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Nota en la mesilla

Nota en la mesilla

Abandonas San Francisco en un día de sol y algo en el centro del laberinto intestinal te pide a gritos que no lo hagas. No puedes irte así, sin más, sin habértela hecho completamente tuya, sin poder enumerar al dictado de la piel cuáles son los mejores lugares de la ciudad para confesarse o escribir, sin poder dibujar de memoria la bahía tal y como se te aparece subido en una bici camino al Golden Gate, sin haber vivido qué se siente al despertarse un sábado y decir ¿a dónde vamos hoy? Y saber exactamente adónde ir, como uno sabe exactamente dónde acariciar un cuerpo amado.

Y aún así la abandonas, porque sabes que a los cuerpos se les ama con un tiempo que no entiende de fechas de regreso. La abandonas dejando una nota en la mesilla, cálida como ese último día.

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