicaba por qué tenía que amamantarle, darle el pecho, previamente lavado con agua y jabón.

Pocas horas después de nacer -en casa y con la ayuda de meu namorado-, el niño, que dormía en la habitación del piano, lloró para que le fuéramos a recoger. Una vez allí, empezó a hablar. Decía “t’estimo Sònia”, “t’estimo Sònia”… y así sucesivamente, con una claridad impresionante para un niño de sus horas.

En el sueño llegaba a la conclusión de que esa era una frase que el niño había oído de forma recurrente en el vientre de su madre que, a pesar de ser yo, era el de una profesora de primaria llamada Sonia, a la que los niños solían decirle, a la altura de la barriga, que la querían. Era un buen motivo para haber aprendido esas palabras de forma tan temprana.

A continuación, como es habitual en mi trabajo, recibía la llamada de un medio de comunicación, pero esta vez me llamaban a título personal, para que les hiciera una visita a Egipto, que, al parecer estaba a 3 horas de donde yo me encontraba. “Es más o menos como ir a Lleida desde Barcelona”, me decían para convencerme, pero yo les recordaba que había tenido un hijo, que es algo muy delicado y, como lo había tenido en casa, todavía no me habían dado el manual de instrucciones que suelen darte en el hospital. “Haz esto cada 3 horas, trátalo así, intenta que eructe…”

Había olvidado pasarme por el hospital. Había olvidado, de hecho, que el nacimiento de un hijo te exime de ir a trabajar durante 4 meses. Había ido a trabajar mientras mi compañera de trabajo había ido a pasear al niño en autobús, que repetía para asombro de las señoras que viajan en autobús “t’estimo, Sònia” con una claridad impresionante para un niño de sus horas.

Una vez hecha a la idea de la historia, de que había tenido un hijo y no teníamos para él nada preparado, de que ni siquiera me había cogido la baja, me sentí como me siento a menudo cuando la vida me desborda por no saber encauzarla en planes de acción numerados, ligados a calendarios inflexibles emulando a las riendas para controlar un caballo desbocado.

He tardado media hora en escribirlo, no sé cuánto habré tardado en soñarlo.