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Cámaras inundadas de realidad abultada, infectada, sangrante. Vomitando inacción sobre el salón, agrandando distancias insalubres. Separando cada vez más los cuerpos que nunca llegarán a encontrarse si no es a través de terceros en terceras oportunidades. La empatía del niño que llora ante la foto de otro llorando se echa la manta a la cabeza, la del no poder más, la del no querer más, la del no saber más. Que alguien lo pare.

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