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Desde la India tal vez

Hoy he recibido un masaje ayurvédico de unas manos prodigiosas mientras me imaginaba viajando a un país exótico, transportada por el olor del aceite esencial y la música que acompasaba el movimiento. 

Unos dedos ligeros y a la vez seguros le recordaban al cuerpo su existencia e incitaban a amarlo. Por el agujero de la camilla en el que se apoyaba mi cabeza, he visto los pies descalzos, los calcetines negros, de la persona que estaba haciendo posible ese momento, entregando a otro -en este caso yo- algo de sí que sabía hacer bien. 

Era un momento de presencia plena. Presencia en el cuerpo, siendo conscientes a su vez de los pensamientos que aparecían en el recorrido por cada zona. Después de esos momentos de presencia y relajación cuesta adaptarse de nuevo al ruido, uno es mucho más consciente de él y de aquello a lo que no quiere volver. La calma es un buen lugar para ver claro. 

También la escritura me ha llevado muchas veces a los lugares correctos. Ahora estornudo. Vuelvo a la zona de calma después del estornudo.

Cuando escribo en un teclado puedo hacerlo mirando por la ventana. Aprendí mecanografía en una máquina de escribir y con una cinta de cassette. Llegando tarde a casi todas las clases y avanzando la cinta para que me diera tiempo de acabar toda la lección. Era una forma de seguir las clases pero a un ritmo más elevado. Es muy antiguo esto que escribo, pero real. 

Este texto, a diferencia de otros, no me está llevando a ninguna parte, pero es un buen reflejo de cómo funciona la mente, saltando de una imagen a otra, de una idea a otra, luego al cuerpo y su estornudo, a la torsión incómoda de la espalda, luego a la ventana, luego a la pantalla. Ahora a este punto seguido. Ahora a este punto y a parte. 

De fondo oigo las instrucciones de un niño a su abuela. Le habla de una peonza que no se llama así, sino que tiene un nombre comercial mucho más complejo. Ella le habla del nombre comercial de cuando ella era niña y la peonza era de madera. Les llamábamos bailarinas, le dice. Y tú necesitas escribirlo para sublimarlo. Para volver a ellos con la mirada nítida, atenta, agradecida.

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