Menu

La edad mutante

Hay un fragmento de vida, el principio, en el que la edad de los otros parece inmutable. En la infancia, las señoras ancianas de la aldea nunca tuvieron otra forma, otro semblante. Cuando era niña no me imaginaba que esas mejillas escuálidas algún día fueron rebosantes, coloradas. Ellas eran así, de siempre, por siempre.

 

Por otra parte, con apenas una década, no es raro que tus padres te parezcan viejos, también de siempre, nada te hace sospechar que están cambiando, y no llegas ni a imaginarte lo que se siente cuando por fin lo son.

 

Yo aún no lo he vivido, mi padre falleció a los 69 años y siempre fue joven, y mi madre sigue pareciéndome la misma que insistía en cogerme la mochila al salir del colegio. Pero tal vez con los padres suceda como con los hijos, estamos tan cerca, que seguimos viéndolos pequeños y mofletudos hasta que una foto con la equipación de baloncesto nos devuelve su imagen sorprendentemente esbelta, alargada.

 

Sin embargo, con los otros, aquellos a los que vimos de niños y de pronto vemos ya de adultos, ahora que las ancianas ya no están sentadas en las mismas sillas de la misma aldea. Aquellas mejillas coloradas y queridas en las que cada verano estampábamos besos al llegar de la ciudad y al irnos, con 2.000 pesetas en la mano para que nos compráramos lo que quisiéramos. Aquellas llega un día en que -con el efecto de una elipsis temporal de película en la que en dos minutos transcurren 30 años- son mejillas de anciana. Y el impacto te hace caer en la cuenta de que la edad no era inmutable, de que las mujeres que veías no eran las que fueron, a menos que hubieras permanecido lo suficientemente cerca.

No hay comentarios

Deja un comentario

Aquí hemos venido a hablar de palabras. ¡Hazte verbo!
Tu dirección de e-mail no será pública.