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Sobre cómo conocí a mi padre

Una vez estuviste en el vientre de tu madre y alguien que no era ella te tocó desde fuera intentando sentirte. Esos fueron los primeros contactos con tu padre. Seguro que oías su voz desde allí dentro pero no sabías todavía todo lo que llegaría a contarte, lo que aprenderías de él, lo mucho que te calmarían sus consejos, lo que te reirías con sus ocurrencias, con su absoluta falta de vergüenza innecesaria, lo que llegarías a valorar sus odas a la valentía, a no dejarse paralizar por el miedo, a vivir una vida imaginada con todo el espacio necesario para las alas. No sabías que, cada vez que hicieras una pregunta, correrías el riesgo de obtener una respuesta interminable, pero nunca el silencio, nunca la indiferencia. Ni siquiera podías imaginar todas las cosas buenas que vería en ti, y que te diría, una vez tras otra, sin escatimar en el esfuerzo de hacerte creer una gran persona. Seguro que lo único que te llegó entonces fue el calor de su mano a través de la piel acogedora de tu madre, pero era la única carta de presentación que necesitabas: aquel era tu padre, una mano cálida que te acompañaría desde entonces, sin condiciones, para que nunca tuvieras miedo a crecer.

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