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El pueblo que no salía en los mapas

Acabo de llegar de una de esas aldeas que Google puso en el mapa. Hasta entonces, nadie había necesitado saber cómo llegar a ella, ni siquiera se podía comentar: «qué nombre tan raro, el de este pueblo» mientras se buscaba una carretera secundaria. No estaba.

El porqué ir a ese lugar invisible sólo lo sabíamos los de siempre, descendientes de los mismos que trajeron hasta allí la carretera, con sus manos de dedos cortos y robustos, desde el último pueblo del mapa, el que sí salía porque tenía un santuario.

Allí estaba la libertad, el no miedo, jugar en la calle hasta que volvían las ovejas, muy muy tarde. Las montañas envolviéndonos por todas partes, los cielos claros, el calor seco. La familia, la sensación de pertenencia, de raíz, de abuelas enseñando lo básico para vivir: a jugar a la brisca, rezar, arrancar las malas hierbas, hacerse respetar.

Allí los renacuajos recolectados en latas mientras se llenaban los botijos con el agua de la fuente, las coladas colectivas de sábanas gigantes en un lavadero rodeado de niños y castaños en los que esconderse. Allí los desayunos con cola-cao y galletas, las tostas con aceite, otra vez de la abuela.

Y resulta que ahora la aldea sale en el mapa, en el de Google. Y es el pueblo con más webs por habitante, con más followers por emigrante. Y resulta que ahora la abuela ya no está, al menos donde siempre. Y nos toca imaginarnos su presencia, como imaginábamos en el mapa la de aquel pueblo que sólo nosotros conocíamos.

Una de las preguntas que hizo el último verano que la vimos fue cómo se "metían" las fotos en el ordenador. Nacida en otra época, probablemente la abuela nos hubiera enseñado el nombre de los huertos vistos desde el satélite, y a saber reconocer a un hombre bueno, revisando la identidad digital del abuelo, pero al cinquillo siempre habríamos jugado con las mismas pesetas.

 

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