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La página en blanco

Soy la página en blanco. Ya no. Las primeras letras arrancadas a la inercia tiñen mi vacío.

 

Prefiero cuando no piensas, cuando te derramas en mí en el silencio de la mente cotorra, oyéndola -en todo caso- de fondo. Cuando no dejas que te frene con todas las imágenes que evoca, interrogantes, reproches incluso. Cuando te viertes desnudo de miedos, inocente. Confiando en lo que vendrá, sin ni siquiera ser consciente de ello.

 

Corriendo como loco para sentir el viento entre renglones, enajenado por un impulso que te es propio y no a la vez. Corriendo en busca de verdades, empujada por algo que va más allá de ti, o de la cotorra, al menos. Volviendo, cuando ella te frena, a centrarte en el blanco, entrecerrando los ojos para volver a entrar en ese estado de inconsciencia o fe, tal vez, en que lo que saldrá al llenarme será bueno, por necesario, más allá de cualquier otro juicio.

 

¿Cuánto es una página en blanco? Cuanto necesites vaciar en mí. Infinito fondo, olvidado a veces, ésa soy.

Narcolepsia

I

Volvieron los días de quedarnos dormidos
ipso facto
en cualquier posición, lugar o momento,
como si la desconexión no pudiera esperar más
y la noche se abalanzara sobre nosotros
con la inercia del sueño de todos los hombres.

 

II

Congelados, muy quietos,
el alma en otra parte,
creando nuevos mundos,
conquistándolos tal vez,
sintiéndose perdida,
lo más probable.

 

III

En ese instante
otro decide retratarnos
y devolvernos, al despertar,
lo nunca visto:
dónde estábamos
mientras no estuvimos.

 

IV

La imagen de un cuerpo desgarbado, vacío,
como una marioneta sin mano dentro,
cómico por lo imprevisto del asunto,
tan distinta a la de un niño durmiente.

Chiss (onomatopeya de gota de agua cayendo sobre plancha)

Tengo una cicatriz de la que sale humo cuando llueve. Será porque aún me quema.

Sueños en espera

Como en antiguas páginas, escritas a la luz de un sueño que empieza. Agolpándose en la punta de la cama, todos los que no entrarán, jamás, en su mente. Permanezca en espera.

 

Imagen

El instinto de supervivencia nos empuja hacia la superficie. En los momentos en los que la ansiedad llega a límites irrespirables, esa imagen acude como un balón de oxígeno que nos permite dejar de patalear, como un flotador en un mar demasiado abismal.

Fofisanos o ¿por qué necesitamos las palabras? 

Nunca me he caracterizado por ser una cazadora de tendencias, eso explicaría que hasta hace cuatro días no hubiera oído hablar del concepto “fofisano” y que hasta hace tres no profundizara en su significado a la vez que agradecía a Jaime Rubio cada carcajada arrancada con su aproximación al tema en Verne. Creo que la más explosiva vino después de leer la palabra “lorzalamero”, de hecho, cada vez que la releo se producen réplicas de aquella carcajada primigenia.

El caso es que estábamos buscando un término para definir lo que es el cuerpo de la mayoría de mortales: ni una escultura griega ni un embarazo permanente, aunque haberlos haylos. Necesitábamos encontrar esa palabra que rescatara de lo anodino a una tipología de cuerpo que se repite ejemplar humano tras ejemplar humano, una vez traspasada la barrera de la juventud más tierna. Esa palabra que te concede el permiso para abandonar el limbo de la indefinición y existir al fin.

El ejemplo más paradigmático de nuestra necesidad de palabras es lo poco que tardamos en nombrar a los que aún no han podido ni nacer, antes de que lo hagan ya necesitamos tener la palabra preparada, la palabra que les entregaremos para que puedan ir por el mundo con algo entre las manos, algo que les dé una primera respuesta a esa pregunta: ¿qué soy? No temas, eres Max, o María, o Léah, o Biel o Leo.

Pero esa respuesta no sirve para toda la vida. Es más, poco a poco, te va sirviendo únicamente para los primeros 45 segundos de conversación: Soy Max. Yo María. Una lástima, verdaderamente. Al principio es todo lo que se espera de ti, pero a medida que avanza tu vida, necesitas hacerte con otras palabras que te reivindiquen, que te ubiquen, que no te produzcan rechazo, a las que puedas incluso amar por amoldarse tan bien a lo que realmente eres o quieres ser -porque a veces viene primero la palabra, pero una cosa lleva a la otra-.

¿Qué pasa cuando tu piel ha dejado de ser tersa como la cama elástica de las ferias y tus abdominales ya no tienen de forma natural la tableta del chocolate con pan que merendabas? ¿Qué hacer si no hay una palabra en el mundo que te diga que es una fase tan natural como aquella en la que te creció vello en lo más bello? ¿Qué pasa cuando sólo hay palabras para lo que ya has dejado de ser o tal vez nunca fuiste? Inevitablemente, alguien debe inventárselas y ahí es donde surge el dad bod o incluso el cuerpo de madre que se muestra en las fotografías sin retoques de A beautiful project (www.abeutifulproject.com).

En definitiva, dar visibilidad a nuestras diferentes realidades, sean lorzas o hiperpigmentaciones, talentos o añoranzas, nos ayuda a aceptarlas, a relajar la presión sobre la pregunta ¿qué somos? Siempre será mejor regalarse una palabra, aunque sea inventada, que expulsarnos del escenario por no encontrarla.

 

Inventario

Las gafas de buzo,

el casco azul de bicicleta,

de niño.

 

La bicicleta,

teñida de azul-grana.

 

El perro joven,

el cuenco para el agua

del perro joven,

plateado, grande, reluciente.

 

El cesto de mimbre,

el periódico,

que coloca al lado del

cesto de mimbre,

en el banco,

al lado del cuenco.

 

La camisa, ennegrecida,

y la cara y las manos.

Su carga, sobrecarga,

apenas un remolque

apuntalándole a la vida.

Hoy va de porqués y está en…

Cosas que hicimos por primera vez: http://www.cosasquehicimosporprimeravez.com/cargarse-de-respuestas/

 

Movimiento

Ávidos de encontrar lo que perdieron, lo que tal vez nunca encontrarán, ávidos, en movimiento constante, hacia algún otro lugar o lo que sea, siempre otro. Hay algún resorte dentro, ubicado entre el esófago y el ano que les obliga a avanzar en dirección a una verdad que sólo intuyen, pero sobre la que pueden hablar y hablar, como si la palabra fuera verdaderamente otro camino para llegar hasta ella, como si Sócrates tuviera finalmente razón, al menos en esto. Y entiendes que su discípulo quisiera explicárselo al mundo, que no soportara la idea de que todas esas conversaciones, de que tantos kilómetros de palabra recorridos no sirvieran para abandonar al menos el punto de partida, incluso en el caso de que la humanidad estuviera girando sobre un raíl circular.

Será un placer

Hay pequeños placeres que cuestan muy poco, como una cama bien hecha o una luz agradable. Aún mayor el placer de sumergirse en ellas con un libro y con la tranquilidad de poderse quedar dormido en cualquier momento, incluso si afuera se oyen voces efervescentes. Un grupo de voces reunidas en la terraza que casi toca a tu habitación y que te hace creer que estás allí, aunque nadie te vea, escuchando cómo se entremezclan impacientes por volcar lo mejor de sí mismas en el cuerpo del otro, empeñadas en inocular el deseo de que alguien las conozca por fin, tal vez en una cama bien hecha y con una luz agradable.