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La vida simple de Sylvain Tesson, y los japoneses

Leo furtivamente, a tan solo unos metros de la entrada al trabajo, unos apuntes del diario de otro. Es Sylvain Tesson y vive –mientras escribe lo que ahora me leo- en una cabaña a la orilla del Baikal. Le pasan pocas cosas en el sentido vertiginoso de la expresión, pero lee y actúa y reflexiona sobre La vida simple, en soledad, o en compañía de una naturaleza envolvente en la que acaba por fundirse, con la certeza de que eso es lo que está predestinado a hacer el hombre antes de corromperse y olvidar. Lo leo a sorbos muy cortos, como los japoneses se toman el té. Los japoneses…

Finalmente entro a mi lugar de trabajo y la señora encargada de la limpieza del cubículo color crema (mucho más grande que la cabaña de Sylvain en Siberia) ha removido los papeles para dar paso a un descubrimiento deslumbrante: una comitiva de japoneses, que visitó las instalaciones durante mi baja maternal, envió una postal en Navidad con la tridimensionalidad de un cuento de niños. Al abrirla se despliegan ante los ojos del receptor flores rosas y blancas, un templo dorado, árboles y nubes, también blancos, y, finalmente, una mujer admirándolos bucólicamente desde su kimono. Los colores y la disposición de los elementos transmiten el mismo zen de sus jardines.

Acompañando a la postal enviaron también unas fotos del encuentro, una nota agradeciendo la amabilidad con la que fueron atendidos y, por último, un pequeño kimono de papel con un estampado azul y con una frase escrita a mano en japonés y castellano, con una caligrafía impecable: “Sonrisa lleva a la felicidad :)”. También la cara sonriente aparece en la nota, ¡en una nota profesional, de cortesía! La han llenado sin complejos de gratitud y bonhomía en un gesto que recuerda a los impulsivos intercambios epistolares de la adolescencia. Los japoneses… suspiro, clavo el kimono en la pared con una chincheta y dejo la postal desplegada encima de la mesa.

A continuación escribo en una libreta una nueva rutina que seguir después de haber aprendido (gracias a la maternidad y la reorganización continua que implica) que uno también puede crearlas para que jueguen a su favor. Rutina matinal: caminar, leer, bicicleta, desayuno, escritura, descubrir la postal de un japonés.

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