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Ya dormida Posts

Se dice que en algo hay que creer

Se dice que en algo hay que creer

Cuesta dormirse cuando uno se despierta a las 5 de la mañana porque necesita ir al baño. El cuerpo lleva rato queriendo levantarse y la mente, perezosa pero presionada por el cuerpo, empieza a mostrar sueños extraños, a menudo desagradables, que uno recuerda con facilidad y fastidio.

Entre las técnicas para conciliar de nuevo el sueño están contar las estrellas de la bandera europea una y otra vez, aprovechando que es redonda y no se acaba nunca, o repetir un Padre Nuestro detrás de otro -porque nunca supiste que el Rosario era un Ave María detrás de otro y que, por lo tanto, sabías rezar el Rosario, que dura muchísimo más-.

Puede pasar, sin embargo, que el Padre Nuestro ya no te sirva como oración y entonces decidas que lo mejor es hacer una adaptación a aquello en lo que crees ahora, algo a lo que podrías invocar sin faltar a la verdad de lo que puede ser objeto de tu fe. Y aquí es cuando podrías tirarte horas despierto haciendo borradores mentales, pero te duermes.

Cuando suena el despertador recuerdas vagamente todo esto y piensas que no estaría mal añadir al capítulo de información personal en facebook: “Tu credo”. Creo en los Reyes Mayos, que los buenos somos mayoría, en los castillos en el aire, en las fechas límite, en la poesía como hecho comprobable, en las equivalencias cotidianas, en los tendederos como reflejos del alma, en dedicar una hora a fabricar un credo con el que poder volver a dormir tranquilo.

Flores imitando a flores en Pekín

Extrarradio

Arrastrados fuera de lo cotidiano, por un tobogán de barro, dirección al centro de la Tierra. Boca abajo, los brazos por delante, el abdomen moldeando la masa blanda de tierra a su paso. Velocidad en aumento, acorde a los latidos. Expectación, que no miedo. Llegan y… en el centro de la Tierra: una alcachofa al horno. Primero se la comen sin más. ¿Eso era todo? No, a continuación beben agua. En el paladar, el misterio que reside en las afueras de lo cotidiano.

Ya

Penas estancadas, barro en las encías, arcilla seca en los laterales del rostro, petrificado, a la espera de que la pena estalle, en lágrimas, y deshaga la parálisis arrastrando la tierra por el cuello, el pecho, el vientre, el muslo, el tobillo, hasta encontrarse con la tierra, la otra, la de la calma arraigada del ya pasó.

Gianduia

Ánforas rellenas de nocilla. Nocilla rellena de avellanas. Avellanas rellenas de tres Anas, buscando el meollo del asunto.

Defecto

Responsable por defecto. Defecto de fábrica acentuado en los alrededores de la misma y de todas las ampliaciones que se van haciendo con el tiempo. Saltar la verja, alejarse unos metros, unos años quizás y sacudirse de las hombreras la culpa anticipada.

Vacaciones

Válvulas de escape saturadas de huidas masivas, como hormigas obstruyendo el paso de los años, el peso de los daños, saltando de puente a  santo, de santo a ramo, de ausencia a esencia. Buscando, entre platos nuevos, la receta de la saciedad calmada.

[escribirastodoslosdias se va de vacaciones, no descansará, pero sí su conexión a Internet. Mientras tanto el lector puede leer todos los días un texto imaginado para comprobar a la vuelta si se produjo algún fenómeno de telepatía]

El color y el mundo

Daltónicos en un mundo de mayorías.

Nadie me oye

“¿Es que nadie me oye?”, dice mientras busca una mirada que la escuche.

“¿Es que nadie me oye?”, interrumpe el paso de todos los peatones esperando una respuesta.

Siempre tiene la misma frase en la boca y es fácil cruzársela.

El otro día me la volví a encontrar. Mirándola a los ojos le dije que sí, que la oía, pero que me tenía que ir corriendo a coger el tren. Le enseñé la maleta y me miró con una especie de “bueno, si es eso… te entiendo”.

Supo sin duda que la oía, sabe que la oye todo el mundo pero se empeña en recordarnos que tenemos infrautilizada la capacidad de escuchar a cualquiera que se nos cruce por la calle.

Maldito remordimiento de conciencia

Mientras dormía en el sofá, ayudada por la tranquilidad de un partido ganado (en aquel momento por 4 a 1), he soñado que estaba haciendo todas las cosas que en realidad debería estar haciendo en lugar de dormir en el sofá. Ahora, mientras las hago, con la marca de mi propia mano todavía incrustada en la cara, me pregunto adónde van a parar las playas paradisíacas, los caballos con bigotes dalinianos y los amigos de la infancia reencontrados cuando nadie los sueña a la hora de dormir.

Escribo.

Cambio el sofá por la cama.

Si consigo localizarlos, informaré puntualmente.

Aquí

Acudir a la cita, aunque sea tarde. Aunque sea sin nada que decir. Y callar, aunque sea tarde. Aunque no lleve a ninguna parte.