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Mi hermana

Escribe Elvira Lindo sobre los hermanos en su artículo del Domingo. Hoy es el cumpleaños de la mía. Nos llevamos 7 años. A partir de mi nacimiento empiezan sus recuerdos: ¿trauma? Es posible. Pero a pesar de ser, como buena hermana pequeña, un grano en el culo de su existencia, hizo esfuerzos titánicos por quererme.

Me cuidaba hasta extremos que no le correspondían. A cambio: «¡que no me mandes, que tú no eres la «Mama»!». Compartíamos meriendas delante de la tele, dejando los deberes para el final de la tarde. Vimos todos los casos de la señora Fletcher. Nos dormíamos con la puerta cerrada antes de que llegaran mis padres. Otras sólo me dormía yo y ella me ponía el pijama. Le gustaba hacerme trenzas africanas y me lavaba el pelo con demasiada energía para mi gusto quejica.

Me explicaba cosas que yo no debía contar y me gustaba saber. Yo le confesaba otras, ridículas todas ellas con el paso del tiempo, decepcionantes algunas. Excepto en cuestión de vestuario, nunca cuestionó mis decisiones, es más, intentó entenderlas. Ha sido protagonista de actos heroicos que seguro me salvaron -lo eran llevarme con ella al pueblo o apuntarme al esplai en el que fue monitora, siempre con el compromiso de velar por mi integridad-.

Con ella aprendí a multiplicar con el sistema de la suma múltiple (la misma que usa hoy su hijo) y «búscalo en el diccionario, que si no nunca te acostumbrarás». Nos pusimos de acuerdo para pedir juegos de mesa para Reyes. Y, desde la diferencia, siempre intentamos protegernos, cada una de los monstruos con los que lidia mejor.

Ella siempre expresó mejor sus sentimientos -la miraba de reojo cuando lloraba con las películas, no entendía que no le gustara «V»…- Y, con esa habilidad, consiguió extirparme algún que otro quiste emocional. A veces siento no estar a la altura de su sensibilidad, y, de algún modo, me abruma, pero, por suerte, no espera más inteligencia emocional que la que hay.

Fue la primera en leer mis textos y halagarlos, para felicidad absoluta de una. La que siempre le recordaba a mi padre que aún era una niña, para que no usara vocablos extraños. La primera en tener un hijo y luego una hija, con los que seguir enseñándome.

Es buena, bonita y mucho más austera que la media. Obediente de máis, como buena hermana mayor, y con las cosas mucho más claras que yo. Hoy es su cumpleaños, decía. Son 37, 30 de recuerdos después del trauma. Y quería regalarle un texto, aunque no sea más que una definición en su papel de hermana, explicada por el trauma mismo. Gracias a ella soy, seguro, mejor persona, porque ése es uno de sus poderes: hacer mejores a los cercanos -incluidos todos los niños que han pasado por sus clases-, a fuerza de quererles activamente, por desagradecidos que sean por momentos.

Si tuviera que poner un adjetivo ajustado y peculiar, sólo para ella e independiente de su papel de hermana, diría que Irene es una mujer ABIERTA, como una ventana de buena mañana de verano, como una caracola desde la que se accede a lo profundo, como los brazos en un abrazo acogedor en el que se toma y se da vida sin miedo.

Y 3+7 suman 10.

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