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Tocarse la cara

Tocarse la cara

Hay gestos tan familiares que pasan a ser transparentes. Sólo cambios abruptos en la mecánica les permiten volver a tomar cuerpo, hacerse visibles. Tocarse la cara es en mi caso uno de ellos. Te acaricias, aflojas la presión de las mejillas y sigues con lo que estabas sin darte cuenta. Ayer, sin embargo, me di cuenta, me estaba tocando la cara y las yemas me devolvieron de pronto la imagen de un cutis rejuvenecido, una piel especialmente suave para la que no encontraba explicación alguna. Tocaba y me recreaba en el tacto mientras trataba de descubrir entre mis acciones más recientes la causante de un cambio tan evidente en la textura, como si de una piel nueva se tratara. En ese proceso recordé que la única crema que había utilizado últimamente, hacía apenas unos minutos, era una crema de manos: la información que recibía, ahora reblandecida y tierna, no se debía al rostro que tocaba sino a mis dedos. ¿Dónde residía la verdad, entonces? ¿Cuánta de la información acumulada hasta entonces a través del tacto era errónea? ¿Hasta qué punto puede deformar la realidad una huella dactilar deshidratada?

Sin saberlo, Neutrógena acababa de patrocinar una impactante lección de percepción, pocas veces la teoría se deja palpar de esa manera.

(inevitablemente tengo que dedicar este texto a Carme, que en nuestra segunda clase de escritura juntas hace ya más de 10 años me bautizó como “la de las cremas”, en aquel momento no estaba justificado, ahora por fin sí).

Necesitábamos la lluvia

Necesitábamos la lluvia

Necesitábamos la lluvia. Necesitábamos que alguien vomitara sobre nosotros toda su ansiedad, sus ganas de desaparecer, de deshacerse en agua. Agua turbulenta, rabiosa, que descarga con fuerza todo el temor acumulado, en desacomplejados gritos en forma de truenos subrayados por una luz precursora. Es la lluvia lo que necesitábamos para aflojar las mejillas, a falta de un buen gancho, un gancho indoloro pero efectivo, un gancho de fisioterapeuta u osteópata. Terapéutico, tal vez sí doloroso. A veces también duelen esas visitas, me han contado.

La necesitábamos porque la lluvia está hecha de la misma materia que la playa, una parte al menos. Agua redentora, agua que nos concede el juego y la presencia. Me deslizo tranquila bajo el paraguas, refugio móvil, observando cómo el resto del mundo se mueve a mi alrededor, cada uno afrontando la lluvia como puede, como sabe, como es. Y tengo un impulso enorme de bajar el paraguas y mojarme, calarme hasta los huesos como lo hubiera hecho con 12 años o en la selva de Borneo, sin una ducha cerca. Pero lo contengo, lo contengo porque me mojaré y tendré que soportar después una jornada empapada y con pelo de sabio condenado a la incomprensión. Lo contengo porque pienso en el después, porque no me dan igual las consecuencias. Lo contengo y no debería hacerlo, y en realidad no lo hago. Bajo el paraguas y dejo que el agua me cale, que me golpee gota a gota, relajando cada músculo tensado, que despierte con el frío cada poro adormilado, que me espabile y me permita sacudirme tanta tontería, tanta tristeza superflua o enquistada, ambas, que me obligue a centrarme únicamente en el frío, la humedad, lo que estoy sintiendo en ese momento, que vivo y respiro y sudo y me encojo y me expando porque cuando la lluvia te ha calado por fin es cuando empiezas a disfrutarla.

Nota en la mesilla

Nota en la mesilla

Abandonas San Francisco en un día de sol y algo en el centro del laberinto intestinal te pide a gritos que no lo hagas. No puedes irte así, sin más, sin habértela hecho completamente tuya, sin poder enumerar al dictado de la piel cuáles son los mejores lugares de la ciudad para confesarse o escribir, sin poder dibujar de memoria la bahía tal y como se te aparece subido en una bici camino al Golden Gate, sin haber vivido qué se siente al despertarse un sábado y decir ¿a dónde vamos hoy? Y saber exactamente adónde ir, como uno sabe exactamente dónde acariciar un cuerpo amado.

Y aún así la abandonas, porque sabes que a los cuerpos se les ama con un tiempo que no entiende de fechas de regreso. La abandonas dejando una nota en la mesilla, cálida como ese último día.

Sueño

Sueño que no me dejo nada,
que nada se oculta tras telones de acero que no puedo arrastrar.

Sueño que puedo errar en la contraseña,
hasta el infinito,
y volver a probar.

Sueño, vestido para no coger frío,
que me desnudo.

Los pies vuelan a cada paso

Y hay compañeros de pasos que, cuando juntan los pies, vuelan.

A sus pies, M.

Extrarradio

Arrastrados fuera de lo cotidiano, por un tobogán de barro, dirección al centro de la Tierra. Boca abajo, los brazos por delante, el abdomen moldeando la masa blanda de tierra a su paso. Velocidad en aumento, acorde a los latidos. Expectación, que no miedo. Llegan y… en el centro de la Tierra: una alcachofa al horno. Primero se la comen sin más. ¿Eso era todo? No, a continuación beben agua. En el paladar, el misterio que reside en las afueras de lo cotidiano.

On time

Aterrizan caricias sin retraso en los aerocuerpos de todo el mundo. Llegada la hora del repliegue se anuncian en paneles luminosos o se regalan en las esquinas de las camas (por algo las guardaba el ángel).

De chocolote y plástico amarillo

Si piensas, no existes, Texto. Porque bien pensado, ¿para qué construirte? ¿para qué dar a luz a un entramado de palabras que nacen sin ninguna intención clara, más allá de ser? No te pienso, sólo te pido que seas: primero potencialidad, luego constructo desde el que observarse y, finalmente, ¿quién sabe? La misma naturaleza, en definitiva, de un huevo con premio.

El mundo

Desaparece el mundo los domingos, pero nadie lo nota. Porque todos han olvidado que existe. Todos a excepción de un niño empeñado en aprender la diferencia entre país y continente. Le daremos una pista: todos los equipos del mundial eran países. Siguiente pregunta: ¿Osasuna es un país?

Reencarnarse en cuento

Fábulas itinerantes. Eso es lo que somos. Introducción, nudo y desenlace con patas y, a menudo, moraleja. Luego viene lo de desarrollar el personaje, darle forma a la historia, estar a la altura en los puntos de inflexión de la narración… Eso es en lo que estamos. ¿Y después del colorín colorado? Érase una vez y otra y otra más, hasta que no duela contarlo y el cuento al que seguimos queriendo se haya hecho de nuevo realidad presente, como antónimo de ausente.