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Tocarse la cara

Tocarse la cara

Hay gestos tan familiares que pasan a ser transparentes. Sólo cambios abruptos en la mecánica les permiten volver a tomar cuerpo, hacerse visibles. Tocarse la cara es en mi caso uno de ellos. Te acaricias, aflojas la presión de las mejillas y sigues con lo que estabas sin darte cuenta. Ayer, sin embargo, me di cuenta, me estaba tocando la cara y las yemas me devolvieron de pronto la imagen de un cutis rejuvenecido, una piel especialmente suave para la que no encontraba explicación alguna. Tocaba y me recreaba en el tacto mientras trataba de descubrir entre mis acciones más recientes la causante de un cambio tan evidente en la textura, como si de una piel nueva se tratara. En ese proceso recordé que la única crema que había utilizado últimamente, hacía apenas unos minutos, era una crema de manos: la información que recibía, ahora reblandecida y tierna, no se debía al rostro que tocaba sino a mis dedos. ¿Dónde residía la verdad, entonces? ¿Cuánta de la información acumulada hasta entonces a través del tacto era errónea? ¿Hasta qué punto puede deformar la realidad una huella dactilar deshidratada?

Sin saberlo, Neutrógena acababa de patrocinar una impactante lección de percepción, pocas veces la teoría se deja palpar de esa manera.

(inevitablemente tengo que dedicar este texto a Carme, que en nuestra segunda clase de escritura juntas hace ya más de 10 años me bautizó como «la de las cremas», en aquel momento no estaba justificado, ahora por fin sí).

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