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De alas y tierras

A veces las prisas vienen de fuera, pero otras, de dentro. La máquina de los pensamientos, llena de pájaros u otros seres alados, se hiperventila con el batir de sus alas, hasta que algo hace que te des cuenta y decidas abrir la puerta para que salgan.

Que se vayan a volar lejos un rato y tú te quedes sola, en lo que te rodea, en lo que hay desde los pies hasta el pelo, ese trozo de carne humana rellena pero no deshuesada, que puede sentir a través de su capa exterior el contacto con el suelo, con la ropa, con la luz del sol que empieza a entrar por la ventana.

Sin pensar más en lo que ha hecho, lo que tal vez estaría bien que hiciera, lo que podría hacer sin duda. Porque al final, la vida también es estar aquí abajo, en lo simple, también es sentir que todo está bien preparando un desayuno, que no hay ningún otro lugar en el que debieras estar.

Hay humanos a los que esto les parecerá una obviedad pero hay otros que tenemos que recordárnoslo, que está bien donde estás, como estás, haciendo lo que estés haciendo o sin hacer. Dejar que el ritmo de pueblo, el de los días de vacaciones con pocos objetivos más allá de vivir un trozo de vida en un lugar, te impregnen por esta vez. Cerrar los ojos, imaginarse allí, cambiar las alas por la tierra durante un rato. Y empezar así el día.

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