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Tienes más claro que al irte quién eres pero no recuerdas qué hacías

Vuelves a tu vida como expectador. Apenas recuerdas el camino al trabajo. Te equivocas de calle. Olvidas que existen los semáforos. Que normalmente bajas sin pedalear y con sueño. Hoy no. Son las ocho y llevas desde las cinco muy despierto gracias al jet lag.

Estás contento sin una razón aparente. Parece que dé igual cualquier cosa que estuvieras haciendo. Lo llevas dentro y alrededor. Es un halo de tranquilidad alegre que sabes que suele caducar. Pero ¿en qué momento? ¿Por qué se pudre con el paso de los días?

Llegas al que era tu trabajo. Allí tienes un hueco, en el espacio cubista, reluciente y sin ventana. Eres el primero, el aire acondicionado te acompaña como ruido de fondo. En la mesa, un post-it de bienvenida y alguien que ha colgado una postal: los fiordos noruegos. Enciendes el ordenador, hace un mes que no lo tocas. Y extrañanente recuerdas la contraseña: cantimplora.

Lo primero que haces es escribir este texto. Es el primero de una serie en la que observarte de cerca, como expectador, para ver por qué agujeros se desinfla la burbuja que ahora te cubre. Para ir poniendo parches contra la infelicidad cotidiana que ahora te es extraña. La que frunce el ceño incontrolado de los otros, los que volvieron a la vida pero no lo recuerdan.

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