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Para mantener la frescura Posts

Frágil

Cuando volví al trabajo después de mi baja por maternidad, empecé un diario en el que hacía acopio de estrategias para mantener la frescura contra todo pronóstico: “eso no te dura ni dos días”. Hoy le arranco una página para pegarla aquí:

“A punto de cumplirse los 6 meses de mi incorporación al trabajo, el síndrome del lunes toma el cuerpo de un capuccino hecho de cemento. Hay quien me lo anunciaba nada más llegar: el síndrome del lunes y hasta el del domingo volverán, ahora estás muy fresca, te crees impermeable al gris y la opresión de los días remunerados pero caerás de nuevo.

Me niego a resistirme. No he llegado aún ni a los nueve meses que dura un embarazo. Ni al año que estuve disfrutando de una tregua sin relojes. Algo aprendí de todo ello, que se puede ser feliz en los días sencillos, sin necesidad de grandes festivales o motivos impostados de celebración. Se puede ser feliz saliendo a la calle sin prisas. Parándonos a percibir la temperatura que hace, la intensidad del azul del cielo esa mañana, el movimiento de la gente que transita el mundo con otros objetivos, otras caras, otras voces, otros porqués.

Nos faltan hábitos de higiene que nos impidan obviarlo, obviar que vivimos, que nos somos un montón de datos circulando por una red de lejanías, con el fin último de llegar a otra parte, siempre con el sello de urgente marcado en la sien. Cambiemos urgente por frágil, démonos lentitud, en lugar de prisa. Calculemos un mínimo de media hora de margen para entretenernos por el camino entre una cosa y otra. Sí es posible. No insistan en decirme que no. Sí es posible, ese e-mail no va de media hora, hay muy pocas cosas en la vida que vayan de media hora por mucho que intentemos engañarnos”.

Soluciones de emergencia

Soluciones de emergencia

Es un gusto salir leído de casa. Cuando no hay tiempo, la poesía es una solución de emergencia -y cuando lo hay a menudo también-: hallazgos en cápsulas minúsculas de rápido consumo cuya esencia se va descomprimiendo lentamente en el cuerpo hasta llenarlo. Abres un libro al azar, por ejemplo Hilos, de Chantal Maillard, por una página al azar, por ejemplo la 55, y te encuentras al azar con El pez, un texto para respirar. Lo lees en voz alta mientras tu hijo se acaba los cereales, declamando y parando cada dos versos para explicar qué es “Sólo un poco” o qué es “el fondo” o para responder a la pregunta “Poesía, ¿qué es?”. Y aunque tras el último verso tengas que despedirte y coger la bolsa de basura para deshacerte de ella antes de dirigirte al trabajo, el mundo es mucho más noble y tus pasos transcurren a unos palmos del suelo.

Autoayuda en semifusa

Autoayuda en semifusa

Calibra las costuras que te ciñan a una partitura no escogida. Si has de bailar que sea con el propio cuerpo desnudo de extrañezas, de apreturas, de formas que deforman. La música está dentro.

Voluntades fluctuantes

Voluntades fluctuantes

Hoy he vuelto a conseguir el objetivo: preservar la rutina matinal del que aspira a mantener la alegría vacacional metida con calzador en la vida laboral (caminar, leer, bicicleta, llegar sin prisas, escribir cinco minutos). Es noticia porque no siempre lo consigo y porque da fe de que el hecho de que uno falle a sus objetivos durante un tiempo -ese tiempo durante el que necesita darse de baja de la fuerza de voluntad- no implica que no pueda volver a alistarse en cualquier momento. Por tanto, no merece la pena darse por perdido, ni a uno mismo, ni al citado objetivo, que está ahí esperándonos para satisfacer nuestros deseos más elevados, los que responden a esa realidad mejorada en la que pules las imperfecciones que te producen rozaduras, aquella en la que haces lo que te gustaría hacer si no te costara tanto levantarte porque te costó aún más aceptar que había llegado la noche. Esa realidad mejorada que a veces sólo somos capaces de imaginar pero que también somos capaces de vivir.