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Los hay

Los hay

Los hay que cierran con fuerza los ojos al besar y aprietan con el mismo ímpetu su boca contra el otro. Intensifican su presencia en ese momento, que se esfumará como todos.

Los hay que caminan como si acabaran de aprender a hacerlo, formando una gran A con sus piernas dentro de una falda ancha, y limitando al mínimo imprescindible para no caer los segundos de diferencia entre cada paso.

Los hay que quieren decirse a sí mismos, “tranquilo, vas pronto”, y sin embargo, de momento sólo han conseguido el “vas tarde”.

Los hay que buscan un fin más allá de sí mismos e intentan convencer a otros de que ése es el camino “hacia la plenitud y hacia un mundo mejor”, compartiendo cartel.

Los hay que viven en el pasado, o en el futuro. Los hay que descubren que cada día es una vida entera, la unidad con la que medir el tiempo y su valor.

Los hay que entonces empiezan a planificar todo lo que tendría que tener un día para llegar a ser una vida plena, la vida que quieren y la que buscan cuando cierran los ojos al besar.


Pero aún hay muchos más, en la calle y en los libros, rescato aquí un fragmento de los que retrató Allen Ginsberg en su Aullido, creo que estaba de fondo mientras escribía, como una canción que no abandona tu cabeza -en mi caso alterno “The wheels on the bus goes run and run” con textos como estos-.

Añado yo el “los hay…”:

Los hay “que tiraron sus relojes desde el tejado para emitir su voto por una Eternidad fuera del Tiempo, y cayeron despertadores sobre sus cabezas día tras día durante toda una década,

que se cortaron sin éxito las muñecas tres veces consecutivas abandonaron y se vieron obligados a abrir tiendas de antigüedades donde pensaron que se estaban volviendo viejos y se echaron a llorar”.

La anécdota:

Explican en Anagrama que “el poema se ha traducido a decenas de idiomas y Lawrence Ferlinghetti, el poeta beat que lo publicó en su City Lights Books, declara llevar impresos casi un millón de ejemplares desde que apareciera la primera edición en 1956”. City Lights Books sigue existiendo como librería en San Francisco y allí llevé también dos ejemplares de Escribirás todos los días. Fue la primera librería en la que lo dejé. La semana pasada, en Taifa Llibres, otro de los hogares del libro, acogieron una charla sobre Ginsberg, a raíz de la publicación de un póster con una selección de sus poemas en Edicions Poncianes, que me invitó a releerlo. Círculo cerrado, hasta que se abra otro.

 

 

 

Librerías donde perderse o donde encontrar Escribirás todos los días (el libro)

Librerías donde perderse o donde encontrar Escribirás todos los días (el libro)

Ya era un ritual, al llegar el verano, acabado el colegio y con unas vacaciones interminables por delante, mi padre nos llevaba durante todo un día a recorrer librerías: ese día podíamos escoger tantos libros como quisiéramos. Rodeadas de historias, mi hermana y yo leíamos ansiosas los lomos, en busca del anzuelo preciso para nuestro apetito. Picar implicaba deslizar el libro hasta extraerlo de la estantería, abrirlo, acariciar las páginas hasta encontrar la primera y la última frase, y, por fin, enamorarse de la enorme expectativa generada -como siempre, por otra parte, cuando de enamoramiento se trata-.

Era un ritual y sigue siéndolo, aunque no coincida necesariamente con el inicio del verano, aunque pueda darse cualquier tarde de sábado o de miércoles o un mediodía, necesitados de aire.

Las librerías nos acogen como lectores y, a veces, acogen incluso a nuestros libros. Es el caso de Escribirás todos los días, hay libreros tan admirados como cálidos que ya le han hecho un sitio en sus estanterías. Os dejo sus señas, aunque no vayáis buscando el libro, no dejéis de daros el placer de perderos en ellas.

En Barcelona:

Taifa llibres, imprescindible ella y su pizarra. En Gracia, en la calle Verdi, 12, al lado de los cines.

Novecento, el lugar donde confluyen música y libros, y también buenas frases. En Gracia, Ramón y Cajal, 53, cerca de Joanic (añadida más tarde porque estaban de traslado).

La Calders, “llibreria especialitzada en llibres”, en el Passatge Pere Calders, 9.

En Zaragoza:

Los portadores de sueños, como dicen en su web y en boca de Vila-Matas: “Esta librería es el abismo”, un abismo placentero como pocos, en la calle Jerónimo Blancas, 4 (junto a Pza. España, entre Coso y San Miguel).

En Madrid:

Artimaña, especializados en libro ilustrado, arte y arquitectura pero con un huequito para los perdidos, que también hallarán un sitio en las acogedoras entrañas del local, en la calle de Almadén, 12, muy cerca del Paseo del Prado.

¡A disfrutarlas!

 

 

Simultáneos

Simultáneos

Se espesan los recuerdos con el olor a madera y el paisaje corriendo a mi lado como para despedirse. Estoy en un tren, lado ventana, y él corre, continuamente, para que no se acabe nunca este momento de mirarnos, para que cada zancada dé consistencia a lo vivido, lo impermeabilice contra la lluvia de los días. Lo que fuimos es también lo que hoy somos, seguimos siendo, seremos. Coexistiendo de forma simultánea el niño de pómulos ardiendo y estas manos cada vez con las venas más marcadas. Y con nosotros, padres y hermanos e hijos, simultáneos también, como los conocimos, como los conocemos, intacto el amor de cada etapa, la alegría, tú volando sobre una silla mientras unos brazos más fuertes que la nada te lanzan arriba y abajo. Pero no sólo es el olor, no sólo el paisaje, son las luces amarillas, el mármol gastado de la cocina de siempre, el ruido de cualquier tortilla antes de serlo: todos naves que nos transportan de uno a otro tiempo. Aferrados a la esperanza de que el reloj de arena tiene fondo y podremos darle la vuelta en cualquier momento.

Soluciones de emergencia

Soluciones de emergencia

Es un gusto salir leído de casa. Cuando no hay tiempo, la poesía es una solución de emergencia -y cuando lo hay a menudo también-: hallazgos en cápsulas minúsculas de rápido consumo cuya esencia se va descomprimiendo lentamente en el cuerpo hasta llenarlo. Abres un libro al azar, por ejemplo Hilos, de Chantal Maillard, por una página al azar, por ejemplo la 55, y te encuentras al azar con El pez, un texto para respirar. Lo lees en voz alta mientras tu hijo se acaba los cereales, declamando y parando cada dos versos para explicar qué es “Sólo un poco” o qué es “el fondo” o para responder a la pregunta “Poesía, ¿qué es?”. Y aunque tras el último verso tengas que despedirte y coger la bolsa de basura para deshacerte de ella antes de dirigirte al trabajo, el mundo es mucho más noble y tus pasos transcurren a unos palmos del suelo.

Nota en la mesilla

Nota en la mesilla

Abandonas San Francisco en un día de sol y algo en el centro del laberinto intestinal te pide a gritos que no lo hagas. No puedes irte así, sin más, sin habértela hecho completamente tuya, sin poder enumerar al dictado de la piel cuáles son los mejores lugares de la ciudad para confesarse o escribir, sin poder dibujar de memoria la bahía tal y como se te aparece subido en una bici camino al Golden Gate, sin haber vivido qué se siente al despertarse un sábado y decir ¿a dónde vamos hoy? Y saber exactamente adónde ir, como uno sabe exactamente dónde acariciar un cuerpo amado.

Y aún así la abandonas, porque sabes que a los cuerpos se les ama con un tiempo que no entiende de fechas de regreso. La abandonas dejando una nota en la mesilla, cálida como ese último día.

De árboles y viajes

Hay un árbol, un solo árbol en todo el camino al trabajo que mantiene sus hojas intactas. El resto han sucumbido al otoño, desnudándose para dejar más espacio a la luz. Cuando levantas la vista en una mañana de invierno, justo cuando el mundo se está despertando, el cielo domina el paisaje y los árboles se limitan a trazar finas líneas, muy finas sobre sus rojos emergentes. Es de una belleza admirable, lo sé y la admiro. Sin embargo, cuando llego a ese árbol el espíritu del verano me posee y trae a mi mente un recuerdo de viaje, cada día uno diferente, que me traslada de las copas de los árboles de Monteverde, en Costa Rica, a un barco camino al parque nacional de Tanjung Puting atraídos por la llamada de los orangutanes, en Indonesia, y de allí al desierto de Atacama, al Huayna Picchu, al Borneo malayo, a la estepa de Mongolia, a las calles de Buenos Aires o Nueva York, a la orilla del Baikal… Y no me queda más remedio que extrañarlo.

Se dice que en algo hay que creer

Se dice que en algo hay que creer

Cuesta dormirse cuando uno se despierta a las 5 de la mañana porque necesita ir al baño. El cuerpo lleva rato queriendo levantarse y la mente, perezosa pero presionada por el cuerpo, empieza a mostrar sueños extraños, a menudo desagradables, que uno recuerda con facilidad y fastidio.

Entre las técnicas para conciliar de nuevo el sueño están contar las estrellas de la bandera europea una y otra vez, aprovechando que es redonda y no se acaba nunca, o repetir un Padre Nuestro detrás de otro -porque nunca supiste que el Rosario era un Ave María detrás de otro y que, por lo tanto, sabías rezar el Rosario, que dura muchísimo más-.

Puede pasar, sin embargo, que el Padre Nuestro ya no te sirva como oración y entonces decidas que lo mejor es hacer una adaptación a aquello en lo que crees ahora, algo a lo que podrías invocar sin faltar a la verdad de lo que puede ser objeto de tu fe. Y aquí es cuando podrías tirarte horas despierto haciendo borradores mentales, pero te duermes.

Cuando suena el despertador recuerdas vagamente todo esto y piensas que no estaría mal añadir al capítulo de información personal en facebook: “Tu credo”. Creo en los Reyes Mayos, que los buenos somos mayoría, en los castillos en el aire, en las fechas límite, en la poesía como hecho comprobable, en las equivalencias cotidianas, en los tendederos como reflejos del alma, en dedicar una hora a fabricar un credo con el que poder volver a dormir tranquilo.

Flores imitando a flores en Pekín

Otros usos del perfume

Hace tiempo que dejé de usar perfume como hábito. La propia piel suele ser a diario más que suficiente. Sin embargo, alguien que no lo sabe, me regaló una botella en mayo. De vez en cuando, me pongo unas gotas, y en ese uso esporádico lo he redescubierto ya no como una prenda más, una joya para los días especiales o una seña de identidad olfativa, sino como un detonante para la toma de conciencia. De pronto te hueles y recuerdas que estás ahí.

¿Le conozco?

Conozco a un hombre alegre que no conozco. Cuando estoy de suerte me lo encuentro en la mejor chocolatería del mundo, detrás de la barra, en la cocina, entre las mesas. Tiene la energía de una explosión artística. Explosión matizada, conducida, estética. Es muy delgado, de ojos azules y edad indefinida en la horquilla de las canas. Canturrea, declama, saluda con teatralidad a los habituales, sonríe, les da calor, miente piadosamente.

Le conozco pero no le conozco.

El otro día me crucé de pronto con su cara en medio de la calle y, sin haberle ubicado todavía, me sorprendí sonriéndole con una alegría sincera y espontánea, a la que él respondió como un espejo.

Sólo unos pasos después supe quién era.

El bar del “Yo”

Estoy sentada en un bar que aún no se ha vestido de moderno, es más, si tuviera un equivalente humano podríamos afirmar que va en chándal (aunque de eso sabe más Senil Dion). Tiene máquinas tragaperras y de tabaco, y huele ligeramente a frito. No en vano puedes comerte platos como éste hasta las dos de la mañana.

Sin embargo, nada de esto sería relevante si no fuera porque, en la entrada, cada día alguien escribe una frase que luego comentan los clientes. Había pasado por delante muchas veces y, siempre, antes de llegar a la puerta, me invadía la curiosidad de saber qué habría escrito hoy ese que firma como “Yo”.

En una de las paredes del bar uno puede saber más sobre él, el que escribe desde que abrió el bar. Al que le han dedicado dibujos, fragmentos de periódico y hasta una entrevista, en la que afirma que esa frase diaria, escrita en una pizarra patrocinada, le “permite comunicarse con el barrio, recuperar los pequeños refugios donde se está bien”.

Ésa es su aportación al mundo desde su parcela habitada, un acto para romper el silencio que nos separa.

P.D.: Escribo esto y voy a pagar: no cobran con tarjeta, pero te fían hasta el cajero. Me gusta. Si aquí lo que se establece es un diálogo entre tú y el “yo”, ¿por qué meter a un banco en medio, si no es para sentarse a hablar largo y tendido?

Este post va dedicado:

A Isa, por animarme a escribir con su generosidad, y por las buenas noticias.