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Justo antes de dormir Posts

On time

Aterrizan caricias sin retraso en los aerocuerpos de todo el mundo. Llegada la hora del repliegue se anuncian en paneles luminosos o se regalan en las esquinas de las camas (por algo las guardaba el ángel).

Por eso

Nunca, desde donde yo recuerdo, me ha gustado la noche. Creo que por eso me aprendí las oraciones que hipnotizaban a mi abuela antes dormir. Por eso soy capaz de dormirme con el sólo roce de la cama perdiendo la conciencia antes de tomarla, la de lo oscuro o la del silencio.

Es el silencio lo que me aterra. El que permite a los miedos crecerse hasta vencer a las fuerzas del día.

Por eso, también, me gusta escribir a esta hora, casi hipnótica, casi inconsciente, haciendo oídos sordos a la ausencia de alientos sonoros.

Tormenta

– ¡Rayos y truenos!
– No, o rayos o truenos, tienes que elegir.
– Pero yo quiero rayos y truenos.
– He dicho que no y es que no.

Pesos

El peso en los ojos que puede soportar un humano es equivalente al número de imágenes impactantes que haya consumido en su vida. Eso explica que hoy los párpados estén mucho mejor preparados para no ceder a la pérdida de tiempo que es el sueño. Vaya en esta frase toda la carga de ironía que puedan soportar unos párpados sometidos a la compañía de un televisor.

Stand by

Parar es dejar los hombros en caída libre y no recogerlos hasta pasadas entre 6 y 8 horas en el mejor de los casos.

[Leer esto en momentos de ralentización necesaria. Esos en los que tu abuela te decía que no era bueno pensar tanto, mientras el acupuntor japonés dice: hay momentos en los que la mente necesita ponerse en stand by, como si fueras una lavadora].

En remojo

Te voy a poner en remojo. Remojado todo se ve más blando. En contacto con los dedos arrugados el mundo se llena de surcos por los que se escurre lo indeseable. Aquello que nadie desea y, sin embargo, existe, especialmente en hábitats tensados: una goma de saltar tan estirada que no da para enredar las piernas, un malla poniendo a prueba sus costuras, una persona en la otra punta de sí misma, otra al límite de su esfuerzo, una tercera con la cabeza en Nueva York y el culo en Nueva Zelanda. En hábitats donde todo pende de un hilo el remojo es la única prueba fehaciente de que indeseable no significa indeleble.

Retrazos

Si la mirada del otro pudiera convertirse en holograma, un paseo entre conocidos, familiares, amigos y desconocidos sería como un paseo por el túnel de los espejos de cualquier parque de atracciones que se precie: más gordos, más altos, más deformes, menos, de lo que en realidad somos. Pero la imposibilidad del retrato perfecto, fidedigno, parte de una imposibilidad anterior y propia, la de escapar a la condición de collage.

Protocolo nocturno

Los invitados deberán presentarse con:

Nariz fría. Y el sueño, enfurruñando las ganas.

¿Me las pasas a mí también?

Desde que nació, la ropa le quedaba grande. En su primera cuna no alcanzaba a verse las manos por dentro de las mangas. Ya en el colegio, curso tras curso, tenía que recogerse los bajos, arrugados por el interior del pantalón o por la parte trasera de las zapatillas. ¿Acaso nunca alcanzaría la medida exacta? ¿La tela superaría siempre los límites de su cuerpo?  Al ver que nadie respondía, fue a buscar unas tijeras. Se sentó en el suelo y, sin quitarse los pantalones, empezó a recortar hasta enseñar los tobillos. Después los brazos, a la altura del codo, para que entrara el aire. Respiró aliviado. Por fin un traje a su medida. Por fin la propia piel al descubierto.

Improbable

Hoy mientras aparcaba la bicicleta he pensado qué pasaría si no tuviera que atarla con candados por tratarse de una bicicleta inrobable. De pronto, me ha recorrido un escalofrío de rechazo. Hacia lo inrobable, lo inoxidable, lo impenetrable. Hacia lo inflexible. Lo exento de excepción. Si pudiéramos eliminar cualquier brecha para lo excepcional, cualquier margen de error, ¿por dónde iba a entrar el aire?