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Engranajes

Hoy (aunque fue antes de ayer) he tomado un camino distinto para ir a la oficina, porque también era distinta. Esto no es relevante, pero lo que sí lo es es que en ese camino me he encontrado con un relojero, en realidad dos. En la puerta un cartel indicaba que el aforo de la tienda era de una persona y lo cierto es que a duras penas cabían dos, más allá del mostrador. Sin embargo, iban apareciendo, como por goteo, una persona tras otra, cada cual con su película, corriendo por un reloj distinto. Yo incluida.

He entrado pidiendo si me podían cambiar la pila del reloj y un pasador, que estaba roto. Sí, no buscaba un relojero, pero llevaba un reloj que necesitaba pilas nuevas en la mochila.

-¿Te pasarás más tarde?

-Si me lo puede hacer ahora, mejor, porque nunca paso por aquí.

Nada que ver con el cliente anterior, un habitual con varios encargos simultáneos, relajado y cercano, y al que fiaban el pago de la entrega de hoy; ni con el siguiente, que ha empezado diciendo una frase que se notaba que traía preparada de casa: -“Sigo con la serie de relojes, necesito pila y correa nueva. Buena, bonita y barata, que las cosas están muy difíciles para los clientes”.

Y tras el mostrador: ellos, dos señores alrededor de los sesenta con su buen pelo gris y ondulado, como de relojero, que en un abrir y cerrar de ojos se enfundaban el ojo biónico con el que me imagino que se ve todo mucho más claro. Ellos le miran las tripas al artilugio que inventamos para sentir que llegamos a tiempo o confirmar, una vez más, que vamos tarde.

Estaban rodeados de cientos de relojes de pared de diferentes tamaños y formas, como emulando a la diversidad de su clientela. ¿Con qué reloj nos identificarán a cada uno? ¿Cuál será su relación con los tic tacs continuos y desacompasados que les rodean? ¿Serán capaces de saber exactamente cuánto ha durado una conversación porque llevan un segundero dentro? Eso será, en todo caso, un misterio de su engranaje.

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