Menu

Fofisanos o ¿por qué necesitamos las palabras? 

Nunca me he caracterizado por ser una cazadora de tendencias, eso explicaría que hasta hace cuatro días no hubiera oído hablar del concepto “fofisano” y que hasta hace tres no profundizara en su significado a la vez que agradecía a Jaime Rubio cada carcajada arrancada con su aproximación al tema en Verne. Creo que la más explosiva vino después de leer la palabra “lorzalamero”, de hecho, cada vez que la releo se producen réplicas de aquella carcajada primigenia.

El caso es que estábamos buscando un término para definir lo que es el cuerpo de la mayoría de mortales: ni una escultura griega ni un embarazo permanente, aunque haberlos haylos. Necesitábamos encontrar esa palabra que rescatara de lo anodino a una tipología de cuerpo que se repite ejemplar humano tras ejemplar humano, una vez traspasada la barrera de la juventud más tierna. Esa palabra que te concede el permiso para abandonar el limbo de la indefinición y existir al fin.

El ejemplo más paradigmático de nuestra necesidad de palabras es lo poco que tardamos en nombrar a los que aún no han podido ni nacer, antes de que lo hagan ya necesitamos tener la palabra preparada, la palabra que les entregaremos para que puedan ir por el mundo con algo entre las manos, algo que les dé una primera respuesta a esa pregunta: ¿qué soy? No temas, eres Max, o María, o Léah, o Biel o Leo.

Pero esa respuesta no sirve para toda la vida. Es más, poco a poco, te va sirviendo únicamente para los primeros 45 segundos de conversación: Soy Max. Yo María. Una lástima, verdaderamente. Al principio es todo lo que se espera de ti, pero a medida que avanza tu vida, necesitas hacerte con otras palabras que te reivindiquen, que te ubiquen, que no te produzcan rechazo, a las que puedas incluso amar por amoldarse tan bien a lo que realmente eres o quieres ser -porque a veces viene primero la palabra, pero una cosa lleva a la otra-.

¿Qué pasa cuando tu piel ha dejado de ser tersa como la cama elástica de las ferias y tus abdominales ya no tienen de forma natural la tableta del chocolate con pan que merendabas? ¿Qué hacer si no hay una palabra en el mundo que te diga que es una fase tan natural como aquella en la que te creció vello en lo más bello? ¿Qué pasa cuando sólo hay palabras para lo que ya has dejado de ser o tal vez nunca fuiste? Inevitablemente, alguien debe inventárselas y ahí es donde surge el dad bod o incluso el cuerpo de madre que se muestra en las fotografías sin retoques de A beautiful project (www.abeutifulproject.com).

En definitiva, dar visibilidad a nuestras diferentes realidades, sean lorzas o hiperpigmentaciones, talentos o añoranzas, nos ayuda a aceptarlas, a relajar la presión sobre la pregunta ¿qué somos? Siempre será mejor regalarse una palabra, aunque sea inventada, que expulsarnos del escenario por no encontrarla.

 

No hay comentarios

Deja un comentario

Aquí hemos venido a hablar de palabras. ¡Hazte verbo!
Tu dirección de e-mail no será pública.