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De árboles y viajes

Hay un árbol, un solo árbol en todo el camino al trabajo que mantiene sus hojas intactas. El resto han sucumbido al otoño, desnudándose para dejar más espacio a la luz. Cuando levantas la vista en una mañana de invierno, justo cuando el mundo se está despertando, el cielo domina el paisaje y los árboles se limitan a trazar finas líneas, muy finas sobre sus rojos emergentes. Es de una belleza admirable, lo sé y la admiro. Sin embargo, cuando llego a ese árbol el espíritu del verano me posee y trae a mi mente un recuerdo de viaje, cada día uno diferente, que me traslada de las copas de los árboles de Monteverde, en Costa Rica, a un barco camino al parque nacional de Tanjung Puting atraídos por la llamada de los orangutanes, en Indonesia, y de allí al desierto de Atacama, al Huayna Picchu, al Borneo malayo, a la estepa de Mongolia, a las calles de Buenos Aires o Nueva York, a la orilla del Baikal… Y no me queda más remedio que extrañarlo.

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