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¿Me las pasas a mí también?

Desde que nació, la ropa le quedaba grande. En su primera cuna no alcanzaba a verse las manos por dentro de las mangas. Ya en el colegio, curso tras curso, tenía que recogerse los bajos, arrugados por el interior del pantalón o por la parte trasera de las zapatillas. ¿Acaso nunca alcanzaría la medida exacta? ¿La tela superaría siempre los límites de su cuerpo?  Al ver que nadie respondía, fue a buscar unas tijeras. Se sentó en el suelo y, sin quitarse los pantalones, empezó a recortar hasta enseñar los tobillos. Después los brazos, a la altura del codo, para que entrara el aire. Respiró aliviado. Por fin un traje a su medida. Por fin la propia piel al descubierto.

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